Tragicomedia y contraluz

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UN señor que peinaba canas abundantes y caminaba de la mano de sus nietos algo después de las 10:30 de ayer por El Corte Inglés en dirección a Carretería representaba a la perfección lo que dio de sí el Domingo de Ramos: nuestro hombre vestía con un cierto aire casual pero elegante, con su chaqueta de pana, camisa blanca impoluta, corbata verde cuyo planchado revelaba su categoría de estreno y pantalón ligero hasta los tobillos. A partir de ahí, sin embargo, lo que sus pies calzaban era un par de zapatillas deportivas ajadas, destrozadas por el uso y sucias de solemnidad. Si se trataba de pasar un buen número de horas de pie, cilicios los justos, debía pensar el patriarca, al que sus nietos jaleaban, vamos abuelo, que no llegamos. Y sí, la jornada tuvo de lo uno y de lo otro, de ese contraste bendito, cima de la paradoja, ironía hecha carne que es Málaga, mucho más en Semana Santa, cuando todo hijo de vecino juega a aparentar ser quien no es exhibiendo precisamente lo que es, caiga quien caiga, a voz en grito. La mañana terminó siendo radiante, por más que hubiese algunas nubes en el cielo. Para ver a La Pollinica en todo su esplendor había que ir a Carretería, como el abuelo, o al Pasillo de Santa Isabel, y sólo allí, mientras se esperaba la llegada de la procesión y los vendedores de avellanas iban pregonando la mercancía, con el olor dulzón a gofre y vainilla ya en la napia, tan temprano, con los cochecitos de bebé parapetados en la acera a modo de trincheras, con los adolescentes repeinados y silentes consumidos por el whatsapp, con los padres entregados a la mejor foto de sus vástagos y con los apretones incivilizados para ganar una ramita de hoja de palma de manos de un nazareno, podía uno confirmar que era Domingo de Ramos. El ambiente era ciertamente festivo, cálido y entrañable, con las sillas de playa y los sofás uniplaza plantados encima de los bordillos para contemplar el desfile y muchos niños por todas partes. Pero lo mejor de todo, mientras uno aguardaba a que llegara el Señor montado en la acémila para mayor gloria de una Jerusalén romana, era fijarse en los atuendos. Comprobado: Málaga se sigue creyendo eso del estreno en Domingo de Ramos. ¿A qué venía, si no, el vestido verde de falda y chaqueta tan soberanamente ajustado que lucía una madre mientras sostenía el phoskitos que iba mordisqueando su pequeño penitente mientras éste peleaba a palmerazos con un compañero? ¿Y el jersey rojo que un avispado como recién salido de la finca más añeja de Algodonales lucía colgado a sus hombros mientras se empeñaba en que un sobrino aporreara un tambor de seis euros al que no hacía ni caso? ¿Y el sombrerito tipo Borsalino que otra madre apuntaba con gracia mientras negaba a su hijo, ridículamente ataviado con unos pantalones cortos azul marino, la gracia de un helaíto que un gitano se empeñaba en colocarle? Pero el contraste precisa de un acicate en la balanza contraria. Y lo había. Vaya si lo había. En la Plaza Arriola, seis niños de entre 5 y 13 años se sentaban en un bordillo y se disponían al festival de pipas para mayor escarnio de la acera. Los seis vestían pijama y pantuflas de invierno. El único niño lucía mechas incandescentes repartidas en su pelo, rasurado alrededor de cráneo, casi como un fraile benedictino, mientras las niñas, todas, recogían sus melenas, rubias unas, muy morenas otras, con pinzas de andar por casa. Sus mejillas estaban tiznadas y sus rodillas no dejaban de moverse, hiperactivas, como si Hans Christian Andersen hubiese buscado inspiración por allí. La niña más pequeñita, metida dentro de un pijama de Hello Kitty, se incorporaba cada vez que intuía la oportunidad de hacerse con una ramita. Y daba la mano a los nazarenos. Mientras, la población magrebí y subsahariana que suele concurrir en este rincón de la ciudad iba a lo suyo, pero tampoco quiso perderse su puesto en el escaparate, con un vaso de té en la mano o cualquier cosa liada en una bolsa de plástico. En los bancos que ocupaban no se contaban muchos estrenos. Pero quién sabe.

Cierto, ya iba siendo hora de poner un punto y aparte. Semejante espera había que mantener hasta la llegada de Nuestro Padre Jesús, guiado de manera armoniosa por sus pescadores de hombres, y la Virgen del Amparo, mientras en los alrededores del Hotel NH los turistas recién llegados se desplazaban a toda velocidad arrastrando sus equipajes, cuanto antes tomemos la habitación antes podremos ir a verlo. Lo más razonable era marchar luego hasta Puerta del Mar para ver a Lágrimas y Favores llegando desde San Juan, en el enclave donde anida la Málaga más legendaria. Y así lo hicieron, claro, cientos de familias, que desplazaron sus carritos de bebé, sus cámaras, sus sillas y todo su equipamiento con velocidad desigual. De alguna manera la presencia turística se hacía aquí más evidente, sobre todo en su cuota europea, la que sale con guía en la mano, chanclas con calcetines, camiseta de Nike y riñonera antirateros. Y allí, en Puerta del Mar, la devoción por la Dolorosa y por Antonio Banderas se distribuía a partes iguales, en clara competencia con los globos de Bob Esponja y Dora la exploradora (no hay mucha novedad en este sentido respecto al año pasado) y los churros de Casa Aranda. Por cierto, la verdadera sensación del Domingo de Ramos fueron unas hojas de palma modeladas con muchos moños al estilo valenciano pero con chucherías colgando como añadido extra: pocas síntesis de manifestación religiosa y consumismo pagano pueden alcanzar semejante perfección. La mayoría de los niños que las lucían, eso sí, llevaban bolas de encaje colgando igual en sus leotardos. Pero para que la síntesis culminara, una gitana leía la buenaventura a una turista despistada en Lepanto, ya en calle Larios. Cuando la pitonisa le obsequió con la ramita de romero, la mujer vio hojas de palma y desprendimientos de olivo por todas partes y sólo pudo poner cara de consolación.

era merengue

En Moka, otra cafetería cercana, ya mientras la Pollinica lucía en la Alameda, acontecía el episodio multicultural definitivo. Una familia musulmana compuesta por dos hombres jóvenes muy barbudos, una niña de unos cinco años y una mujer que ocultaba su rostro con un pañuelo a la manera de un niqab, daba con un refrigerio antes de lo que prometía ser una larga jornada turística. Las maletas revelaban que se trataba de unos recién llegados, y las cámaras Canon colgadas al cuello de los dos varones daban buena cuenta de sus intenciones. La mujer se alzaba levemente el pañuelo cada vez que quería probar un sorbo de su té con leche. Uno de los hombres se dirigió a una camarera y le preguntó en inglés por unas bandejas de pastelitos mostradas en el interior de una cámara frigorífica. Cuando ella le preguntó a su vez qué pastelitos preferían, el hombre le preguntó directamente por los más ricos. Y ella señaló a una bandeja mientras decía "a mí me gustan éstos". Cuando el cliente barbudo, a su vez, le preguntó de qué estaban hechos, ella presentó sus excusas por no saber cómo se decía en inglés merengue, pero le ofreció uno para que lo probara. El tipo lo probó, asintió con la cabeza y pidió un pastelito para cada uno de los adultos. Para la niña, en cambio, pidieron una manzana lavada, no pelada. Cuando el sonido de los clarines apuntó en la calle Larios, la familia se dio toda la prisa en terminar lo servido, pagar la cuenta y salir a toda mecha. Más o menos a la misma hora, después de la misa, el obispo, Jesús Catalá, mantenía una conversación sobre algún tema grave por el móvil en el Jardín de los Naranjos mientras en el entorno de la Catedral las colas para comprar las entradas de la Sabana Santa se confundían con los fieles que buscaban una crucecita hecha de hoja de palma para el ojal.

Por la tarde, sin embargo, las nubes reclamaron lo que era suyo, por más que los más espabilados vendieran rosarios a bajo precio en las esquinas. Dulce Nombre salió de su tinglao en Capuchinos, frente al CIE, sin excesivas dudas, como el Huerto en El Perchel, pero poco después cayeron algunas gotas y Humildad salió con retraso de La Victoria tras una reunión de urgencia que acabó con el dictamen de luz verde. Salutación también salió con retraso pero no tanto por la lluvia sino por el retraso que a su vez acumulaba La Pollinica de cara al encierro. Había que mirar con un ojo a los tronos y el otro al cielo, también en la Trinidad, donde ya durante la mañana el ambiente era de plena fiesta con sus balcones engalanados y sus bares repletos y donde la Salud firmó una de las páginas más hermosas del día en su salida. Las plegarias se elevarán también hoy lunes para que el orbe permita salir, este año sí, al Cautivo, pero ayer, por si acaso, el Prendimiento añadió más notas de contraste en el Molinillo, con mucha fe de barrio, cantecitos imberbes entonados en los portales, alguna saeta posible y puestos con trozos de coco fresquito arrimados a la clientela. La noche tuvo al fin su magia de marcha procesional y tramo de fatiga hasta el encierro mientras en el Compás de la Victoria las marisquerías no daban abasto. Y todo se prolongó bastante más allá de lo esperado en una ciudad que fue muchas, no por endemoniada sino por la tragicomedia de su Semana Santa: una Pasión, la suya, rabiosamente humana.

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