Las tres edades del Jueves Santo

  • Partido en tres, el día del amor fraterno se fragua a golpe de estilos y sentimientos enfrentados a pie de calle

  • Tarde, noche y madrugada de emociones en el centro y El Perchel

  • Y ni un alfiler más cabía en Málaga

Al inicio del Triduo Pascual, donde se inmola el Cordero, se celebra desde siempre el día del amor fraterno. La perspectiva a pie de calle invita a, como la pegadiza campaña de embutidos, que sea el del amodio. Tanto se quiere al hermano como se detesta al que no permite pasar o, por un instante, tapa la vista de aquello que el espectador espera durante horas para ver. Mientras, el Jueves Santo se mueve en tres edades y momentos: la tarde, antes de Mena; la noche, con la Congregación; la madrugada, tras su cortejo.

Santa Cruz

El contrapunto del Jueves Santo es, a la par, su primera apertura de puertas. Donde hoy terminará el Viernes Santo, la hermandad de Santa Cruz abría en silencio la jornada. San Felipe Neri volvió a ser testigo del milagro de una salida compleja, al límite con el dintel, al roce de la cruz. El cortejo nazareno aporta el luto en la jornada del amor fraterno. El que desborda la sencillez de una cofradía que busca enclaves estrechos para obviar las grandezas de la ostensión. Arco de la Cabeza y Pozos Dulces, una vez superada la estrechez del andamio -sí, el que se instaló apenas tres días antes del Domingo de Ramos-, son su entorno perfecto. Los nazarenos conocen la idiosincrasia de su corporación, aunque... ¿por qué no se iba a resistir un pequeño de la sección infantil a tomar un helado en un pequeño descanso a manos de su padre?

En la plazuela Virgen de las Penas, con los tronos aún reposando la noche del Martes Santo, la hermandad del oratorio de Santa María Reina salió a recibir a la Virgen de los Dolores en su Amparo y Misericordia. Con Cristo de la Agonía hicieron su entrada, destacando su exorno floral en tonos morados con espinas que, entre las rosas, recuerdan el dolor en la soledad de la Madre del Salvador.

Superado el trance de animar con un poco de azúcar el mareo de uno de los portadores de un farol del frente, cobraría sentido el caminar hacia la Santa Iglesia Catedral. En el recorrido oficial darían una lección de la madera de la que está hecha la corporación. Destino, objetivo pero siempre tránsito para el sentir espiritual de sus hermanos.

Sagrada Cena

Que la Semana Santa de Málaga gana cada vez más adeptos, independientemente de lo que digan los índices de ocupación turística, quedó demostrado ayer una vez más en la salida procesional de la Santa Cena. Era tal el gentío que se agolpaba entre Puerta Nueva y la calle Compañía que la policía no daba abasto a la hora de despejar el camino para que el desfile pudiera encontrar su cauce por la calle Fajardo. Cuando parecía que al fin el trazado había quedado preservado, los entusiastas, curiosos, turistas e imprescindibles volvían a traspasar los límites indicados con sus palos de selfie en ristre apenas había hecho acto de presencia la cruz guía (por cierto, recién restaurada). Tal vez el empeño de algunos en no guardar las formas y en avanzar dos pasos más allá de lo debido pudiera resolverse en años próximos con recursos más explícitos, aunque a ver quién mete una valla en la calle Fajardo. De cualquier forma, la muchedumbre quedó al fin contenida y el conjunto monumental del Señor en su última cena salió a la calle en todo su esplendor, reivindicando su calidad de emblema indispensable del Jueves Santo como una de sus imágenes más conmovedoras (y singularmente favorable a la catequesis: resulta significativa la querencia de no pocos comentaristas radiofónicos y televisivos al relato evangélico de la escena y sus posibilidades narrativas). Después hizo lo propio María Santísima de la Paz, que lucía su renovada candelería y el gesto que la convierten en una Dolorosa especialmente querida en Málaga: su llamada a la oración y al recogimiento tuvo que vérselas con el entusiasmo de no pocos aficionados al reportaje fotográfico y sus aparatosos enseres. La pregunta es: si todos los museos del mundo, y hasta los festivales de cine, prohíben ya los palos de selfie, ¿por qué no hace la Agrupación de Cofradías una llamada, al menos, a la prudencia?

La banda de cornetas y tambores del Santísimo Sacramento de Yunquera advertía del paso del cortejo junto a la cruz guía, mientras que la agrupación musical Redención de Córdoba acompañaba al Señor y sus apóstoles y la banda de la Paz mecía el discurrir de su Señora. A la espera del palio que habrá de suceder al actual, la Virgen regaló momentos de serena belleza en el nudo urbano que yace junto a la Plaza de Camas en busca del recorrido oficial; y lo cierto es que la llegada de la procesión a la Alameda Principal ganó la admiración unánime de los propios y extraños que ocupaban ya casi por completo el enclave: la quietud en la marcha del conjunto monumental del Cristo, siempre con el acompañamiento musical apropiado a su desplazamiento, bajo una cadencia precisa y cómplice de la liturgia, se convirtió ciertamente en uno de los hitos de la jornada. Aunque tal vez ganó la procesión sus instantes de mayor emoción en el entorno de la Catedral, desde Santa María a Alcazabilla pasando por Císter, hasta la Plaza de la Merced y el regreso a su templo por Carretería, sin perder un ápice de su compromiso con la mejor luz de la Semana Santa. Así quedó otro Jueves para el recuerdo.

Viñeros

Diana Navarro extrajo del diccionario la palabra 'resiliencia' para recordar que refiere a la capacidad de adaptación a cualquier situación. Si se aplica a la plaza de los Viñeros, para los nostálgicos de las Biedmas, su estrechez se convierte en virtud cuando el cortejo de nazarenos partidos desde Santa Catalina aparecen frente a sus sagradas imágenes.

Una de las grandes novedades del cortejo fue su forma de crear silencio. La escolanía del colegio San Estanislao de Kotska abría el cortejo tras la cruz guía cantando Christus Factus Est, guiando hacia Carretería a los nazarenos en una estampa de nerviosismo generalizado pero con la garantía de los pasos a nivel abiertos por toda la vía. A pesar de las sillas, eso sí.

El Nazareno de Viñeros escondía su rostro al sol a los sones de la agrupación musical San Lorenzo Mártir para convertir en visión trina su estampa: la talla de Buiza competía en su cadenciosa salida con el mosaico de su casa hermandad y uno de los plotter que recordaba su estampa sin bordar frente a Biedmas. El trono quedó exornado con claveles, manteniendo la horizontal, y con detalles alusivos al origen enológico de la cofradía.

Minutos más tarde se produjo la salida de la Virgen del Traspaso y Soledad de Viñeros con unas piñas exquisitas en tonos blancos. Sones fúnebres, sin himnos, y múltiples voces de las fuerzas del orden porque allí había que caber. Maniobra lenta, quizás en exceso, para que la Dolorosa pudiese ver su feligresía. La cofradía, ya formada en Carretería, hacía frente a la salida de la hermandad de la Cena en un entorno ya hostil a ess horas. Sobriedad frente al deseo popular. Cofradías frente a otras sensaciones.

A su llegada a la tribuna oficial, y con una simbólica y a la vez real petición de venia desde el pie de calle por parte del hermano mayor, convaleciente tras un accidente, la escolanía de San Estanislao aceptó el díficil reto de cantar en este momento de extremo simbolismo. Heme aquí sirvió de introducción, mientras el segundo canto se vio deslucido por los sones de la banda de La Paz en la calle Granada.

Mena

Los bombos de la nueva banda de la Virgen de la Soledad son quienes, en sus correas, soportaron el peso de la historia de una hermandad que marca el radio de la jornada. Todo gira en torno a Mena y marca el antes y el después. Su cortejo nazareno vive una estación de penitencia distinta, íntima según se mire. Todo lo que desde Santo Domingo parte al atardecer de un Jueves Santo cuando la primera luna llena de primavera se refleja en las tulipas del trono de la Dolorosa.

Las filas en tonos negros son uno de los aspectos más ocultos para el gran ojo mediático. Atesora maravillas de historia y aporta sentido a lo que se venera. El Cristo de la Buena Muerte y Ánimas clava su calvario de Palma Burgos en la plaza Fray Alonso de Santo Tomás para que el cántico más popular que tras él suena emocione a quienes se declaran esclavos del verde militar. En perpendicular al edificio Italcable, y frente a la ecléctica ampliación del vecino hotel, el trono avanzó para dejar paso a tantos otros sentimientos que habían de venir.

La banda de la Soledad interpretó la Salve marinera a la Virgen, que permaneció en el interior de la casa hermandad hasta que el resto del cortejo ocupó su lugar. Las temperaturas bajaban y cuantas medallas de Mena se repartían entre la alta cuna (y quienes las portaban) exigían abrigo y el calor de la candelería, cuya luz y miel se hacía faro en el derruido Perchel. Necesaria e imprescindible puesta en valor la que consiguió la coronación canónica en el año, manteniendo mayor nivel de público durante sus primeros metros de avance con Soledad marinera.

Al final, y ante la atenta mirada de hermanos que trabajan con esmero todo el año bajo sus capillos y capirotes, la banda. Sus músicos, vinculados entre sí por la amistad que da el esfuerzo. El gran estreno de Mena para 2018, su realidad y puesta en práctica en la calle. Al inicio, la cruz guía en la rotonda del Marqués de Larios para marcar el sendero de uno de los cortejos más largos.

Misericordia

No importa lo muy estrecha que sea la calle Plaza de Toros Vieja y lo difícil que resulte la maniobra para girar a ambos titulares en dirección a Ancha del Carmen, los portadores de trono de la cofradía de la Misericordia siempre lo sacan adelante con el vitoreo y aplauso de los miles de fieles percheleros que se concentran cada año para ver a su Chiquito y a Nuestra Señora del Gran Poder. Ambas salidas estuvieron cargadas de un intimismo silencioso solo roto por los acordes del himno de España y los recurrentes "Viva el Chiquito" lanzados desde la casa hermandad y desde el público.

La salida del Cristo de la Misericordia se produjo cinco minutos antes del horario inicial, con una nueva muestra del don de la obicuidad del alcalde, Francisco de la Torre, al ponerse al frente del Chiquito en sus primeros pasos 15 minutos después de hacer lo propio con el Cristo de los Milagros de la Zamarrilla.

En el público, como es habitual en El Perchel, muchas jóvenes y familias con niños. No faltaron tampoco en Ancha del Carmen los piperos, que consumían bolsa tras bolsa de pipas al paso de los nazarenos y la espera de los tronos mientras comentaban los últimos resultados del fútbol internacional o la última jornada de la NBA.

Cuando el Chiquito daba la curva en dirección a Ancha del Carmen uno de los hombres de trono comenzó a sentir la dificultad del esfuerzo que dar un giro de 90 grados a un trono portado por 220 hombres supone. Su cara de esfuerzo y resoplidos en lo que suponía tan solo el tramo de la salida de la procesión da buena cuenta del esfuerzo y la dificultad que supone llevar un titular de una cofradía, así como de la entereza que se requiere para lidiar con él entre cinco y 12 horas.

Los salientes de las obras que copan la clásica avenida adoquinada por la que discurre la cofradía en su barrio en dirección al recorrido oficial fueron un lugar perfecto que muchos percheleros aprovecharon para colarse y así ver los titulares desde una posición privilegiada. Sin embargo, diversos miembros de las cofradías se encargaron de avisar a algunas familias de que tuvieran cuidado en no asomarse, ya que la Virgen del Gran Poder es un trono ancho y ocupaba toda la vía y los niños podrían caerse. Aunque el segundo titular de la Misericordia atravesó su barrio sin problema alguno entre "guapas" y "vivas".

Zamarrilla

A falta de cinco minutos para la hora estipulada para la salida, un par de nazarenos van a la carrera en busca la casa hermandad abriéndose paso entre la multitud que se agolpa a la puerta de la casa hermandad. Afortunadamente para ellos, la demora de la salida -casi un cuarto de hora- provocó que llegaran a tiempo habiendo hecho un poco de deporte de antemano.

Varios toques de campana llamaban cerca de las ocho de la tarde a los portadores de trono del Cristo de los Milagros, para dar inicio a una cofradía que escenifica a Jesús ya fallecido en la cruz, lo que llevó a una salida íntima y cargada de sentimiento. Casi 10 minutos en silencio mantuvieron los hombres de trono en sus hombros al primer titular de la cofradía, sin dar un paso hacia adelante en un esfuerzo magistral que fue recompensado por los vecinos de la Trinidad con un sonoro aplauso.

La banda de la Asociación Musical La Lira, de Pizarra, rompió ese silencio sepulcral respetado por buena parte de los fieles congregados con la entonación del himno de España. Abriendo la procesión se encontraba la Banda de Guerra de la Brigada Aragón, cuya responsable se encargó de enseñar al respetable el "firmes" y posterior "descansen" de su formación que dejó a un anciano admirado con la banda.

Calle Mármoles, desde donde salía la procesión, volvió a ser un reguero de sillas plegables de vecinos que no querían perderse a su cofradía. Un señor de mediana edad tuvo una discusión con una mujer sentada acerca de la problemática: "¿Las iban a quitar, no?", refunfuñó una vez que se dio cuenta que no había manera de pasar por ese camino. En otro punto de la calle, una fila de 10 sillas exactamente iguales y que parecían sacadas de la sala de espera de la consulta del médico copaban un cruce con una calle aledaña.

Polémicas aparte, la Trinidad disfrutó. Disfrutó y pasó una tarde con una cofradía que une a un barrio. "Aquí estamos los desertores de Mena", decía entre risas un hombre a otro, al tiempo que justificaba su comentario: "Aunque he estado en el traslado de esta mañana, hay que intentar cubrir todo lo que se pueda". Un barrio unido por una devoción. Tanto es así, que a falta de media hora para el inicio había filas de gente que copaban los primeros 500 metros del recorrido. Ni el viento que se levantó con la caída del sol pudo con el ánimo de aquellos que iban en manga corta.

Esperanza

Dos minutos después de la hora prevista, los dos grandes portones de la casa hermandad de calle Hilera se abrieron cuando, sin apenas ser perceptible para las muchas personas congregadas -incluso recolgadas- del monumento a Lola Carrera, una brisa surcaba desde la basílica. Nada iba a ser igual, pues al final de las filas nazarenas faltaba el nazareno gordo. Antonio Garrido Moraga dejaba un legado que sugirió el nombre de Reina de Málaga para la Virgen de la Esperanza.

La banda de cornetas y tambores de la propa archicofradía inició la procesión hacia la Alameda Principal para dar paso al rico cortejo de terciopelo morado, pleno en sones de campanillas para detener la cruz guía y que hasta las hachetas ocupasen su lugar. En el últimontramo, los responsables de esparcir el romero alfombraban el puente para que el Nazareno del Paso avanzase con su nueva túnica bordada en hilo de oro. El monte de flores, en tonos morados, quedaba resuelto con sencillez y sin estridencias.

Después, la marea verde de la Esperanza ganaba calle cuando el Nazareno enfilaba Ordóñez. El tintinábulo basilical antecedió a la Virgen que devolvía la lumbre en caramelo desde su majestuoso conjunto procesional.

Vera+Cruz

Lejos de las suntuosas procesiones que anteceden a la apertura de puertas en San Juan, la sección de Fusionadas cambia los sones militares y de grandes volutas por la sencillez y el silencio de la madrugada.

El Cristo de la Vera+Cruz cruza el dintel a medianoche para procesionar con la luna llena en el cielo a lo largo de la madrugada del Viernes Santo, prolongando así la liturgia.

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