De la luz escondida

  • Más allá de su carácter patrimonial o religioso, tal vez el gran valor de la Semana Santa es su función de foco en rincones condenados al olvido

La salida del Cristo del Amor en Fernando El Católico es un paisaje cuya observación general, a distancia, revela pocos matices. Hay una unanimidad de fondo y forma entre quienes aguardan el comienzo de la procesión, una contención en resuelto equilibrio de silencios y composturas que sólo los globos de Pocoyó acumulados para su venta logran distraer un tanto. Las indumentarias, los gestos, los peinados, las manos que persignan desde la frente hasta el pecho, los portes rectos y las miradas fijas se corresponden con la categoría serena de este Viernes. La Semana Santa pierde gran parte de su espontaneidad popular, su gracia de contrastes y su insolencia barroca, para recubrirse con un hálito religioso más profundo y a la vez más expresivo que parece contagiar incluso a los turistas; hay que afinar bastante más para encontrar las más humanas debilidades que hasta ahora se han manifestado a raudales. Cuando la Virgen de la Caridad hace acto de presencia cunden emociones que la razón no entiende, algunas lágrimas, manos que se aferran a brazos cómplices, ojos que se cierran en cabezas inclinadas al suelo, una electricidad que sacude hacia dentro mientras algo lucha, todavía, por abrirse camino entre la gente que llena las aceras y hacerse señal, zarza ardiente, columna de fuego a la vista de todo el mundo: el debido respeto y el fragor contrarreformista se baten en duelo mientras los labios susurran Ubi caritas. Al mismo tiempo, a cincuenta metros, dos hombres instalan su refugio acostumbrado en un cajero de Cristo de la Epidemia. La noche empieza para ellos ahora, cuando el sol de la tarde luce aún en plenitud a pesar de las nubes que algunas horas antes habían proferido su amenaza con algunas gotas. Han extendido unos cartones y se tumban abrigados hasta el cuello con prendas ajadas y una manta para cubrirlos a los dos. Parecen discutir así, boca arriba: hacen aspavientos y mueven frenéticamente sus manos negras de uñas largas, sometidas a la podredumbre. Están en desacuerdo por cualquier asunto pero juntos en una rara confraternización llevada a las sobras, como los protagonistas de Fin de partida. Por alguna razón, sin embargo, esta imagen encaja como un guante en el conjunto que ofrecen la imagen del Cristo y la música de la banda de cornetas y tambores de la Esperanza; no hay dos esferas contrarias, sino un mismo tiempo y un mismo espacio con una sola realidad en la que todo convive, como un acorde disonante que resulta amable al oído. La razón tampoco llega a advertirlo, pero estos dos desahuciados de la historia siguen discutiendo dentro del habitáculo de un cajero automático y la procesión adquiere un sentido más cargado de intenciones.

Mucho antes, Santa María del Monte Calvario ha salido de su ermita y ha llegado al santuario de la Victoria, desde donde ha emprendido su desfile hacia el centro. El descenso , con toda una chiquillería desatada y los fieles adscritos al silencio, mantiene su carácter vecinal, parroquial, cómplice y amistoso, muy a pesar de la más que notoria afluencia en la que no hay propios ni extraños. Mientras el cortejo sigue su camino, imagina uno el día en que este mismo caminar no se dé entre árboles y arbustos, sino entre la urbanización proyectada que, si todo sale según lo previsto, ocupará esta misma latitud como aniquilación de la frontera urbana; la memoria se apresura entonces a captar los momentos, las esencias, el polvo del suelo y el devenir entre oraciones entredichas y algún rosario, por si acaso, ciertamente, esta suerte de retiro se hace imposible algún día y la ermita sobrevive como arca de los milagros entre nuevos chalets adosados para la clase media. Y casi es mejor dejarlo correr, aceptar la derrota, asumir que dentro de treinta años la procesión de Monte Calvario será otra cosa en una ciudad tan ensimismada o más que la presente por sus propios cambios: respecto a lo que recordemos entonces, lo mejor será no apostar. La Soledad de San Pablo pisa la calle desde la Trinidad con una nueva invocación al silencio, al dolor que entrañan la pérdida y la derrota, el apego a la esperanza como resistencia, mientras cinco chaveas se empeñan en jugar casi al lado un partido de fútbol con una lata a pesar de la marabunta que mantiene colapsada la calle desde hace una hora. El Santo Traslado busca con su imponente conjunto escultórico el cauce hacia el puente de la Aurora y entonces cabe caer en la cuenta de todos los flashes, todos los palos de selfie, todas las cámaras de televisión y toda la atención puesta en lo que acontece ahora mientras el Señor, ya rendido en su humanidad irremediable, avanza dejando atrás solares, verjas, firmes convertidos en aparcamientos furtivos, tapias a las que más niños se han encaramado como criaturas tropicales para no perder detalle, las aceras que están habitualmente tan sucias y que hoy ocupan fieles y guiris sacudidos por el asombro, y sí, para esto también sirve la Semana Santa, si es que se puede hablar de semejante volcán de emociones en términos de utilidad. Más allá de su función tradicional y religiosa, la Pasión es un foco que dota de visibilidad apenas unos cuantos días al año a barrios como la Trinidad, abocados el resto del tiempo al abandono, el desastre, la especulación, la ruina y el desamparo. El Santo Traslado es así una reivindicación, un motivo para que los ojos del mundo se detengan, por una vez, aquí, en uno de los enclaves que menos cuentan para una ciudad tan pagada de sí misma. Hay que darse prisa, pero encontramos los mismos efectos en el Molinillo a la salida de la Piedad: la cruz, ahora urbana, sabe bien de supervivencia, de falta de servicios, de tanguillos cantados en los portales, de la soledad de los mayores, de la ropa tendida a destiempo, del desempleo y del mirar para otro lado desde las instituciones cuando toca hablar de regeneración. Pero ante la conmovedora presencia de la Virgen con su Hijo muerto en el regazo parece que es un continente entero el que se ha metido entre Alderete y San Bartolomé para acompañar al misterio, para dar cuenta de que ha llegado hasta aquí y de que no volverá hasta el próximo Viernes Santo; y lo que casi siempre permanece oculto, el barrio del que nunca se habla salvo que se trate de dar malas noticias, se revela por tanto en su concreta caridad. Encontramos así una ciudad visible gracias a cierta luz que ha permanecido escondida y ahora se muestra. Convendría reparar con más frecuencia en esta otro servicio social de la Semana Santa: su contribución a la identidad de las ciudades no es sólo una cuestión de tradición, también de cuanto permite ver por encima del interés general en que determinadas cosas no sean vistas.

El Descendimiento y Dolores de San Juan conducen el Viernes Santo hacia su plenitud mientras el Sepulcro asoma en la calle Alcazabilla. Y con él este otro silencio, más pesado, más rotundo, menos aliado de palabras inútiles. Desde la Plaza de María Guerrero hasta el Palacio de la Aduana no cabe un alfiler y, sin embargo, el tambor sordo encuentra su resonancia exacta en un mar callado, como ante un ejército vencido que acaba de entregar las armas. Mientras tanto, a un tiro de piedra, en la Plaza de la Merced, un grupo de entusiastas comienza a celebrar una despedida de soltera aderezadas a lo conejitas de Playboy. El ecosistema recibe a sus habitantes habituales, un chico que canta por U2 a cambio de unas monedas, devoradores de sushi a tutiplén, buscones que darían un brazo por un lío, padres de familia que andan más preocupados por un partido de fútbol mientras un Cristo muerto se desliza entre las sombras. Para cuando Servitas apague las luces, Málaga será otra. Y la memoria descontará un año en su apogeo.

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