La peregrinación cosmopolita

  • Miles de prismas para una misma Semana Santa de contrastes: la alegría convive con el silencio

  • Estudiantes realizó su acto en la Plaza del Obispo con un nuevo horario vespertino

Los contrastes de la Semana Santa malagueña son uno de sus más ricos lenguajes no verbales. Los de aquí conocen el ritual de calles y momentos. Los extranjeros apenas tratan de descifrar el espectáculo que ante sus ojos se dispone para captar con sus tablets una foto que mostrar en su tierra hablada en inglés, francés, italiano u holandés. La algarabía de Frailes, la seriedad en los Mártires o Santo Domingo, la sencillez en Diego de Siloé, la ostentación en Alcazabilla o la fe de un pueblo en Trinidad: todas son parte de un camino de peregrinos que cambian sus vidas por unas horas para hacer posible un Lunes Santo cosmopolita.

La hermandad de Crucifixión estrenó nueva estética en sus filas nazarenas

Crucifixión. El Lunes Santo se inicia en el Ejido, sin rastro de nubles, ni viento, ni tampoco frío. La americana sobraba en aquel cofrade que, iluso él, se colocaba al sol en Mariblanca, feliz por haber encontrado un hueco en el que ver Crucifixión. Duraría poco y quedaría sucumbido por el oasis de una sombra en un portal. Es un tema recurrente en los balances de Semana Santa que se hable de la falta de público con la que tienen que convivir algunas cofradías a la vuelta. Quizá, sería interesante extender la discusión a aquellas que transcurren los primeros metros en soledad. En una ciudad semanasantera, que no cofrade, la mayoría de los que se congregaban para presenciar el paso de la Hermandad era turistas u hombres de trono esperando que llegaran su momento. Cuatro mormones de camisa blanca también se encontraban allí, aunque puede que eso no aumente el cupo de espectadores. Caminó bien formado, aunque poco numeroso, el cortejo nazareno que unificaba el color de los hábitos con el estreno de las túnicas. En ambas secciones, moradas con capirote y capa negra. Se reflejaba entre los orificios del antifaz el sudor de un penitente que portaba un farol en la cruz guía, como exponente máximo de la penitencia cofradiera. El Señor pisaba por segunda vez en este año las calles de la ciudad después de presidir el Vía Crucis de la Agrupación por el 25 aniversario de la hechura del Cristo. Se aprecia con pena la pérdida de la faraona en los hombres de trono, seña indiscutible de identidad de las procesiones malagueñas. Aún así, el sentido armónico que rodea el acompañamiento de las cornetas de El Amarrado de Ávila enriquece el patrimonio musical, explorando nuevos orizontes más allá de Andalucía oriental. Sonó Y tú, Estrella antes de que la imagen del crucificado se perdiera en la plaza del Teatro.

La Virgen del Mayor Dolor en su Soledad encontró la conjunción de hermosura en su trono de plata, exornado con rosas, azucenas y pitiminís. El corte musical se mantiene en la línea de la delicia, incrementado además por la siempre gustosa interpretación de la Paz, en esta ocasión a los sones de Jesús de las Penas, una oración . Igual que para la hermandad puede resultar desolador ver huecos en la calle, para el cofrade de a pie resulta exquisito apreciar con tranquilidad el discurrir del palio entre los rayos del sol que se cuelan por los callejones, aguardando en la memoria de aquel joven que se hizo con una estampa del Señor que estaba en el suelo, intacta después del paso completo de la procesión.

Gitanos. Calle Frailes mantiene su silencio y letargo durante el año hasta que el Lunes Santo se convierte en su fiesta grande, con permiso de Sentencia. Por un día olvida los credos para seguir a una imagen de piel morena, creada a gubiazos por un autor calé, como el pueblo que lo acompaña vestido con sus mejores galas.

Jesús de la Columna pudo ver salir su cortejo desde calle Hinestrosa, reflejado en el estandarte antiguo que cuelga de la pared del salón de tronos. El mar morado de túnicas con corona de espinas se prolongaba tras los pasos de la banda de cornetas y tambores Dolores de Álora, que ya enfilaba el duro sol de la tarde por Peña. Capillos abajo, faraonas puestas y el Señor en la calle con la marcha real. El cortejo se completaba, una vez más, con sus vecinos. Palmas y bailes acompañados de sones flamencos y algunos muy particulares, mención a determinados personajes infantiles de los 90. En Mariblanca, con todo el sendero marcado para Puerta de Buenaventura, Stabat Mater sonaba magistralmente tras el Señor mientras una estampa volaba hasta el monte de claveles.

En oro y grana, la Virgen de la O salía a los sones del Himno de Andalucía. Digno de mención el exquisito exorno floral con rosas, lilium, claveles, margaritas spider y alhelíes en blanco sobre fondo verde, como la enseña autonómica. A revisar, un año más, el alto número de mantillas fuera de tiempo y sentido. Con los cinco sentidos puestos en la procesión, el público podía escuchar un repertorio clásico, de marchas conocidas para varias generaciones, en los sones de la banda de música de Zamarrilla. Con la bajada del trono por Mariblanca, los arrabales del centro quedaban huérfanos por un momento del movimiento cofrade. La Dolorosa llegaría a la Tribuna de los Pobres con Encarnación Coronada para enfervorizar a la Tribuna de los Pobres.

Dolores del Puente. Ya no queda Perchel, ni callejones delante de Santo Domingo. Prácticamente no queda recuerdo de un sentimiento malagueño que identifique una realidad en la ciudad. Pese al destrozo paisajístico, con la construcción de los hoteles de dudosa convivencia armónica arquitectónica, Dolores del Puente sigue recogiendo las atmósferas más puras del lunes Santo. Haciendo un ejercicio de abstracción y obviando cualquier añadido, la vista que queda al alcance todos es la de un portón oxidado soportando los altos muros de las pareces desconchados por el tiempo. Casi nadie se ha preocupado por Santo Domingo, y sin embargo la salida de los Dolores -¡la del Puente!- genera la misma expectación reflejadas en las miradas, siempre atentas, que afinan la atención para poder escuchar que sucede en el interior del templo.

Los acordes más graves consiguen atravesar la cerradura del portón que al poco tiempo se abre para dejar salir a los primeros nazarenos vestidos de negro. Al momento, todo son cirios y capirotes al cielo, desfilando en la sobriedad identificativa de la Cofradía. El reflejo visible en la cal del interior del templo es el ultimo reducto luminoso antes de que el trono del Cristo del Perdón se acerque al atrio de la puerta para recibir los rayos del crepúsculo. Sonó Eloy, sonó Plegaria al Cristo del Perdón y el trono hizo la maniobra hasta el pasillo Sta. Isabel sin bajarlo, recogido en el regusto respetuoso de la sobriedad. Se agradece que sigan quedando bandas de música tras los Cristos, sobreviviendo a la moda impositiva de los últimos años. Más aún, si es con una cruceta musical tan cuidada en momentos como el discurrir ante la Basílica de la Esperanza con la marcha Nazareno del Paso, de Esparza.

Todo es ejemplo de una cofradía diseñada con mimo y conocimiento de causa. La pinoteca con obras de Torres Mata, Santo Domingo y San Carlos en los laterales de trono... todo tiene un sitio predestinado, respuesta clara de una revolución que es herencia de nuestros días. Por su parte, la Virgen de los Dolores se reencontró con lo más íntimo de una devoción que cada año viene fortalecida a la capilla frente al puente de los Alemanes. Quizá fue algo disonante el exorno floral, con unas pirámides cónicas variadas que rompe el recogimiento de la escena, especialmente ante la ausencia de azucenas -emblema de la Virgen- presente únicamente a los pies. La Banda de la Esperanza hizo sonar la marcha homónima de Pedro Morales a su paso por la Archicofradía, dando fruto a la sobriedad que cada año ofrece la hermandad dominica.

Pasión. Tras el hábito, la penitencia y, tras la penitencia, Pasión. Es símbolo indiscutible de esta Archicofradía su pretensión evangelizadora detrás de cada detalle. Muestra inequívoca de que no hace falta ser una hermandad "de negro" para sacar a las calles un cortejo nazareno formado con excelencia: sus nazarenos descalzos, sus campanillas con guantes blancos y cíngulo de esparto... Todo es reflejo del tradición heredada de padres a hijos sin desvirtuar lo más mínimo la razón de ser. Nadie desentona en el anonimato del antifaz; no hay gestos fuera de lugar. Nadie. Ni el joven nazareno impaciente esperando a que el mayordomo le encienda su vela roja hasta el que va en la presidencia de la Virgen con una medallita de María del Amor Doloroso que aguarda sus oraciones.

El conjunto pasionista de la hermandad es una alegoría en todos los sentidos. Los hombres de trono, irreconocibles por el gratificante capillo, son cirineos de la historia hecha cofradía de cada lunes Santo. Pero además, en la hermosura de la estética queda el contraste del morado con la reluciente plata labrada en la artesanía de Seco Velasco. Hubiese engrandecido más el conjunto un claves más vivo ante el sangre de toro, algo lúgrube, usado. Sonó la Esperanza. Una vez más. Y emocionó. Una vez más. El Señor enfiló calle Granada tras una curva cadenciosa, sin perder el peso y adentrándose en una nube de incienso hasta que desapareció. Tras bajar el trono, un músico le entregó en mano dos estampas a unos niños que aguardaban junto a una bola de cera en compañía de su madre.

La sección mariana goza del atractivo nazareno por el buen discurrir de las secciones, todas muy compactas. La estética dieciochesca de la Virgen del Amor Doloroso quedó puesta de manifiesto una vez más en su recogido trono procesional que quedará culminado con la ejecución de la gloria del palio. La sobriedad con España llora fue el inicio; el júbilo con La Estrella Sublime vendría después. El fundamento penitencia se consolidad a contemplar al conjunto archicofrade bajo las bóvedas catedralicias. La statio urbis sigue siendo una realidad del presente que ofrece la plenitud con el caminar de los dos tronos sobre las frías losas de mármol, preludio de un sepulcro hacia el que camina el cirineo de la Pasión.

Estudiantes. Si se suman los mil nazarenos, portadores, servicio externo y público de Estudiantes, la cifra puede aumentar hasta cifras insospechadas. El cortejo de la corporación del Santo Cristo de la Salud cuenta, desde hace años, con un público fiel que le acompaña desde las aceras o los balcones de pisos de postín por las calles por donde transitan. Y este año precisamente sus calles se convertían en un nuevo atractivo, un vuelco para acabar con una costumbre y adaptarla a los nuevos tiempos donde evangelizar bajo el capirote es tan importante como mimar a los hermanos.

Por eso, tras pasar por el Museo de Málaga el cortejo se dirigió por Cortina del Muelle y Postigo de los Abades para acariciar la Catedral con guantes blancos desde su torre truncada. Era momento de pasar de la madrugada a la tarde, de llenar en rojo y verde el atrio del primer templo. Al sol, la sección del Coronado de Espinas esperó pacientemente bajo el terciopelo aunque, como dijo un hermano, para 2019 deban cambiar a la sombra por una pura cuestión de tiempo.

Gaudeamus Igiturpara comenzar y finalizar el acto con los sones de la banda de la Soledad de Mena y el coro de la Universidad de Málaga. Cuando la Virgen de Gracia y Esperanza llegó hasta la plaza a las órdenes de campana de Santi Souvirón, pregonero de la Semana Santa y mayordomo de trono, momento del silencio. Del centenar de personas que se colaron bajo la fuente como devotos "de los de toda la vida" mientras el senador Joaquín Ramírez apuraba un cigarro.

Tras el canto inicial tomó la palabra Jesús Catalá, obispo de Málaga, quien realizó una breve reflexión donde recordó que la vinculación con la UMA y el mundo educativo "nos invita a reflexionar sobre la sabiduría, contemplando la imagen de Cristo. Nos remite a su verdadero ser divino y su sabiduría". El rezo del Padrenuestro, los sones del Himno Nacional y los dos tronos a pulso para terminar con brevedad y ligereza, montar el cortejo y dirigirse hacia el recorrido oficial con la aventura de pasar antes por la pacífica Tejón y Rodríguez.

Cautivo. La vida misma puede pasar por la mirada de Jesús Cautivo. En su poco descanso, marcado por las líneas que Martín Simón dibujó en su rostro, quedan las plegarias, los rezos, las manos entrelazadas implorando mientras una estampa se arruga entre los dedos. No duda en escuchar en su silencio.

Subir a su casa hermandad atravesando Mármoles, la estrecha Carril y toda Trinidad se convierten en un muestrario de formas de ver la vida mientras los mercaderes ofertan toda clase de recuerdos con el rostro del Señor de Málaga: ceniceros, pulseras, pañuelos, pastilleros e incluso cojines, con el riesgo de ser usados para algo que no sea decorar un sofá.

Y todo se resume en su caminar desde que, una vez abiertas las grandes puertas de su salón de tronos. En el interior todo se concentra en su rostro y blanca efigie de piel de ángel. Los que habitan la galería superior pasan por cientos de historias. Los que esperan abajo saben que en unos minutos serán sus pies. Como los de la Trinidad Coronada en su cincuentenario de ejecución por Francisco Buiza.

La misma realidad se transporta bajo los capirotes que llegan del cercano colegio Bergamín. Los rostros ajados o muy jóvenes mientras un capirote de rejilla, inadaptado a la tela (es la gran desventaja de éstos frente a los de cartón) se ajustaba con el esmero de quien tiene experiencia.

En silencio, andando recto, con la vista puesta en la casa de enfrente donde una mujer reza sin descanso, el trono comenzó a salir para despertar los primeros aplausos y subir las pantallas de móviles para grabar ese momento en la otra memoria de la vida. La banda de cornetas y tambores propia interpretó Evangelio y 75 años de fe para regalar al Cristo a su pueblo.

Después sería el momento de la Virgen de la Trinidad. Ella, tan paciente como siempre, se convierte en los ojos de su hijo para conocer el número de penitentes que le seguirán por las calles de Málaga. A sus pies, sus portadores y su devoto, Chiquito de la Calzada, cuya medalla de Andalucía lució en la saya desde la salida. A tiempo, el hermano mayor de Cautivo, Ignacio Castillo, recordó a un nazareno que en la estación de penitencia el móvil sobra y no se hacen fotos.

Entre ellos, la verdad de los rostros. La gente que durante horas ha esperado pacientemente su llegada salvífica. Cuánta verdad hay en las lágrimas que se derraman al paso de Jesús Cautivo.

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