Aspas da la cara por Unai (3-2)

  • Un postrero gol del gallego neutraliza el desbarajuste táctico de un Sevilla que jugó 50 minutos con uno más.

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Tuvo que ser Iago Aspas, el mismo que se retorcía de impotencia el pasado jueves en el banquillo al saber que no saltaría a la hierba, el que neutralizara el nuevo desbarajuste táctico del Sevilla de Unai Emery ante el Espanyol. Tuvo que ser el delantero gallego quien en el minuto 89 dejara los tres puntos en casa y evitara que las críticas a Emery arreciaran con más virulencia aún que en el fiasco copero.

Ganó el Sevilla, que recuperó la cuarta plaza con 42 puntos, uno más que el Valencia, y eso, aplacado el fragor de una batalla que tuvo de todo -ardor, fútbol, entrega, alternativas, polémica, emoción- va a amansar al entorno del entrenador, para su alivio. Ay, si Iago Aspas, habilitado por Víctor Sánchez en una jugada muy difícil para el asistente, no cruza con su pierna izquierda el gran pase de Bacca...

Por tercer partido consecutivo, un entrenador novato le ganó la partida táctica al elegido como quinto técnico del mundo. Al descanso, nadie daba un duro por el Espanyol, que había perdido a su portero en el minuto 40 por una justa expulsión al evitar con la mano, pero fuera del área, un gol de Aspas -sí, Aspas-. Por si fuera poco, a los periquitos sólo les quedaba un cambio para afrontar toda la segunda parte, ya que el central Héctor Moreno se había lesionado pasada la media hora.

Pero Sergio González se la jugó al todo o nada. Lejos de mandar a su equipo a una defensa espartana, metió a Sergio García por Montañés. Agotó las sustituciones con 45 minutos por delante. O una variante en la quiniela casi milagrosa, o una dolorosa goleada en contra. Metió a Sergio García arriba con Stuani, ordenó que Víctor Sánchez se descolgara arriba cuando pudiera y probó suerte. Su osadía estuvo a punto de salirle de perlas porque enfrente, el Sevilla volvió a cometer el mismo pecado que lo echó de la Copa: minusvaloró a los blanquiazules, a los que invitó a volver al partido con la aquiescencia del técnico local, quien, quizá por el cambio de Sergio Rico por Beto en el descanso, no movió un dedo hasta el empate a dos. El Sevilla erró al creer que había descabalgado al enemigo en la primera parte.

Una primera parte, por cierto, más que notable de los blancos, que se emplearon con el ardor y dinamismo que tanto echó en falta su parroquia en la triste noche del jueves. La gran variante de Emery -aquí sí acertó, a Unai lo que es de Unai- fue adelantar a Iborra a la mediapunta para imponer su cuerpo en los balones colgados y divididos, mientras que Banega se ubicaba junto a Carriço para distribuir juego. Y el Sevilla trenzó con sentido y verticalidad. Aleix Vidal y Vitolo huían de la cal y se asociaban con criterio o bien con Figueiras y Navarro por fuera, o con Aspas y Banega por dentro.

Esta vez sí fue un dominio real, no de oropel. Al cuarto de hora Arribas pudo hacer el 1-0 en un fuerte zurdazo demasiado centrado que repelió Casilla. Pero este juego contiene un gen único que lo distingue. Esa ocasión derivó en una arriesgada cesión atrás de Figueiras que cazó Montañés. Su pase al corazón del área lo recibió Salva Sevilla. Al jiennense se le fue el control algo largo, pero Beto le propinó una patada violenta, muy arriba. Fue penalti y debió ser roja. No lo vio así González González y, aunque Stuani marcó, el mando sevillista procuró la remontada, primero con una afortunada parábola directa a la red, enviada por Figueiras en su anticipación para cortar una contra. Corría el minuto 27. Ocho después, esa tensión y esa electricidad dieron más frutos con el robo de Aleix Vidal a Cañas, muy arriba, la prolongación de Aspas al catalán y el servicio de éste a Vitolo para que marcara a puerta vacía.

La roja a Casilla, paradójicamente, desenchufó al Sevilla. Verlo todo tan a favor de forma súbita le hizo levantar el pie. Aflojó su intensidad. Eso se tradujo en un equipo muy largo sobre la hierba, con una zaga demasiado aculada a Sergio Rico -el inconveniente de no tener a Pareja ni Carriço para mandar la línea más arriba- y unos delanteros también muy adelantados, invitados por la temeraria actitud del Espanyol.

Esas idas y vueltas pudieron cerrar el pleito con esos dos balones al poste de Iborra y Aspas (64' y 67'), pero el desorden se enseñoreó del pulso. Y en una contra de Javi López, que cortó una apertura de Iborra, Víctor Sánchez restableció el empate y dejó Nervión como un cementerio. Suerte para el Sevilla, y para Emery, que Aspas no rumiaba esta vez en el banquillo.

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