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Vísteme despacio que...

  • El Sevilla sufre su primer sinsabor del curso como local ante el Espanyol por la sencilla razón de que no le dio al juego la pausa necesaria

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Primer sinsabor del Sevilla 09-10 al calor de los suyos. El equipo de Manuel Jiménez no fue capaz de superar a un dignísimo Espanyol por la sencilla razón de que confundió en el momento supremo la intensidad con el frenesí. El conjunto nervionense se fue desordenando poco a poco hasta acabar en un estado de exaltación y perturbación del ánimo que no lo ayudó, para nada, a saber leer los últimos minutos del juego. A pesar de que tenía un futbolista más sobre el césped, los blancos se empeñaron en atropellar la razón en los instantes finales y fueron incapaces de serenarse y de hallar las vías más adecuadas para llegar hasta Kameni. Y hasta pueden darle las gracias al Ser Supremo por no haber perdido en la llegada postrera de Callejón.

Es el resumen apresurado de un partido intenso, de un encuentro de fútbol que no tuvo nada que ver con los cero a cero al uso. Al contrario, fue un choque entre dos equipos empeñados en tratar bien el balón y, lo que es más importante, hacerlo a la velocidad de la luz sin perder precisión por ello. Así arrancó todo y la verdad es que el espectáculo durante la primera media hora fue soberbio. Si en un campo era Jesús Navas quien ponía la directa para enfilar a su par una y otra vez y desbordarlo, en el otro Verdú se encargaba de lanzar a sus delanteros para buscarle las espaldas a los zagueros blanquirrojos. Era un juego trepidante, sin pausa ninguna, y lo raro fue que ninguna de las dos porterías fuera perforada en esa fase. Menos extraño si se tiene en cuenta la excelente actuación de los guardametas, sobre todo Kameni, aunque Javi Varas también fue providencial para los suyos nada más comenzar en una llegada en solitario de Luis García.

El Sevilla, ausentes Luis Fabiano y Kanoute por diferentes dolencias físicas, se había encomendado a la figura de Negredo para que Renato fuera el segundo delantero. Lo demás era más o menos similar que en otras ocasiones, aunque en el eje estaba un Duscher que suma infinitamente menos de lo que resta. El cuadro de Manuel Jiménez, sin embargo, añoraba sus señas de identidad del presente curso, pues carecía de dos referencias claras arriba y sólo disponía de un Negredo que, para más inri, anduvo confundido en esa fase y se retrasó demasiados metros en busca del balón cuando tal vez hubiera debido aguardar una oportunidad de remate más arriba y con más frescura física.

¿Quiero esto decir que se estuviera viendo a un mal Sevilla? En absoluto, los anfitriones propusieron un juego tremendamente intenso, con una línea de presión cerca de la defensa rival gracias al paso adelante de Zokora con la colaboración de Renato. El resto era conducir el balón lo antes posible hacia los extremos para que desde allí trataran de desequilibrar Jesús Navas, en el primer tramo, y Perotti, como segundo relevo. Con un Espanyol que tampoco renunciaba a atacar, el problema fue que la figura de Kameni comenzó a engrandecerse hasta que prácticamente tabicó su portería. El Sevilla lo intentaba de todas las maneras, incluidas sus eficaces acciones a balón parado, pero parecía imposible superar anoche al guardameta africano.

El guión no se iba a alterar después del intermedio hasta el minuto 59. Los sevillistas percutían cada vez más a menudo, y lo hacían de mil formas diferentes, pero tampoco sus rivales se cortaban en absoluto a la hora de asustar a Javi Varas. Hasta que salió Diego Capel al campo y al filo de la hora de juego llegó la acción que pudo cambiarlo todo. El argentino Pareja llega tarde a un cruce ante el extremo sevillista y ve la segunda cartulina amarilla y la consiguiente expulsión.

En teoría, sólo en la teoría, el camino se había allanado para el Sevilla, pues en un choque tan intenso tener un peón menos debía ser trascendental. Pero ahí llegó el frenesí, como sinónimo de locura; Jiménez, en su afán por atacar y atacar, metió en el campo a Kone y Chevantón y lo que hizo fue empeorar de manera clara al equipo. El uruguayo, por mucho que pueda ser revulsivo alguna vez, demostró que está descartado por algo y los suyos cada vez fueron peores, incluidas las faltas que sacó. Se escaparon dos puntos, pudieron ser los tres, pero, a veces, el refranero es sabio: "Vísteme despacio que tengo prisa".

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