Getafe | sevilla · A ras de hierba

El fútbol, un estado de ánimo

  • El miedo al fracaso se apoderó de los futbolistas del Sevilla, todos, excepto Cala, internacionales absolutos con sus selecciones · La ansiedad anula la calidad

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El miedo al fracaso es uno de los aspectos con los que aprende a convivir el futbolista desde edades muy tempranas. En la época de Jiménez no, pero ahora en las escuelas deportivas y, concretando más, en las escuelas de fútbol la figura del psicólogo está incluso por encima de la del entrenador. Por eso extraña que profesionales de élite, acostumbrados a superar esta amenaza que es verdad que nunca deja de estar latente donde hay un grupo que tenga que competir por algo, salgan a un terreno de juego como lo hicieron anoche los futbolistas del Sevilla.

¿A qué le tenían miedo para no entrar siquiera a los rivales y dejarles tocar hasta el área própia? ¿A hacer una falta que, como en Zaragoza, les costara un gol? ¿A ver una tarjeta amarilla? ¿A una expulsión? ¿A perderse la final? Mucho se podría analizar sobre la actitud de los jugadores del Sevilla en el Coliseum Alfonso Pérez en su inmensa mayoría pese a que a medianoche celebraron que la final es una realidad. Porque se salvaron muy poquitos: Cala, Jesús Navas, Kanoute y Palop. Y cabe preguntarse si era una consigna del entrenador, un hombre con la especial habilidad de fomentar las dudas en torno a él incluso en los éxitos, o era una situación que competía a los que estaban en el campo, que fueron incapaces de evitar que ese estrés psicológico les dejara la mente en blanco y anulara todas las virtudes futbolísticas que atesoran y que le han llevado a ser lo que son, futbolistas profesionales, de élite, internacionales absolutos la mayoría (Cala, el único que no lo ha sido), con títulos ganados en sus espaldas, finales ganadas, mundiales jugados...

Despejes como no se deben jamás hacer jamás en defensa -los de Adriano y Fernando Navarro- flojos y centrados, miedo a apretar los dientes en el uno contra uno, situación en la que los jugadores del Getafe no encontraron oposición, nada de presión, nula colocación... El muestrario de defectos fue infinito e inacabable, porque parecía no tener fin. Hasta que quizá la salida de Kanoute sirvió para tener algo más el balón y poder llevar la fiesta, después del sufrimiento, a los aficionados sevillistas, los desplazados y los que lo vieron por televisión.

En una ocasión ya dijo Johan Cruyff, de quien Jiménez es un ferviente admirador, que "no basta con entrenar fuerte, sino que también hay que entrenar inteligentemente". En esto hay mucho que hablar. La psicología en el deporte ha ganado terreno en los últimos años como también la medicina aplicada al deporte de élite. A los futbolistas se les enseña a controlar la ansiedad, a regular el estrés, a evitar ese temido miedo al fracaso que tantos fantasmas le hizo ver en Getafe a los discípulos de Jiménez. El deportista de élite que se prepara durante meses o incluso dos o cuatro años para una cita determinada sufre el miedo a no estar a la altura en el momento justo, a no sacar a relucir todo lo trabajado en el día a día y algo parecido le pasó ayer al Sevilla, o a sus jugadores.

Afortunadamente, al final la angustia hasta pudo provocar que el éxito se celebrara incluso más, pero los riesgos que se corrían eran demasiados e innecesarios. El ejemplo a seguir bien pudo ser Cala, un recién llegado que tuvo mucha más personalidad que todos sus compañeros con sólo cuatro ratos en el primer equipo a sus espaldas. Debe ser que será cuestión de estados de ánimo, porque eso dicen los que saben. Que eso es el fútbol, un estado de ánimo.

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