Cuando la mayonesa no liga

  • Marcelino, octavo técnico destituido en Primera, paga la mala planificación deportiva, que devalúa al Sevilla cada año, y su negativa a plegar su manual al perfil de la plantilla.

La temporada empezó torcida para el Sevilla desde el momento en que no fraguó el acuerdo con Marcelo Bielsa, la gran baza para una temporada que requería, desde la óptica del sevillista, de un mascarón de proa con un acusada personalidad, que levantara ilusión de verdad entre la confundida afición de Nervión. Por el Loco arribó Marcelino García Toral, un profesional de un perfil muy distinto al argentino por trayectoria y, sobre todo, por conceptos. ¿A quién le hacía más ilusión por firmar el contrato, a Del Nido o a Marcelino? Posiblemente al segundo, de ahí que no pusiera pero alguno a la plantilla que le pusieron por delante, con sus salidas y llegadas. Fuera o no la ideal para su dibujo.

El de Careñes empezó contagiando su ilusión al entorno, con su espíritu positivo, su espontánea labia y su sinceridad a flor de piel. Pero el segundo crochet al hígado de este Sevilla llegó con aquel sorteo de la previa de la Liga Europa: fue como si Del Nido metiera su mano en un bombo con 39 bolitas blancas y una negra... y cogiera ésta. El Sevilla era el club de Liga Europa con mejor coeficiente de los 40 cabezas de serie, pero fue a emparejarse con el que tenía mejor coeficiente de los otros 40 que no eran cabezas de serie, el Hannover 96.

Los sevillistas eran mejores, pero no mucho mejores que los germanos, que además jugaban más rodados. El riesgo de una eliminación era evidente, como así sucedió. Ya en esa eliminatoria afloraron los males de este Sevilla inofensivo y desprotegido: falta de mando en la sala de máquinas, donde se gestan las victorias, que desembocó en un desequilibrio por la acumulación de piezas ofensivas. La responsabilidad, que se la repartan el entrenador y los de las corbatas.

El primero, por su empecinamiento en alinear a dos delanteros puros, más dos extremos puros, más un medio sin capacidad física (Trochowski la mayoría de las veces) junto al único jugador, además de los cuatro defensores, con alma defensiva: Medel.

Pudo cambiar Marcelino a un sistema 4-5-1, con más elementos por dentro. O incluso apelar a ese 3-3-3-1 tan inusual hoy, cualquier variante táctica con tal de blindar a un Sevilla incapaz de gobernar un partido durante 90 minutos. Pero al final, después de algunos escarceos con el 4-3-3 en los que no le fue mal, volvió a su 4-4-2... y acabó condenado por su huida hacia delante el pasado domingo, dejando tres defensas y siete jugadores de marcado cariz ofensivo por delante, con sólo dos medios entre ellos: Rakitic y Trochowski, que no son precisamente Mauro Silva y Vieira en labores de contención. Marcelino subió al altar de los sacrificios con su alocada medida. Pero en su blandura ante la cúpula sevillista empezó a cavar su propia fosa. Un ejemplo: si sabía que Kanoute, que pudo irse en verano, no encajaba en su concepto de ataque (rapidez, pocos toques), ¿por qué su aparente discurso de confianza en las posibilidades de rebañar el fútbol único que aún le queda al delantero franco-malí?

Y los encorbatados... Desde la destitución de Jiménez (el equipo iba quinto, a dos puntos de la Champions), la planificación deportiva refleja más indefinición e improvisación que método y rigor: Spahic, Trochowski, Del Moral y Coke no elevan el nivel de una plantilla que se devalúa año tras año.

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