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¿Quién es el novillero? (1-0)

  • El Sevilla no sólo dice adiós a la lucha por la Champions sino que se complica la Liga Europa en un partido infame en Getafe. La revolución de Manzano condujo a un solo tiro a puerta.

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Los ejemplos son peligrosos en el fútbol. Gregorio Manzano se refirió en las vísperas a uno de los suyos como "un novillero" en un símil, seguro, sin malas intenciones, pero, viendo el rendimiento ofrecido ayer por el equipo que él entrena, cabría preguntarse sobre quién ejerció como tal en Getafe. Bueno, Manzano, no, en todo caso sería un subalterno o un diestro placeado en cosos de segunda categoría, sobre todo por la edad y por los años de experiencia en este mundo del fútbol, pero lo cierto es que la imagen ofrecida por el Sevilla fue deplorable. Y no tanto por la derrota en sí, sino por el escaso manejo de la situación, por haber sido incapaz de rematar a un adversario moribundo por la sencilla razón de que jamás apostó por tomar la iniciativa. El resultado fue una disertación de impotencia, calibrada en un único disparo a puerta por parte de Renato y un cabezazo inútil de Fazio. Eso fue lo único, tan poquito, que ofreció el equipo del novillero, subalterno o lo que sea Manzano en un estadio que hasta tiene un nombre adecuado para la figura literaria, pues responde por Coliseum.

El Getafe, el rival, llevaba nueve jornadas sin ganar y eso no es, ni muchísimo, una casualidad, pues su nivel actual estaba bajo mínimos. Tanto que se limitó a agradecer los regalos que provenían de la zaga del Sevilla para acercarse ante Javi Varas e incluso en semejantes circunstancias tampoco provocó pavor entre las huestes blanquirrojas. Pero ni por ésas se iba a acercar el conjunto de Manzano hasta el triunfo. Era imposible que lo hiciera con semejante desorden.

Porque el técnico, cabe suponer que después de trabajarlo durante la semana en las sesiones a puerta cerrada, apostó por retomar la defensa de cinco hombres, o de tres para ser tal vez más exactos. Fazio ejercía de libre con Alexis y Fernando Navarro a los lados mientras que a Martín Cáceres y Dabo le encargaban las bandas. El uruguayo se quedaba un poco más atrás, pero el caos podía empezar por el lado del francés, quien ejercía la mayoría de las veces de interior, incluso de extremo. Claro que con cero unidades de peligrosidad para un rival que asistía con satisfacción a tantas facilidades. En el centro se colocaba, como siempre, Medel con Rakitic y Renato de escuderos mientras que Negredo y Rodri aparecían desconectados arriba, como dos islas separadas por el agua del puerto principal.

Eran once futbolistas, justo lo que establece el reglamento, pero estaban tan mal posicionados que el equipo jamás funcionó como un colectivo. El Sevilla estaba dividido en tres partes, defensa, mediocampo y delantera. Eso puede resultar hasta perogrullesco, pero lo malo era que rara vez fue capaz de intercomunicarse entre ellas. Todos los elementos estaban tan lejos unos de otros que parecía imposible cualquier posibilidad de realizar una combinación con opciones de dejar atrás rivales. ¿A quién le puede extrañar, por tanto, que sobre la hora de juego, más o menos, apareciera una estadística en la que se contabilizaban once disparos a puerta del Getafe por cero del Sevilla? Era el balance de un equipo sin alma, roto por un planteamiento de su entrenador que había resultado nefasto.

Porque el fútbol, con todos los respetos hacia la figura de Gregorio Manzano, también tiene esas cosas. Cuando un dibujo táctico sale bien, que al fin y al cabo depende del resultado final de los partidos, sirve para que el entrenador acapare un montón de piropos, como sucedió en la vuelta de la Copa frente al Villarreal en la anterior ocasión en la que apostó de salida por los tres centrales, pues también utilizó ese esquema en la segunda parte en Oporto. Pero cuando sale tan mal como ayer también cabe preguntarse por el sentido de tanto cambio.

El Sevilla estaba funcionando bajo el dibujo del 4-4-2 desde que Medel y Rakitic se integraron en la plantilla. Quizá le faltara algo de equilibrio cuando salía con cuatro delanteros, es decir, dos extremos puros y dos delanteros-delanteros, pero hay maneras de solventar esos problemas sin tener que hacer una revolución que no condujo absolutamente a nada. ¿Luis Alberto? Por favor, si ese futbolista todavía es un novillero pendiente de placearse en cosos de primera. Permítase la ironía, pero tal vez fuera mucho mejor optar por cambiarlo todo para que nada funcionase de manera tan rotunda como se pudo ver ayer en el Coliseum getafeño.

Ya fue así desde el principio, durante todo un primer periodo nauseabundo, tirado a la basura. El Sevilla, desprovisto de la personalidad que había venido mostrando en las últimas semanas tanto por las ausencias de Kanoute y Jesús Navas, que todo hay que decirlo para que no haya malos entendidos, como por las decisiones que manaban de su cuerpo técnico, se empeñó en resucitar a un Getafe en una situación deportiva más que crítica. Porque Míchel también tenía bajas importantes en su plantilla, pero por lo menos apostó por tomar la iniciativa, aunque sus futbolistas tampoco tenían el nivel suficiente para apoderarse de ella.

Y el conjunto de Manzano era incapaz de apoderarse de esas facilidades dadas por el rival por su propia incapacidad. Ni un tiro a puerta, ni una carrera con fe para aprovechar la cantidad de metros existente entre la defensa local y el líbero Ustari. Nada de nada. Entonces Manzano sí pensó en Luis Alberto para que éste, al menos, diera un solo pase a las espaldas de los rivales en la izquierda, y hasta metió a Diego Capel y Alfaro. Fue tarde, pues eso coincidió con el regalo de Fazio a Miku en un rejón de castigo a un Sevilla que no jugó a nada. Responsabilidad de los futbolistas, por supuesto, pero Manzano también tuvo una elevada cuota.

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