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Como si nada hubiera pasado

  • El sevillismo no manifestó ni una alegría desbordante por estar en la final de Copa ni ese descontento que tanto se anunciaba con Jiménez · Desapercibido, lo mejor

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Está claro que no se puede obligar a un afición a celebrar, por ejemplo, la clasificación para una final. Eso sale o no sale. Los sentimientos son una cosa muy personal y si el sevillismo entiende que estar disputando un título en mayo no se sale de la normalidad, hay que darlo por bueno. Son las cosas del crecimiento.

Al menos sí que estuvo respetuoso el público asistente ayer al Sánchez-Pizjuán con su técnico. Quizá consciente de que a lo mejor tuvo que guardarse la lengua en algún sitio con aquel cambio en el partido de ida y quizá que la balanza la equilibrara el mal rato que su equipo -haciendo un todo con su entrenador- le hizo pasar el pasado miércoles en el partido de vuelta, no se produjo ayer ninguna manifestación en contra de Manuel Jiménez. Y si es cierto que existe una predisposición para criticarlo todo lo que tiene que ver con su trabajo y sus decisiones, que nadie duda que la hay, nada de eso hizo su aparición ayer.

El equipo fue recibido con ovación en su salida, la grada cantó el himno de El Arrebato con la ilusión de siempre y hasta el primer pelotazo de Palop, ante la doble tentación de un dubitativo Escudé para sacar la pelota, fue perdonado con tímidos aplausos. Pero no hubo ninguna manifestación por lo del miércoles, ni a favor ni en contra. Ni aplaudiendo el hecho histórico en sí, la séptima final de Copa en 104 años, ni recriminando el mal juego, pésimo, del Sevilla en Getafe.

Digamos que la credibilidad se estaciona en una tendencia horizontal. Ni sube ni baja. Si lo expresado ayer por el público nervionense puede considerarse un sondeo, éste está empatado. Otro domingo puede ser distinto, porque esto es como en la clase política, que las encuestas respiran casi por los últimos acontecimientos. Así, una medida como retrasar la edad de la jubilación a los 67 años es como, perdiendo por 2-0, quitar un delantero y sacar un centrocampista defensivo con fama de patadura. La derrota no la evita nadie y los sondeos, entonces, dirán que el entrenador ha perdido varios puntos con respecto al líder de la oposición.

Jiménez, con sus decisiones, pasó desapercibido y eso es una buena noticia para el sevillismo. La mejor. Con la decisión valiente y acertadísima -ganó todos los balones por alto- de hacer reaparecer de verdad a Fazio, con la decisión de castigar a toda la banda izquierda, Fernando Navarro y Perotti, con mucha culpa de esa incitación al suicidio que la hinchada contempló en Getafe. Con la decisión de castigar también a Negredo, con quien sí estuvo de uñas el sevillismo, que le recordó tras su primer fallo su patética actuación cargada de egoísmo en Zaragoza.

Jiménez no, Jiménez tuvo ayer luz verde en la cámara. No se discutieron sus cambios y hasta se aplaudieron. Romaric salió por Luis Fabiano y nadie puso el grito en el cielo. El sevillismo incluso se entusiasmó con una preciosa jugada combinativa que su equipo realizó a falta de unos diez minutos para el final del encuentro.

Entonces, después de todo esto, después de una semana entera de discusiones y enfrentamientos dentro del sevillismo como si se hubiera desatado una guerra civil, pues hay peleas incluso entre hermanos, cabe preguntarse qué extrañas sensaciones se viven en este club. El debate tanto afloracomo desaparece. Jiménez no escuchó ni el "vete ya" ni el "qué cojones tienes". Y es lo mejor.

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