aniversario La escasa ayuda internacional no ha logrado mejorar la situación

Haití sufre dos años después

  • Al menos medio millón de haitianos malviven aún en los campamentos levantados tras el devastador terremoto de 2010 en un país con el 95% de la población en paro

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El Palacio Presidencial en ruinas, la catedral y escuelas devastadas, así como innumerables viviendas: la destrucción de Puerto Príncipe aún es visible, una muestra de que dos años después del terremoto, la reconstrucción de Haití aún no ha comenzado.

Hace falta dirigirse al norte del país, a la pequeña ciudad de Limonade, destruida por la catástrofe, para encontrar la única obra pública erigida luego del sismo que mató a más de 200.000 personas el 12 de enero de 2010: un campus universitario ofrecido llave en mano por la vecina República Dominicana.

Tres planes de reconstrucción del centro de Puerto Príncipe, uno de ellos preparado por la Fundación del Príncipe Carlos, esperan aún en los cajones para hacerse realidad.

"Vamos a hacer una fusión de las diferentes propuestas y proponer una versión final de la reconstrucción del centro de la capital", aseguró Arry Adams, jefe de la nueva autoridad encargada de la reconstrucción.

"Sólo Dios puede ayudarnos", dice con gesto de hastío Mimose Fontus, una de las más de 500.000 personas que, según la ONU, aún malviven en los campamentos que surgieron tras la tragedia que causó 1,5 millones de afectados. Pero Mimose, quien se instaló en la plaza de Champ de Mars hace dos años, el 12 de enero de 2010, ni siquiera puede acceder a un sistema de agua corriente, como ocurre en otros campamentos, y sus días transcurren bajo unas mugrientas lonas en un reducido espacio en el que duermen hasta diez personas (niños y adultos), sin expectativa alguna de mejora.

"No tenemos luz, no tenemos agua, soportamos el sol, el calor", se queja la mujer, una enfermera de 40 años que tampoco tiene trabajo en un país donde la tasa de desempleo roza el 95 % de la población activa, según datos ofrecidos por el presidente del país, Michel Martelly.

Bajo la atenta mirada de su hermana mayor, enferma, Mimose explica que ésta no quiere hablar con periodistas, sino comer, y dice que el único apoyo con el que ambas cuentan para ello es el de algunos familiares que les ayudan a salir adelante cada día.

El empleo, ésa es la principal preocupación de miles de haitianos, como Jean Elie, un ebanista de 26 años, quien se queja de que "en un país sin trabajo el pueblo no puede vivir". Ante la falta de oportunidades, Jean Elie sueña con salir del país y regresar cuando las cosas hayan mejorado.

Más optimistas son otros desplazados del terremoto, entre ellos algunos de los que habitan en el campamento Corail, en Croix de Bouquets, situado en la periferia norte de Puerto Príncipe. Entre las 10.000 personas que ocupan el asentamiento está Dimy Jean, un peluquero de 31 años que ha conseguido abrir su negocio gracias a un programa de la ONG Oxfam, que le suministró el apoyo económico necesario.

En un pequeño pero organizado establecimiento hecho con maderas y techo de metal, Dimy cobra el equivalente a dos dólares por cada corte de pelo. Los días en que la gente tiene trabajo puede llegar a realizar diez servicios, aunque otros días el negocio está flojo y apenas entra público. Oxfam le prestó 3.100 dólares, de los que deberá reembolsar el 40 % a plazos durante un año. Si cumple, la organización le volverá a entregar ese porcentaje para que siga con su negocio.

"No hay suficientes palabras para explicar el bien que me han hecho", explica el joven haitiano, quien gracias a la ayuda recibida pudo comprar material de peluquería y también un potente equipo de música que hace sonar a todo volumen mientras trabaja, porque "la música atrae a los clientes".

Dimy aprecia tanto su peluquería, a la que ha puesto por nombre "Clean" (limpio en inglés) que duerme en su interior, tendido sobre una colchoneta, para defender el negocio de los ladrones.

Otro de los que se siente satisfecho es Renel Saint Juste, un panadero de 43 años que cada día fabrica nueve tipos de productos en su establecimiento, donde da trabajo a siete personas gracias a otro proyecto de la ONG.

"Con esta oportunidad puedo dar un servicio a la comunidad", comenta Renel, quien explica que antes de que montara su negocio, los habitantes del campamento tenían que caminar hasta media hora para comprar pan.

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