El nuevo rostro de los obispos

  • El episcopado encomienda a un sacerdote y periodista la tarea de aprobar la gran asignatura pendiente de la Iglesia: la comunicación.

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Un cura de parroquia, periodista de carrera y ejercicio desde hace veinte años, hombre de oración y de acción y consultor del consejo pontificio de las telecomunicaciones desde hace siete. Un presbítero diocesano que forma parte de la Sociedad de la Santa Cruz, vinculada al Opus Dei; curtido en la comarca extremeña de la Serena y en los pasillos de la curia romana, canónigo de la Catedral de Badajoz, colaborador, impulsor y miembro del consejo de administración de la Cope. El nuevo secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española, José María Gil Tamayo (Zalamea de la Serena, Badajoz, 1957) tiene el olor a oveja que demanda el papa Francisco a los clérigos de hoy y cuenta con el valor añadido de conocer por experiencia previa los sinuosos terrenos por los que se habrá de mover en los próximos cinco años. Los obispos confían las tareas de comunicación a un rostro amable, la tradicional asignatura pendiente de la Iglesia católica. Del busto frío y visualmente hierático de monseñor Martínez Camino, al oficio cálido y el perfil sin aristas de este cura que se proyectó al mundo entero en los días del último cónclave, cuando Federico Lombardi, director de la Sala Stampa, le encargó la portavocía en español. Gil Tamayo compareció siempre junto a Lombardi, traduciendo sus opiniones y aportando sus propias valoraciones. La terna encargada de atender a cientos de periodistas llegados a Roma de todo el mundo mereció el aplauso espontáneo de los profesionales de la información el día posterior a la fumata blanca. Aquellos días supieron comunicar. Incluso respondieron con paciencia a las cuestiones más frívolas.

A este cura pacense corresponderá aplicar la línea marcada ya con claridad por el Pontífice argentino, con un discurso donde determinados asuntos como el aborto, la homosexualidad o la contracepción dejen de tener tanto peso en favor de la misión pastoral pura y dura. Sus compañeros destacan de su perfil la capacidad de comunicación de un mensaje poco dado a cambios y de lenta evolución como el de la Iglesia católica combinada con su carácter de pastor. "Tenemos un buen mensaje, el mejor de los mensajes posibles, pero no pocas veces no llega o crea polémica. El problema no es el mensaje, el problema es el emisor", comentó ayer uno los responsables diocesanos de relaciones con los medios. "Siempre está preocupado en que nos formemos en el trato con los medios", destacó otro desde Roma.

Gil Tamayo fue el sexto español que logró estar dentro de la Capilla Sixtina en el último cónclave, al menos durante la jura de todos los purpurados. España cuenta con cinco cardenales electores. Semejante privilegio no se lo comunicaron hasta el día anterior. Y durante el segundo día de votaciones narró su experiencia desde la Sala Stampa al Grupo Joly: "Sentí una profunda emoción religiosa y una profunda curiosidad periodística. Tenía la sensación de que estaba viviendo un sueño, en el rodaje de la película Las sandalias del pescador, pero con la solemnidad de que sabía que aquello era de verdad".

No le sientan bien las insinuaciones sobre los problemas de comunicación de la Iglesia católica, que asegura que hace un gran esfuerzo en estas competencias desde hace años. Pone de ejemplos al beato Marcelo Spínola (1835-1906) como cardenal de notables inquietudes a la hora de profesionalizar la voz de la Iglesia. En los días de Sede Vacante confesó que echaba de menos la tranquilidad de Extremadura, la región en la que ahora dejará necesariamente de hacer vida cotidiana.

Gil Tamayo fue elegido secretario general de los obispos españoles por 48 votos de un total de 79. Completaban la terna el obispo de Guadix (Granada), Ginés García Beltrán, que obtuvo 17 votos, y el obispo auxiliar de Madrid, César Franco, que contó con 12. Gil Tamayo y García Beltrán iban avalados por diez obispos, además de con los votos necesarios de la comisión permanente.

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