También los sicarios tienen miedo

  • Los matones mexicanos aseguran que no temen ni al Gobierno, que "no asusta a nadie", ni a la Policía, sino la guerra a sangre y fuego que libran con otros cárteles por el control de la fronteriza Ciudad Juárez

'¿Qué cómo ve veo en el futuro? Me veo guapo… y muerto'. Quien habla es un soldado de El Chapo Guzmán (líder del cártel de Sinaloa y el narcotraficante más buscado de México) en Ciudad Juárez, uno de los territorios en mayor disputa entre los distintos carteles del país. Deja que le llamemos José y es señor de una pandilla, jefe de sicarios en la que se considera la ciudad más peligrosa del mundo y, posiblemente, alguien de perfil no muy distinto a quien lideró el último fin de semana de enero el asesinato de 16 personas, la mayoría estudiantes, mientras celebraban una fiesta.

José suda, juguetea subiendo y bajando de unas enormes pesas tiradas en el suelo, mira al techo, deja que los ojos se le pierdan. 'Cuando empecé a ver muertos, me fascinaba mirarlos, el olor…', describe inhalando fuertemente el aire casi con una mueca. Dice tener 31 años pero aparenta más. Está visiblemente drogado mientras habla con los tres periodistas que accede a recibir en su casa, una vivienda que deberá dejar en breve porque 'le han puesto dedo', explica su novia, Dalia, es decir, han dado un chivatazo y van a por él.

'El Gobierno no asusta a nadie', aclara desde un principio. De hecho, autoridades locales reconocen que los que se asustan son los policías que corren a esconderse cuando oyen un narcocorrido colado en su frecuencia de radio, señal de que uno de ellos está a tiro y va a morir.

Lo que aterra a José son los otros cárteles con los que libra una guerra a sangre y fuego para asumir el control de una de las principales plazas del país, Ciudad Juárez, una ciudad fronteriza clave en el tráfico de drogas hacia EEUU y punta de lanza de la estrategia contra el crimen organizado lanzada por el presidente Felipe Calderón en 2006 para evitar perder totalmente el control de este territorio (un plan que muchos creen que solo ha logrado aumentar la violencia).

El Cártel de Juárez y el de Sinaloa son los principales rivales en liza pero junto a ellos hay una pléyade de grupúsculos y pandillas que, a veces, no dudan trabajar para el mejor postor. 'Están presentes La Línea y los Aztecas (vinculados al grupo de Juárez), los Artistas Asesinos (Sinaloa), los Zetas y los Zetitas (los juveniles y ambos con el Cartel del Golfo) los Beltrán Leyva… ', indica un inspector de policía destacado en Juárez durante varios meses.

La lucha de todos contra todos llevó a que el pasado diciembre el número de ejecutados al día (sicarios, policías, soldados y civiles) superara a veces la veintena. En enero las cifras continuaron en aumento con total impunidad pese a los 10.000 efectivos del operativo conjunto del ejército y la Policía Federal y los 3.000 policías municipales que patrullan la ciudad. Desde el Gobierno federal se asegura que al haberse pasado de sicarios adiestrados procedentes de la Policía -ya teóricamente depurada- a grupos de pandilleros, la intensidad de la violencia no puede durar mucho, pero los hechos no acompañan esta tesis.

El narco impregna todo y recluta a informadores o sicarios de cualquier parte, sobre todo entre jóvenes sin posibilidades, que cada vez son más. Según el mencionado inspector, hay centros de rehabilitación donde los drogadictos son utilizados como ejecutadores y pagados con droga. Eso motivó, en su opinión, algunas de las matanzas del año pasado, como la ocurrida en septiembre en Juárez en la que 18 jóvenes fueron fusilados en el propio centro por un cártel rival.

Quedar atrapado en las redes del crimen no es difícil. Para José, todo comenzó a los 12 años fumando marihuana y vendiéndola en la escuela porque 'desde chavo me gustaba el dinero'. Marchó a EEUU, estuvo en la cárcel y regresó deportado a México. En su cara, lágrimas tatuadas en recuerdo de sus crímenes. 'Yo hacía de todo', confiesa. De su actividad actual da pocos detalles: que 'hay que limpiar la ciudad de la gente que no sirve'; que no le gusta ir a los funerales de los sicarios a los que 'da escuela' por respeto a sus familias y que no busca problemas pero que si llegan 'hace lo que hay que hacer'.

Dalia, su novia, habla sin pudor de cómo la tentó ese mundo y se aproximó a él para 'aprender de la vida'. Tiene 21 años y un niño casi de dos. Lleva desde los 12 fuera de su casa, en muchas ocasiones junto a hombres vinculados al crimen organizado de los que se enamora, que la utilizan pero a los que también ella usa para poder dar a su hijo, dice, la vida que quiere. 'Hay riesgo, me han matado a varios amigos pero intento mantenerme al margen y cuidarme. Como está la crisis, haces demasiadas cosas'.

Esta mujer de apariencia frágil ve, oye, calla y guarda ases en su manga por si alguien la quiere amenazar. Recuerda cómo ha acompañado a amigos de viaje o a fiestas porque con una mujer se esquivan mejor los controles. 'Pagan 1.500 pesos (75 euros) por ir con ellos al sur de México y además te compran todo lo que quieras'. Los viajes son para transportar la droga -cocaína, cristal, marihuana- que puede ir en los neumáticos, el depósito de gasolina o en cualquier otro punto del coche.

Sabe con quién se junta. 'No les importa nadie. A uno de mis ex lo detuvo la Policía, se llevaron la droga y a su hijo y lo que más le dolió fue perder la mercancía'. Ahora Dalia quiere dedicarse a sus estudios de estilismo y a su hijo. 'Intento no acercarme a ellos y, de momento, me respetan'.

A diferencia de los miles de millones de dólares que mueve internacionalmente el mercado de la droga, quitar la vida en Ciudad Juárez cuesta poco. 'Por una ejecución les pueden dar unos 1.000 pesos (50 euros) o 1.500 (75) a los mexicles, que son los que hacen las decapitaciones drogados. Eso, más el arma y el vehículo', explica Dalia.

El ensañamiento, las torturas y el descuartizamiento de los cadáveres se han convertido en seña de identidad de los distintos carteles para sembrar terror. 'Lo que no vi en 30 años en el Ejército lo he visto en Ciudad Juárez', explica el inspector. 'Personas descuartizadas de forma enfermiza, como esa vez que encontramos la cabeza de un hombre sobre el volante del coche, al lado sus manos, los genitales perfectamente cortados junto al asiento, detrás las piernas y el cuerpo en el maletero'.

Hechos como este han dejado de ser ocasionales. Por eso José reza para que cuando le llegue la muerte sea rápido. 'No quiero sufrir', asegura.

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