CRÍTICA VIDEOJUEGOS

Donde nacen las pesadillas

Alan Wake | Remedy Entertainment | 58,95€ | XBOX 360

No ya el género de terror, sino más en concreto ese angosto subgénero metalingüístico de escritor de novelas de terror inmerso en una aventura más terrorífica que sus propias narraciones, tan popularizado por Stephen King (en novelas como El resplandor, Miseryo La mitad oscura), y por adláteres cinematográficos como el John Carpenter de En la boca del miedo (1995), había sufrido hasta el momento presente un silencio inexplicable en los dominios del videojuego. Con la llegada de Alan Wake, sin embargo, se reafirma tanto la consistencia de este género pergeñado por el entrañable escritor de Maine, como la cada vez mayor permeabilidad de los títulos de nueva generación a los códigos literarios y cinematográficos de ayer y hoy, una fase más del mesiánico trayecto del videojuego hacia su meta natural: convertirse en un décimo arte capaz de barajar, en su propia estructura interactiva llena de específicos elementos de todos los anteriores.

Con el trasfondo del gótico americano pintado por Edward Hopper, fotografiado por Stephen Shore y William Egglestone, y heredado y actualizado por David Lynch y, de forma algo más costumbrista, por el propio King, sorprende, en primer lugar, la riqueza semiótica en la confrontación constante entre creación y nada, representada en el protagonismo de Alan Wake (de apellido elocuente en tanto nuestra aventura es metafóricamente una extensa y angustiosa pesadilla de la que habremos de despertar), escritor en un momento de estancamiento vital y creativo, pero también en su encantadora mujer, con fobia a la oscuridad y (con toda lógica) dedicada a la fotografía, el primer arte capaz de manipular efectivamente la luz de la realidad para traducirla en una imagen instantánea. Así, el principio rector de oposición oscuridad-luz atraviesa todo el relato, desde las implicaciones más evidentes, derivadas de su empleo relacionado con la amenaza y la protección, e incluso en la retórica nomenclatura empleada en ciertos instantes (el contradictorio nombre del pueblo, Bright Falls, y del ocasional programa televisivo de ciencia ficción, Night Springs, respectivamente El ocaso del brillo y La noche nace en su traducción al castellano) hasta los reiterados juegos de contraluz (que en una inquietante alegoría visual de la estética intangible de las pesadillas, nos indican la dificultad de acercarnos a la espantosa verdad), o el mismo distintivo principal de la literatura escrita, el negro sobre blanco de los folios con textos premonitorios que iremos encontrando diseminados por las alucinógenas localizaciones nocturnas que habremos de atravesar, acuciados por el horror intangible que ha detonado el drama con la desaparición de nuestra mujer.

Presentada como una función de horror abstracto en enrarecida (aunque reconocible) clave lovecraftiana, su estructura capitular, con sus "Previously, on Alan Wake", nos aproxima sin embargo, como ya lo hiciera el también terrorífico y reciente Alone in the Dark, a cierta narrativa televisiva que inevitablemente, y teniendo en cuenta la trama de misterio con carácter sobrenatural, emparenta nuestro título con el éxito de Lost(serie también muy deudora de King -especialmente de su novela Apocalipsis-, de la que se recupera gran parte del plantel de dobladores para la excelente versión española de Alan Wake). La tensión, únicamente aliviada por los bien dosificados lapsos cinemáticos que constatan el avance de la historia, ejercita sobre el jugador un constante nivel de implicación en la resolución de enigmas y problemas, que redundan en la naturaleza fractal del conflicto, en el juego como función creativa del usuario, identificado con un protagonista escritor que a su vez determina la trama con su propia autoría inconsciente de lo real autogenerado. Una insólita, inteligente y fascinadora huida adelante por los territorios ontológicos del terror, en la que lo real y lo ficticio, lo casual y lo causal, dejan de tener el sentido que les interpretamos en nuestra vida cotidiana, y se mezclan en la brumosa naturaleza de la conjetura, en ese imposible lugar entre dos mundos en el que, antes de ser leídas o soñadas, las pesadillas cobran vida.

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