Alejandro Conquero derrocha voluntad en Las Ventas ante un inservible lote

Novillos de Los Chospes, de desiguales hechuras y de comportamiento también variado. Los mejores, el mansito primero y, sobre todo, el cuarto, aplaudidos ambos en el arrastre.

Gerardo Rivera: estocada ligeramente atravesada y seis descabellos (silencio tras aviso); y estocada y cuatro descabellos (vuelta al ruedo tras aviso).

Alejandro Conquero: dos pinchazos y bajonazo (silencio); y pinchazo y media perpendicular (silencio).

Santiago Sánchez Mejía: dos pinchazos y media pescuecera (silencio tras aviso); y pinchazo y estocada (silencio).

Tarde de monteras en mano y sueños en ciernes. La terna de novilleros actuantes hacían su debut en la primera plaza del mundo y de los tres hubo uno que sobresalió por encima del resto: el mexicano Gerardo Rivera, torero con actitud y, sobre todo, aptitudes artísticas, aunque deba mejorar con la espada.

Conquero mostró sus credenciales con tres largas de rodillas como saludo a su primer novillo en Madrid, un animal que, tras hincar dos veces los pitones en la arena y sufrir un volatín en banderillas, llegó prácticamente desgastado y rajado a la muleta. Esto propició que el novillero onubense, que inició y finalizó faena de hinojos, no pudiera pasar de animoso.

El quinto fue novillo noble y soso al cincuenta por ciento, y Conquero anduvo por ahí en una labor de largometraje y poco eco. Y eso que se tiró el hombre mucho tiempo buscando las vueltas a un imposible.

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