Curro romero

Curro Romero: "Me asusté, porque ese bichito acaba con cualquiera"

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Ahora, el sol es más que un racimo de alegría que cuelga en su casa del Aljarafe, su particular Valle de los Reyes. Bajo su sonrisa, que se abre en un abrazo, un pañuelo de diminutos toros envuelve el rígido burladero que es el collarín protector de su cuello. El Faraón, frente a un enhiesto árbol, interminable como un obelisco, sentencia que tras el trago amargo que ha vivido hay que reír; que a los hombres que no ríen se les borra la cara. Quien paró el tiempo con su verónica, temió por un instante que el reloj se desajustara. El tabaco ya sólo es humo. Toma asiento. Curro, corazón en calma, respira serenidad. Pasea su mirada de esperanza por el tornasol del verde césped y, más tarde, de su verde y triunfal vestido de luces. Y paladea a su Betis en primera. Hombre de silencios y soledades, sueña junto a la piscina, estanque de paz, con nuevos caminos. De nuevo, el alba en sus pulsos, como cuando cogía "así" su capotillo. Aquí, donde se esconde el secreto a romero, hay recuerdos de gloria y a pólvora de pitones. También el académico de la armonía nos habla de arte. Una lagartija juguetea bajo una butaca y un tenue coro de gorriones envuelve la conversación. Renace el canto al campo y a la labranza; al niño que guardó vacas y ovejas a cambio de pan y garbanzos. Necesitábamos escucharle en su día, el Domingo de Resurrección. Porque esa fue la milagrosa historia del arte de El Faraón de Camas, una historia de maravillosas resurrecciones. Curro ha recuperado la voz. Suena bien.

-¿Cómo se encuentra?

-Todavía me canso mucho. Las piernas me pesaban mucho. Tenía el cuerpo como agarrotao. Y de toros no he estado pendiente de nada, ni de carteles. Cuando se tiene la salud así, mal, no tienes ganas de nada. Es la verdad.

-¿Cómo está de ánimo?

-Estoy mejorando por días. Ya voy echando fuera todo lo malo.

-¿Cuándo es la próxima revisión de las cuerdas vocales?

-Tengo que ir el día 8 de mayo. No sé si me darán el alta o tendré que ir de nuevo.

-¿Y en cuanto a las cervicales?

-¡Tanto porrazo! En unos días me quitaré el collarín y tendré que hacer rehabilitación. Trujillo -el doctor Francisco Trujillo- me dijo: "¡Hay que ver qué pronto te ha cicatrizado, qué buena encarnadura tienes!". Supongo que eso de la encarnadura será porque soy torero.

-También sufrió un ictus.

-Fue en octubre, aquí en casa. De pronto me entra una risa y empiezo a hablar solo y decía que había cumplido 90 años. Me dijo Carmen -su esposa, Carmen Tello-, "¿cómo, que has cumplido 90 años?, ¿pero qué dices, Curro?". Y yo contesté: "Ahhh, no, no. He cumplido 88". Un disparate. (Curro tiene que hacer una pausa. No debe dañar las cuerdas vocales. Respira y mira al fondo, allá abajo, por donde discurre el templado Nilo sevillano donde el Faraón jugó al toro de niño). Entonces, después de ese disparate, se dieron cuenta de que algo grave me pasaba y salimos rápido para el Sagrado Corazón.

-¿Cómo ha vivido esta etapa?

-Estaba preocupado por lo de la garganta.

(Nueva pausa, más corta, y prosigue). La voz no me salía. Llevaba dos meses. Me quitaron un poquito de cuerdas. La garganta no me ha dolido y he tragado estupendamente. Esto de las cervicales, eran lágrimas. Era desesperante. Ahora que me desaparece el dolor, me estoy viniendo arriba. Uno trata de olvidar. Ahora sólo miro para adelante. Me dedico a mi ejercicio y a cuidarme al máximo. Si no hay que fumar, pues no se fuma.

-¿Cuál ha sido el momento más delicado?

-Cuando me dijeron que me tenían que operar de la garganta le vi las orejillas al lobo. Me dijeron que había unas cositas ahí y... mira Luis... no sé... porque ese bichito es tan malo, que acaba con cualquiera. Pensaba y pensaba y al no darme terapia ni quimio, pues me dije: "Curro, no llegues a pensar en lo peor". Así es que pasan los días y uno piensa que estos hombres, los médicos, ¡qué grandes son! Mira, Paco Esteban, con lo de la garganta, y Paco Trujillo, que es como un hermano, con lo del cuello, es que son para sacarles a hombros.

-¿Ha tenido que cambiar muchos hábitos?

-Sí. Me cuido bastante más en las comidas. Todas las mañanas, mi paseo de una horita y pico, una sauna cada tres días para hidratar. Todos los días almuerzo y ceno en casa y la partidita de dominó.

-Curro, después de un trago así, ¿se valoran las cosas sencillas de otra manera?

-Sí. Uno lo ve todo de otra manera y te lo quieres comer todo con la vista.

-¿Ha perdido su buen carácter en algún momento?

-Se entristece uno mucho. Te falta salud, la respiración. Te pones triste y la tristeza es muy mala. La tristeza es muy mala, pero si es por dolor y por enfermedades, se ve todo más negro.

-¿Qué diferencia hay con las cornadas que sufrió en el ruedo?

-En una cornada en el ruedo, a los dos o tres días queremos torear. En cambio, estos percances para los que nadie está mentalizado, te dejan K.O.

-Supongo que este Domingo de Resurrección lo paladea de otra manera.

-Claro (sonríe). Vivir otro Domingo de Resurrección más y con salud es una maravilla. Este Domingo de Resurrección es todavía más especial para mí. Y tanto.

-¿Ha dibujado alguna verónica para crecerse?

-No. Eso sí, durante este período me ha ayudado mucho torear con la mente. Claro, me acuerdo de lo que ha sido mi vida en tantos y tantos Domingos de Resurrección toreando en Sevilla. Recuerdo cositas del toreo, que es tan bonito y tan grande.

-Pues pongamos la mente en marcha. Torea este Domingo de Resurrección en su plaza, la Maestranza. ¿Dónde se vestiría?

-Aquí, en casa.

-El vestido de torear.

-(Se le ilumina la mirada) De estreno, como siempre, y un azul. Un azul precioso, como el de ese vestido que he donado a la Hermandad de la Carretería. Me han dicho que es tan bonito que lo mismo no hacen una saya para la Virgen y lo dejan enterito, como un recuerdo especial. ¡Qué bonito!

-Bien, ya se ha vestido y encabeza el cartel. ¿Quiénes serían sus compañeros y la ganadería?

-Paula, por supuesto. Y Pepe Luis Vázquez y Julio Aparicio, hijos, con toros de Núñez del Cuvillo.

-Si nos remontamos a su primera época, ¿qué cartel haría?

-Antonio Ordóñez, Manolo González y Pepe Luis Vázquez.

-¿Y como ganadería?

-Pues nos apuntaríamos seguramente a Urquijo.

-Curro, ¿qué supone la desaparición de Juan Pedro Domecq?

-Ha sido un gran hombre y ganadero. En mi última etapa conseguí triunfos importantes con sus toros. Entre otros, en la Feria de Abril del 99 en una faena en la Maestranza, con este traje verde, que me trae muy buenos recuerdos.

-Tras una década fuera de los ruedos, ¿qué es lo que más echa de menos?

-Solamente el torear. Esas sensaciones en las que uno se vaciaba. Lo que tenía dentro lo echaba toreando. Claro, cuando llegaba. Porque eso todos los días no era posible. Eso tiene que venir así, de cuando en cuando.

-Y ahora, ¿cómo llena ese hueco?

-Escucho flameco. Menos, porque han cambiado los tiempos. Los flamencos amigos, como Camarón y Caracol, han desaparecido. Hay gente nueva que canta muy bien. Pero para mí todo va degenerando, desgraciadamente, como le pasa al toreo.

-¿Crisis en el toreo actual?

-Será por el toro de hoy. La mayoría de los toros tienen muy poca movilidad y al no moverse no hay exposición. No se pueden ligar ocho o diez pases; o cinco o seis. Eso cansa mucho al público. Las criaturas tienen todo el mérito del mundo. No se cansan de estar ahí. Pero si no pasa nada, si no hay emoción... el público se aburre. A mí escuchar a los flamencos en un disco lo encuentro frío. Si los escuchas en vivo, el cuerpo se te pone como muy extraño. Tienes muchas sensaciones: calor, risa, pena, alegría. En el toreo pasa lo mismo. Eso se va perdiendo. No sé por qué. La pureza cuesta mucho trabajo. En el toreo y en el flamenco, el artista tiene que ir pasito a paso y hoy parece que lo quieren conseguir todo de prisa. Hay que evitar lo comercial y buscar la pureza. Si no hay verdad, el arte no dice nada.

-En su adiós fue determinante una voltereta espeluznante que sufrió Morante...

-A mí, aquel día me iluminó Dios. Iba a cumplir 67 años y es una locura. Los reflejos no son los mismos y sabía que si me cogía un toro me podía desbaratar. Era una locura. Un toro de cuatro o cinco años y esa fuerza increíble. Y yo con 67 años. Eso sí, que yo llevaba muy bien esa locura (Vuelve a sonreír).

-¿Qué destacaría de su aportación al toreo?

-Mi verdad. No engañar nunca a nadie. Con el tiempo el público lo ha reconocido. Que cuando yo veía un toro al que podía hacerle las cosas venía la entrega. Y cuando no, yo tiraba por la calle del medio o era breve. Para qué voy a hacer como el que hace y no sentir nada. Yo creo que para eso también hay que tener un carácter, una personalidad. No tener miedo a nada. Nada más que miedo al toro. Pueden darte una bronca, tirarte cosas. Porque un toro te puede quitar la vida y si no voy a estar centrado con él, lo más fácil es que me coja. Siempre pensé que si me tenía que coger un toro, que fuera el bueno.

-¿Y se arrepiente de algo de lo que hizo?

-No. Como torero, si volviera a nacer volvería a ser el mismo. La prueba está en que me fue bien. No me echaron nunca; ni los públicos, ni ningún torero. Aquí no te retiras, te echan. Vienen toreros diciendo cosas más frescas, no sé, buenas. Pero no pasaba eso. Y yo seguía con la ilusión. Y la afición, con la ilusión de verme.

Curro hace un silencio largo y dice: "Tengo la boca seca". Ofrece unos caramelos. Y fija su mirada en el tronco de un viejo árbol cercano, que parece entender como nadie de sus silencios. El tenebroso invierno levantó su odiosa tiniebla. Es tiempo de resurrección.

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