Enrique Ponce se inventa un triunfo de Puerta Grande en Santander

FERIA de santander Ganadería: Toros de Núñez del Cuvillo, muy mal presentados. El sexto, el mejor, tuvo mucha clase y larguísimo recorrido; el primero, repetidor sin ir hasta el final; segundo, débil; un mulo el tercero; el cuarto fue brutote, sin clase; el quinto, noble, se apagó pronto. TOREROS: Enrique Ponce, oreja tras aviso y oreja tras aviso. Sebastián Castella, ovación y oreja. José María Manzanares, silencio tras aviso y silencio tras dos avisos. INCIDENCIAS: Plaza de Santander. Casi lleno.

Enrique Ponce fue el triunfador de la tarde en Santander, gracias a una actuación magistral en la que se impuso a un lote de pocas opciones para inventarse dos faenas, que, a la postre, le permitieron salir por la Puerta Grande.

El primero tuvo déficit de cuello y de pitones: cornicortísimo, y con la carita lavada, además, en su estrechara de sienes. El quite de Ponce, dos verónicas y larga, marcó lo que iba a ocurrir: todo había de ser muy medido, que no andaba sobrado de energías ni de profundidad en el viaje. Parecía ser ese toro prototípico para Ponce: el toro medio. Y en la segunda serie diestra, empezó la Fiesta, rompiendo la viga del animal en dos redondos curvilíneos rematados en la cadera, mientras la cintura del diestro acompañaba con su proverbial gracia. El burel empezó a protestar en la siguiente ronda, pero el temple fue el presupuesto que permitió el toreo ligado, que brotó de nuevo. Al natural, hubo tres de tronío. Luego, uno de esos cambios de mano eternos. Y más naturales, con explosión en el final ligando dos con un molinete y uno de pecho al ralentí. Aunque el animal iba a menos, la faena fue a más.

El cuarto no tuvo alma. Andarín, sin celo, desprovisto de clase, se venía a empellones, dando tarascadas. Tan tosco era, que hasta a Ponce le tropezó la muleta en alguna ocasión, porque la única forma de intentar el milagro era a media altura, y por ahí soltaba mucho la cara. Enrique quería la puerta grande de una plaza que siempre le trató con dureza, y de ahí que se extendiera y terminara inventándose una faena que se antojaba imposible.

La seriedad del encierro no mejoró con el segundo, gacho, aunque con rizos en la frente. La suerte de varas fue un trámite, y no es que Castella quisiera dejárselo crudo. Perdía las manos continuamente. Castella muleteó en línea recta, dándole mucho sitio. Fue capaz de llevarle cosido a los flecos en labor técnicamente importante pero de importancia relativa dada la poca entidad de su antagonista.

El quinto fue el más claro y franco y Castella atacó desde el inicio con sus clásicos pendulazos. Luego, dos series en redondo inmaculadas, ligadas y aterciopeladas. Cercanías, carrusel desde los costillares, circular, desplante y el público feliz. Oreja para él.

El tercero daba antes con el morro que con los pitoncitos que gastaba. Aplomado de salida, feble, hasta que empezó a dar oleadas de manso hacia la acorazada de picar. Caos en el ruedo. Ante semejante buey de carreta, el matador alicantino compuso una faena en la que hubo más cites que muletazos.

Primorosa fue la lidia del sexto, que tuvo mucho clase y ese tranco de más, aunque con la fuerza justa. Inició Manzanares tanteando en dos diestras cortas. Cuando se decidió a atacar por la misma mano, el toro respondió y permitió la explosión estética. Bajó la cosa con la zurda. De vuelta al pitón derecho, extraordinario para el torero, la faena volvió a cobrar jerarquía plástica, incluso cuando lo aliviaba por arriba. Con dos orejas en la mano, se lió a pinchar.

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