Intimidades de una tarde de toreo

ESCRIBÍ en este periódico hace ya muchos años una crónica del festival almonteño en el que Juli llevó muchísima gente al tendido. Decía en ella que no eran horas decentes para un periodista escribir de toros. Ayer, el tiempo volvió a atrapar esta crónica entre las tres horas largas de paciencia sentado en el tendido de la portátil, a reventar, aunque esta vez no estaba Juli.

Caben muchas cosas en esta crónica de urgencia que no quiero dejar pasar de noticiar, no solo por enumerar la casquería que los actuantes pasearon ufanos por el ruedo, sino por cuanto encierran de intensidad un festejo en el que cabe la reseña de castigo de manso a uno que fue bravo después en la muleta. Rehiletes negros para un bicho imposible de picar que después se llegó bravo hasta la muleta de un Fino, inspirado y confiado, que sacó lo mejor de la condición del segundo de una tarde en la que Andrés Romero dejó sensaciones preciosas frente a un bravo de Pereda, noble y con raza para ayudar en el deleite de un rejoneador al que le vuelve a funcionar Guajiro y le vuelve la sonrisa a la cara. Tarde de quinario para un chaval que arrastra más gente que maneras demuestra ante el novillo. Dos avisos amargos para aprender que esto no es un juego y que exige oficio cuando sale un novillo tan bravo como ese quinto. Entrega sin límites en la muleta de este Cano que debe tener la oportunidad de aprender, y bien, para disfrutar del toreo.

Tarde de toreo de Rivera que estuvo templado y tapando hasta con cierto brillo las carencias de un animal que veía demasiadas ventanas por donde escaparse. Bien lo sujetó el torero para las delicias del tendido que le llenó de trofeos, de romero, de flores y de besos. Este Paquirri, levantando pasiones, pero torero de oficio también ayer.

La tarde del poderío de Fandi en las banderillas cuajando en clamor los cuatro pares de rehiletes verdirrojos, que en sus manos parece facilidad. Recursos para templar la arrancada con la mano en medio del ruedo y después embarcar en la muleta la seriedad de un novillo exigente y derrumbado más por falta de recursos que de casta.

Crónica de urgencia para dejar atrás el fallo de rejones en el primero y rematar el regalo generoso de José Luis Pereda para que Romero se desquitase de ese amargor que deja una bellísima faena no rematada con la espada. Rejones y rosas para alimentar esperanzas de que esto vuela otra vez al compás de los sueños. Crónica, para no dejar de contarles que a pesar del polvo, de la hora, de la urgencia y otras zarandajas, la Fiesta sigue viva y lo demuestra ese impresionante lleno de ayer en Almonte.

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