El general Julián López conquista la Maestranza

  • El Juli abre la Puerta del Príncipe, por segunda vez en su carrera, tras una actuación pletórica de capacidad lidiadora · Enrique Ponce y Cayetano decepcionaron en sus respectivas actuaciones

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GANADERÍA: Corrida de Garcigrande, muy desigual en presentación y comportamiento. Fueron ovacionados, injustamente, tercero y quinto. TOREROS: Enrique Ponce, de azul y oro. Pinchazo, metisaca en el sótano y casi entera (silencio tras aviso). En el cuarto, pinchazo, pinchazo hondo y descabello (silencio). Julián López 'El Juli', de grana y oro. Estocada trasera (dos orejas). En el quinto, pinchazo en lo alto y estocada desprendida (oreja). Cayetano, de azul y oro. Entera caída (silencio). En el sexto, dos pinchazos y fea estocada (silencio). Incidencias: Real Maestranza. Jueves 28 de abril de 2011. Lleno en tarde muy nubosa. En cuadrillas saludó Luis García 'Niño de Leganés' tras banderillear al quinto.

Da igual que sea un mastodonte que una mona. Un toro con problemas o uno dulce. Que la plaza sea del Norte o la mismísima Maestranza, El Juli, que atraviesa el mejor momento de su carrera, despliega un poder y un dominio de lidiador pletórico que apabulla. Ayer, el que nombré el pasado domingo Don Julián se erigió en general en jefe de la torería actual. Y apabulló no sólo a sus toros, si no también a sus compañeros ante el asombro del público que llenaba y rugía en la plaza de Sevilla. Cuando el general llegaba con las dos orejas cortadas a su primer toro, otro general, Ponce -ahora en la reserva- le miró con semblante de admiración. Entretanto, Cayetano a poco se le cuadra cuando entraba por la bocana del burladero.

El general López dio, en primer lugar como enemigo, con un manso. A Cayetano se le ocurrió dibujar un quite a la verónica con planta elegante, pero con lances muy despegados. Y el general se enfadó tanto que volvió tras sus pasos y sin pedir permiso, que para eso era su toro, clavó los pies en la arena y toreó a la verónica de manera ceñida y maciza. Brindó su faena al ganadero Juan Pedro Domecq Morenés (Toros de Parladé), hijo del inolvidable Juan Pedro, desaparecido recientemente. Y Julián López hizo honor al brindis con una faena rotunda. Plantó su tienda de campaña en los medios, donde pesan los toros. Con la derecha, sin titubear, tanda de mano baja. En la segunda serie ya atacó a su enemigo sin contemplación alguna y ligó con facilidad suprema. El toro no quería batalla. Pero, ya puestos, el general volvió a desplegar su poder en otra tanda con mando. Con la izquierda dominó con muletazos de mano baja, recogiendo al toro, que se quería marchar. Para ello, empleaba recursos adecuados en cada momento, como molinetes, cambios de mano, un fallero o trincherillas. Nada de fuegos artificiales. Aquellos adornos y pases eran pólvora, pero en función de la lidia. Con la diestra, ya al final, los muletazos fueron una delicia, con el toro totalmente sometido y ese pase de pecho interminable, como su poder. La estocada fue contundente, aunque trasera, por lo que el toro tardó en caer. En cualquier caso, el público rugió y pidió mayoritariamente los trofeos, que concedió la presidenta.

Al manejable quinto, el madrileño lo cuidó en varas. El toro llegó con el brío suficiente para otra faena mandona, en la que volvió a elegir los medios para una batalla decisiva -se jugaba la Puerta del Príncipe-, que resultó menos intensa. Aquí demostró su gran valor y una capacidad táctica notoria. Esperando al toro en la media distancia, consiguió un par de series de gran calado con la diestra. Fue una faena precisa. Mató de pinchazo en lo alto y estocada desprendida y el público, que ya se había enganchado al estandarte del general López, que es una tela encarnada que a veces es auténtico látigo y otras imán, pidió mayoritariamente un trofeo. Lo paseó con andares de autoridad y una toalla enrollada, evitando la sangre por un corte que se hizo con la espada al entrar a matar. Una toalla blanca, enrollada en una mano, parecía hablar por sí sola, advirtiendo que este torero no había venido en señal de paz.

Enrique Ponce, que brindó su primera labor al doctor Ramón Vila, anduvo con facilidad ante el terciado y manso que abrió plaza. Con suma facilidad consiguió hilvanar muletazos con la diestra en un par de tandas a un toro que embestía a media altura, sin entrega alguna. La faena no llegó a romper. Con el cuarto astado, al que le zurraron de lo lindo en varas, el diestro valenciano no llegó a acoplarse en un trasteo largo y anodino.

Cayetano, con el flojísimo tercero, aplomadote en la muleta, elaboró una faena en la que toreó siempre muy despegado. Con el que cerró plaza, un toro feote, tiró muchas líneas, pero faltó mando.

Cuando las nubes se presentaban amenazadoras, el general en jefe Julián López El Juli resplandecía con su traje de grana y oro, el color del valor en los toreros. El general era izado en hombros y así atravesaba sonriente bajo la Puerta del Príncipe. Había conquistado, nuevamente y por segunda vez en su carrera, la Maestranza.

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