Tan torero, tan gitano

Por la gracia de Dios.

Y por similar predicamento, un servidor pese a ser agnóstico, es, ha sido y será un devoto paulista. Hasta las mismísimas cachas. Sin remisión.

Y aquí estamos acompañando por sus cincuenta años de alternativa, a este torero excepcional, arrebatador y gitano universal, que ha sido y permanece en nuestro sentir de aficionados: Rafael Soto Moreno Peña Monje Rafael de Paula. Calificado por aquel jurispoeta (abogado y poeta) que fue Benito Pérez Barbadillo como el Arcángel Rafael: compositor e intérprete de esa "música callada del toreo" definida por mi admirado José Bergamin, regio poseedor de aquella esencia de la generación del 27.

Un servidor ha sido, es y será un apasionado del toreo, de su grandeza. Y entiendo por pasión: la búsqueda del bien más escurridizo. Porque en el toreo como en tantas facetas de la vida; el riesgo es el eje de la vida sublime.

En mi ya dilatada vida de aficionado tengo dos rutilantes tardes grabadas en lo más hondo de mi memoria.

Aquella tarde del 14 de Agosto de 1957 en el coso del Chofre de San Sebastián: aquel faenón, aquel cataclismo de torería del rondeño Antonio Ordoñez Araujo a un toro de Carlos Núñez, cuya muerte brindo a la princesa Soraya "la Princesa de los ojos tristes", entonces recién repudiada por el Sha de Persia. Aquella tarde, un servidor, supo que iba a ser aficionado por y para siempre. Aquel día me identifique con aquel devorador de pasiones que fue Ernest Hemingway.

Sucedió en los años 20. Por entonces Hemingway residía en Paris rodeado de sus amigos de correrías y de fatigas: Jean Paul Sartre, Scott Fitzgerald, etc …

Y un día por vez primera se vino a nuestro país a pescar la trucha en ese rio navarro que ya por entonces tenía ganada fama: en el rio Irati y coincidiendo con los Sanfermines pudo presenciar por vez primera una corrida de toros.

Aquella tarde hizo el paseíllo Cayetano Ordoñez "Niño de la Palma", del que en aquellos años se decía: cuando torea Cayetano, vuelan las golondrinas alrededor de su alma. Al dia siguiente con el ánimo cautivado y la emoción contenida escribió una carta a su amigo Scott Fitzgerald, en la que decía:

Amigo Scott: ya voy sabiendo de lo que es la eternidad. La eternidad es una plaza de toros bien grande en la que me han reservado a perpetuidad dos buenas localidades.

Aquella tarde embrujada tarde de 1972 en Jerez. Aquellos asombrosos ocho lances a la verónica…

… Feria de Málaga 1979 aquel faenón de muleta a un toro de Martínez Benavides definida así por mi idolatrado torero y fiel amigo Antonio Ordoñez, en aquel entonces en trance de reaparecer: Yo tengo que torear más despacio que el Paula, aunque sea una vaca suiza.

Y al paso del tiempo Rafael de Paula se mantiene vivo ahí arriba encaramado en lo alto del atrÍl más luminoso de la memoria de los aficionados cabales. Porque el toreo como todo arte, tiene el privilegio de estar reñido con la estadística.

Lo dijo aquel británico, profundo pensador y escritor de sorprendente originalidad y humor audaz llamado Gilbert Keith Chesterton: Hay dos formas de mentir: no decir la verdad y hacer estadísticas.

En estos últimos tiempos en que esas rencorosas voces se han alzado con renovado estrépito en contra de la fiesta de toros, cebándose en la farfolla que como todo espectáculo la tiene, han confundido como casi siempre, la cultura con la cultivada utilidad y la civilización con la progresía.

Solamente una transmutación de civilizaciones como la ibérica, ha podido originar el arte del toreo: luminoso, alegre, enigmático, salvajemente bello y cruelmente verdadero.

El capote de Paula, como membrana que ora separa, ora une, ora sobrepone la imaginación con la realidad; como preguntándonos si es posible estar dentro de alguna parte sin quedarse fuera de la otra o al revés y como póstumo pedestal aquel fogonazo de bronce y sueño de su media verónica.

Todo ello con la espontaneidad y e sentido tribal (de tribu) del cante jondo con timbre gitano de alamares negros de su prima La Paquera de Jerez.

Hoy torea Rafael

Y el barrio de Santiago

está rezando por él.

Media Verónica pura

capote de mariposa

ceñio por la cintura

como si fuera una rosa.

¡Toro bravo¡, toro bravo del Marqué

Paque Paula lo toree en la feria de Jeré

Lo dijo el gran poeta Luis Cernuda: La hermosura dura un instante y pasa.

De Juan Belmonte el Pasmo de Triana dicen que acuñó la sentencia: se torea como se es.

Lo que si he escuchado varias veces decir a Rafael de Paula: Para ser torero, primero hay que parecerlo. ¡Verdad, verdad!

…Y el tiempo pasaba y como en toda vida humana con sus avatares, a veces como perdido entre babias y batuecas. Misterioso, parco en palabras; tan imprevisible como desconcertante, entre luces y sombras.

Lo canta con desgarro otro gitano: El Torta: "cuidaito con el queré. Que se pasa musha fatiga". "Me porté como quien soy, como un gitano legitimo".

Ambos gitanos compartiendo la esencia de aquel pensamiento de otro gitano sabio, nacido a orillas del Ganges que escribía en bengalí y en inglés y que en 1903 se le concedió el premio Nobel de literatura: "Si cierras la puerta a los errores ó no entras en la verdad ó dejas fuera la verdad": Rabindranath Tagore.

…Y si digo recordando; cuando al conocerte me sorprendió que no llevaras reloj y oír de ti: "No necesito ningún reló, yo tengo mi propio ritmo, mi compá". Lo rezaban así los existencialistas: Kierkegaard, Sartre, etc… "El hombre no es más que su existencia".

Bueno Rafael, ahí te dejo con el eco de aquellos versos de aquel pedazo de ganadero y de persona que fue Juan Pedro Domeq y Diez que apuntalaron para siempre aquellos ocho lances a la verónica que tu dibujaste una embrujada tarde de Julio 1972 en Jerez.

Gitano de bronce y verde

con los alamares negros

cincelador de unos lances

que ahí quedan para el recuerdo.

Tan finos, tan magistrales,

tan rítmicos, tan serenos,

tan plásticos, tan sublimes,

tan primorosos, tan bellos,

tan inspirados de gracia,

tan despaciosos, tan lentos.

¡Quién podrá olvidarlos nunca

si alcanzó el premio de verlos!

Ni hay pintores que los pinten

ni los cantan los cancioneros;

pellizcos de Manuel Torres

en seguidillas de ensueño

fueron tus lances de seda.

Rafael de Paula ¡torero!

gitano de bronce y verde

con los alamares negros.

Y como dijo aquel sabio francés: Marcel Proust: "El arte es el verdadero juicio final" y remató Bergamin: "Solo creo en un milagro: Se llama Rafael de Paula".

¡Amén!

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