Toros

La tragedia de un príncipe del toreo

  • Un toro de Marcos Núñez le mató cuando tan sólo contaba 21 años, tras un inicio de carrera meteórico · Había tomado la alternativa en 1981 y entre sus triunfos había atravesado la Puerta Grande de Las Ventas

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Nunca una tarde en la serrana Colmenar fue tan tétrica como aquella del 30 de agosto de 1985. La Corredera se convirtió en una boca hambrienta de tragedia. Burlero, de Marcos Núñez, le atravesó el corazón a José Cubero Yiyo. Sustituía a Curro Romero y alternó con Antonio Chenel Antoñete y José Luis Palomar. El destino me puso allí, en un burladero del callejón, desde donde trabajaba para la radio. Conseguí entrar en la enfermería. Y allí viví los momentos más amargos de mi profesión. Su padre lloraba desconsoladamente. Su hermano, Juan, banderillero de su cuadrilla, se rompía las manos, los brazos... golpeándose contra la pared de manera enloquecida.

El médico les había enseñado ese corazón de héroe joven, abierto en dos como un libro. Un libro que nos mostraba que la carrera de un príncipe del toreo de tan sólo 21 años se cerraba para siempre y aquel príncipe de rasgos aniñados y sonrisa infantil ya no podría soñar con reinar en la tauromaquia. Porque príncipe fue. Sí, junto a sus compañeros de la Escuela de Madrid, Lucio Sandín y Julián Maestro, recorrió España y Francia. En los carteles los anunciaban como Los príncipes del toreo. Sin embargo, en esos bajonazos con que la Providencia despacha a la mayoría de toreros, ninguno pudo reinar. Lucio pagó el tributo de perder un ojo por una cornada en la Maestranza. Y Maestro pudo continuar en el toreo, pero ya como banderillero. José Cubero había balbuceado sus primeras letras taurinas en El Batán, siguiendo los pasos de sus hermanos Juan -hoy en día veedor, tras ejercer como apoderado y hasta forjador de toreros en México- y Miguel -ahora banderillero de José Tomás-.

La carrera de Yiyo -nacido en Burdeos el 16 de abril de 1961, como hijo de emigrantes españoles en Francia- fue meteórica. En 1980 debutó como novillero con picadores, ganó el Zapato de Oro de Arnedo, y se alzó como líder de su escalafón. Al año siguiente abrió la Puerta Grande de Las Ventas en San Isidro, lo que le sirvió como pasaporte para tomar la alternativa el 30 de junio en Burgos, de manos de Ángel Teruel, con Manzanares de testigo. Sin apenas oportunidades, confirmó el 27 de mayo del 82, de manos de Manzanares. Su temporada 1983 estuvo marcada por las sustituciones que le sirvieron para abrirse camino hasta aquella tarde del 1 de junio en Las Ventas, donde reemplazaba a Espartaco. Yiyo se lució ante un alonsomoreno, al que cortó una oreja, y se impuso a un manso y violento toro de Bernardino Giménez, del que le concedieron otra, abriendo la Puerta Grande.

Al año siguiente se consolidó. Fue entonces cuando en su camino vivió la muerte de Paquirri, corneado en Pozoblanco por Avispado, al que tuvo que matar y desorejó. Alternaron con El Soro, único espada que queda vivo de aquel cartel maldito. En 1985, ya vislumbrando la cima, sumaba 42 corridas cuando aquel 30 de agosto sustituyó a Curro Romero. Si las sustituciones del 83 le lanzaron, la de Colmenar frenó a un torero que, pese a su juventud, ya tenía peso como lidiador. Si nos adentramos en muchas de esas actuaciones apuntadas y en otras más, nos encontraremos con muchas de las virtudes de El Yiyo.

Hoy, 25 años después, no puedo escribir mas que a golpe de corazón. Dejo a un lado apuntes de una biografía que crecía en éxitos como la espuma porque este no es el lugar para el análisis ni para la estadística. Aquí quiero recordar a un torero que creció en el humilde barrio de Canillejas, del distrito de San Blas. Un joven que iba camino de convertirse en una figura de época y que ya era reconocido como torero de Madrid. Y en estas imágenes desperdigadas que me asaltan en estos momentos confieso que algunas noches también he sufrido los minutos eternos de lo que debió haber quedado en una pesadilla personal. No fue así. Y para tranquilizarme, recuerdo a José en el diario Pueblo, cuando despegaba como torero. Y me vienen a la memoria unas declaraciones que hoy tienen un valor incalculable, en las que afirmaba que estaba en contra del afeitado y de cualquier menoscabo al toro. Con aquellas palabras parecía recoger el testigo de otro torero predilecto de la afición madrileña, Antonio Bienvenida, que realizó con anterioridad una campaña en ese sentido y que también sufrió un percance mortal -en su caso, en el campo-. De nuevo, como en las sustituciones, el destino juega sus bazas de manera inexorable. Porque al cabo, dos toreros paladines de la pureza aumentaron la sangrienta y noble lista de víctimas de este arte.

Cuando llega el aniversario de El Yiyo -¡en esta ocasión nada más y nada menos que se cumple un cuarto de siglo!- no me importan sus cifras, sus festejos; ni siquiera sus trofeos. Cuando llega esta fecha, más dura que el granito colmenareño, me palpita el corazón con impotencia y se me agolpan fundamentalmente sus faenas, su casta, su valor, su dotes lidiadoras...

Hasta que de pronto todo queda en una sonrisa, una sonrisa dulce de un chaval de 21 años que dio la vida por la Fiesta. Hoy, un cuarto de siglo después, presiento que esa sonrisa pura acompañará a sus compañeros en Colmenar y desde allá arriba, y con su sonrisa, evitará lo que la Providencia debió excusar en aquella tarde: el viaje a la eternidad y a destiempo de un torero de verdad.

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