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Un beato en El Perchel

  • Tiburcio Arnaiz, que subirá a los altares el 20 de octubre, dedicó su labor pastoral a procurar la enseñanza de los menores que vivían en los corralones

Retrato del jesuita Tiburcio Arnaiz que sirvió como modelo para su retrato oficial, presente en la sede de la Compañía de Jesús. Retrato del jesuita Tiburcio Arnaiz que sirvió como modelo para su retrato oficial, presente en la sede de la Compañía de Jesús.

Retrato del jesuita Tiburcio Arnaiz que sirvió como modelo para su retrato oficial, presente en la sede de la Compañía de Jesús.

En el extirpado corazón del barrio de El Perchel, frente a unas obras del Metro que se detuvieron sin horizonte para continuar las arterias suburbanas, resiste desde el año 2005 la figura del jesuita Tiburcio Arnaiz. Con la colocación de la estatua en este enclave, muchos malagueños se preguntaron quién era aquel sacerdote revestido con sotana negra, bonete español de cuatro picos y brazos extendidos, fallecido en 1926 y ubicado en un entorno moderno donde, circunstancias de la vida, había ejercido la caridad con los más necesitados.

El padre Arnaiz, vallisoletano nacido el 11 de agosto de 1865 en el número 23 de la calle Panaderos, dedicó su tiempo a estar entre los más necesitados durante sus años de estancia en Málaga. Su infancia humilde en una familia de tejedores y la temprana muerte de su padre le hicieron trabajar como sacristán para colaborar con la estrecha economía de casa mientras, desde los 13 años, asistía al seminario. En abril de 1890 fue ordenado sacerdote y ejerció como párroco en Valladolid y Ávila.

A los 37 años, y con el siglo XX recién iniciado, se trasladó a Granada para entrar en el noviciado de la Compañía de Jesús. Tras pasar por Murcia, Canarias y Cádiz recaló en Málaga, donde pronunció los últimos votos un 15 de agosto de 1912 en la capilla del colegio San Estanislao de Kotska. Desde su llegada, dedicó su tiempo a los más necesitados. En calle Cañaveral impulsó la creación de una casa de acogida para señoras con pocos recursos, con más de 30 viviendas. En los corralones de El Perchel encontró uno de sus mayores retos: frente a las hostilidades contra la religión que en la zona se frecuentaba en aquellos años, decidió abrir una de las dependencias de estos espacios para convertirla en aula de enseñanza.

Esas casi 20 escuelas, llamadas "miga", sirvieron como punto de partida para la educación de muchos menores de los corralones. Con ese espíritu, y tras dar los primeros pasos, dejaba en manos de alguna mujer piadosa para constituir la labor que terminó denominándose la Obra de las Doctrinas Rurales. Junto a ese avance en educación, el padre Arnaiz asistía a los enfermos en hospitales y sus domicilios, así como a los presos en las cárceles. Promovió la apertura de la Librería Católica de Málaga y, con su labor, consiguió hacerse un hueco entre los malagueños de aquella época, quienes lo consideraban ya un "santo hombre".

En julio de 1926, durante una misión en la localidad gaditana de Algodonales, Tiburcio Arnaiz se encontró indispuesto y el diagnóstico médico señaló a una bronquitis y una pleuritis como causas de su mal estado de salud. El jesuita fue trasladado a Málaga dada su delicada salud y, ante la movilización de la ciudad, el parte médico hubo de ser expuesto a diario. Poco antes de fallecer el día 16 del mismo mes exclamó "¡Qué hermosísimo es el Corazón de Jesús!… ya le veré pronto… ¡y me hartaré! ¡Qué bueno es! ¡Cuánto nos quiere!… Y la Virgen, ¡vaya si es amable y me quiere!". Su cuerpo quedó expuesto en la iglesia de San Ignacio, en calle Compañía, durante tres días y, antes de ser enterrado, fue procesionado por Málaga. A su fallecimiento, el entonces obispo Manuel González, hoy santo, declaró que el sacerdote era "un loco de Jesús".

A los 92 años de su muerte, y tras certificar el papa Francisco el milagro por su intercesión necesario para llegar a ser beato, Tiburcio Arnaiz alcanzará los altares el próximo 20 de octubre en un acto que se celebrará en Málaga, la ciudad donde reposan sus restos. Ante su efigie en El Perchel y su tumba nunca faltan flores ni velas y, en unos meses, también se encontrarán en los recuerdos de su labor apostólica en el interior de los templos.

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