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Un año de Gobierno del Cambio... ¿qué cambio?

El Ejecutivo de Juanma Moreno ha hecho cosas bien durante este año... y también mal Es evidente que la oposición, PSOE y Adelante, está peor que antes de las elecciones del 2-D

El presidente de la Junta, Juanma Moreno, muestras los destrozos en un colegio al alcalde malagueño, Francisco de la Torre. El presidente de la Junta, Juanma Moreno, muestras los destrozos en un colegio al alcalde malagueño, Francisco de la Torre.

El presidente de la Junta, Juanma Moreno, muestras los destrozos en un colegio al alcalde malagueño, Francisco de la Torre. / Álvaro Cabrera / Efe

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"¿Estamos mejor que hace un año?". Los dirigentes del PP han acertado a escoger la pregunta adecuada. Y a menudo hacer la pregunta adecuada es la clave de bóveda para una buena estrategia persuasiva. El Gobierno andaluz no puede presumir de balance rutilante, aunque voceen sus mejores indicadores, pero la respuesta a esa pregunta probablemente sea "sí" para más gente de la que un año atrás votó el cambio.

Claro que han hecho cosas bien: empezar a racionalizar una Administración fuera de control; bajar algunos impuestos en una comunidad con asfixiante presión fiscal; levantar alfombras con asuntos sucios enterrados; enviar señales de confianza; apostar por una radiotelevisión pública más plural para indignación de la extrema derecha pero también de la izquierda... Por supuesto, también han hecho cosas mal más allá de desmentir sus propias promesas electorales como la BMI (Bajada Masiva de Impuestos que de momento es Bajada Mínima de Impuestos) o los 600.000 empleos: de las medidas cacareadas del programa de regeneración se sabe poco, y fallaron estrepitosamente en su primera crisis, la listeriosis. Con el pin parental, el PP se ha dejado arrastrar por Vox para acabar admitiendo que carece de fundamento, como ya sucedió con los menas que la extrema derecha estigmatizó en su negociación presupuestaria. Y el pin ha roto la armonía con Ciudadanos.

Elías Bendodo, desde el puente de mando, ha hablado de 80% gestión y un 20% para denunciar a sus antecesores. Dedicar un 20% a eso parece demasiado; pero quizá sea a ese 20% al que deben sobre todo su inercia favorable. De ahí que no claudiquen en desgastar concienzudamente al PSOE, que no dejaba de ser el partido hegemónico también el 2-D y ha dado señales de vitalidad en las elecciones generales de 2019. Claro que el mayor golpe para el PSOE ha sido la sentencia de los ERE, pólvora en manos de la maquinaria de propaganda gubernamental. También se ha reinaugurado la política de confrontación como sucede desde hace dos décadas con un partido distinto en La Moncloa. En ese punto, poco nuevo bajo el sol.

Siempre hay luces y sombras, pero se diría que realmente su mejor enfoque es aquello de "¿Estamos mejor que hace un año?". No obstante, aunque los datos económicos mejoran, no hay medidas concretas del Gobierno que justifique que se atribuyan el éxito, como ha expuesto certeramente Francisco Ferraro. Alguno sí. Pero el consejero Velasco racionaliza la hoja de ruta: "Un Gobierno que será conocido, no por grandes obras faraónicas, sino por implementar cambios estructurales para hacer de Andalucía una tierra mejor y más próspera". Por lo pronto un año ha sido suficiente para disipar el catastrofismo de los augurios.

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Si la oposición se hiciera la misma pregunta –"¿estamos mejor que un año atrás?”–, la respuesta sería diferente. Aunque se afanen en evaluar al Gobierno sosteniendo que "Andalucía está peor que hace un año”, de momento es evidente que la oposición está peor que un año atrás, tanto PSOE como Adelante Andalucía. El largo llamamiento a la unidad de Susana Díaz delata que la unidad está herida. En la coalición de Teresa Rodríguez con IU también se abren grietas. La Vanguardia, en el aniversario, titulaba "Moreno Bonilla, sin rival un año después”. Ahí debería doler a la izquierda, de no estar ensimismada en sus cuitas orgánicas.

El susanismo se aferra al calendario: si Sánchez lleva el congreso federal a 2021, el cónclave regional podría estirarse incluso a 2022 ya en la recta final de la legislatura, demasiado tarde para pelear un relevo. Y Susana Díaz domina las claves del partido. Con todo, aunque temple el patio interior, su problema está hacia el exterior. Este año demuestra lo demoledor que es el tiempo en la política: han bastado 365 días para que un partido ganador como pocos, con una maquinaria formidable, llegue a parecer una formación con demasiadas debilidades, con las costuras frágiles. Definitivamente, como advertía Andreotti, el poder desgasta pero más desgasta la oposición. Y sobre todo si nunca has estado ahí.

Teresa Rodríguez, a la que tanto le gusta exhibir que está hecha de otra pasta que Susana Díaz, ha sembrado de incertidumbre el futuro: no garantiza que vaya a presentarse a pocas semanas de su cónclave regional. Mientras la ex presidenta va a pelear por no perder el trono en el PSOE, ella se ha abierto la puerta a sí misma. Tal vez sólo sea un gesto de cara a la galería; de momento ha quemado puentes con IU. El dominio de los anticapis en Adelante Andalucía ha supuesto quedar en off side tras el pacto Sánchez-Iglesias. Juego interrumpido.

Más que nunca, no hay izquierda en Andalucía sino izquierdas. Con Adelante Andalucía es impensable que haya una reconciliación como ha sucedido en España entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, dos líderes con un pasado hostil. Ese rol es impensable con Teresa Rodríguez; claro que ahora está por ver que Teresa Rodríguez, como Susana Díaz, vaya a sobrevivirse a sí misma. Ese es ahora el estado en la izquierda: sobrevivir.

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Hay algo seguro: quien puede exhibir un mejor rendimiento de su primer año es Vox, aunque se lo deba más a Pedro Sánchez que a sus propios méritos. Un año atrás, irrumpió en el Parlamento con 400.000 votos inesperados que cambiaron la historia andaluza y el eje del poder. A pesar de todo, sólo eran la quinta fuerza, aunque determinante por la aritmética parlamentaria. Y han sabido cobrarse el precio con paciencia. Un año después, Ciudadanos se revuelve contra el pack cerrado de las tres derechas, pero en su momento de mayor debilidad; y el PP en cambio, sigue pasando por caja mimándolos como “partido útil”. Ese seguidismo del PP ha provocado que en el capítulo de guerras culturales –pin, feminismo, menas, políticas de igualdad, aborto...– hayan ganado más batallas que ningún otro.

Claro que también las costuras de Vox empieza por la presión del ascenso: su ex portavoz denuncia al partido por acoso laboral; la reprobación del portavoz adjunto del grupo parlamentario por violentar la libertad de expresión o la libertad sindical al destrozar un anuncio del tablón; su referente electoral, el juez Serrano, arrumbado en el grupo como un juguete roto; y Alejandro Hernández sin acabar de fijar su sitio, con momentos ultramontanos y momentos de sosiego racional. Los exabruptos sobreactuados siguen siendo su seña de identidad –"A ustedes lo que les interesa es hablar del sexo anal; eso es lo que les pone", decía esta semana al PSOE–, pero corren el riesgo, y además un riesgo muy real, de no ser vistos como una fuerza pequeña pero sí como una fuerza menor. Incluso esperpéntica.

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