Distopía | Crítica La danza inagotable de Patricia Guerrero

La brillante carrera de la jovencísima bailaora y el Giraldillo conseguido en la pasada edición con su espectáculo Catedral había convertido a Distopía en uno de los estrenos más esperados de esta Bienal. Así, con las localidades agotadas desde hace semanas (y asientos vacíos, como siempre), recibimos esta nueva entrega del binomio granadino formado por Patricia Guerrero y el director de escena Juan Dolores Caballero. Una propuesta de extraño título surgida del envite que el pasado mes de febrero les hiciera el Centro Pompidou de Málaga para ilustrar su exposición actual, Utopías Modernas. Fue para ella para la que crearon este personaje femenino, oprimido por una sociedad tan corrompida que ha logrado convertir toda utopía en su opuesto, aniquilando a cuantos intentan escapar de su alienador engranaje. En esta mujer condicionada y oprimida, muy parecida en realidad a la de Catedral, solo que allí lograba liberarse al final mientras que aquí, en esta sociedad hipnotizada por el sonido de un péndulo, el único escape es la locura, Guerrero parece haber encontrado un motor para su creatividad, para encauzar ese caudal inagotable que es su danza. Porque como sucede sólo a unas pocas, el cuerpo de Patricia es pura danza.

Presente en el escenario durante casi todo el espectáculo, la granadina se entrega como la mejor arcilla a la propuesta teatral de Caballero, mucho más luminosa, más minimalista si cabe -solo un rectángulo blanco en el suelo y otro de fondo, con los músicos en una esquina- que la anterior.

Sin un guión narrativo, basado solamente en las emociones de esta mujer, el espectáculo se divide en cuatro partes. La primera, ‘Utopía’, la más coral, sirve para situar al personaje en un ambiente que recuerda al cine de ficción futurista, poblado por personas robot que se mueven siguiendo el ritmo y la geometría del “Gran Hermano’ que los vigila. En las otras partes se muestra el dominio físico de los hombres, a los que ella pretende emular (‘La fuerza’), la necesidad de amar de toda mujer (‘El amor’) y, ante la imposibilidad de escapar, la ‘Locura’ final. Una siempre arriesgada locura, dada la cantidad de locas que hemos visto en los escenarios desde Shakespeare, y sobre todo, desde la Lucia de Lamermoor y su blanco camisón.

No llega a emocionar el espectáculo, pero en él hay que admirar muchas cosas, como su factura impecable (marca de Caballero), la iluminación de Bonadei o, especialmente, una magnífica banda sonora original creada por el gran Dani de Morón (con la colaboración de Richard Strauss y una cantante lírica) que, en cierta medida, se queda a mitad de camino entre el flamenco tradicional (los tientos y las cantiñas finales) y una partitura contemporánea que llega incluso a afrontar la soleá, dejando momentos brillantísimos de todos los instrumentos, así como de la voz de Sergio El Colorao.

Pero lo más admirable, sin duda, es el baile de Patricia Guerrero. Su cuerpo preciso es una fuente que no para de manar siguiendo un código creado por y para su personaje. Sus pies poderosísimos, típicos del baile de Granada (no olvidemos la estela de Eva Yerbabuena), se convierten en un instrumento más que sigue imparable, a tiempo o a contratiempo, al péndulo que dirige su vida. impresionante el dúo del ‘tic-tac’ con la cantante. Hermosísima también su soleá con la cola de la bata negra colocada delante, que termina en un rectángulo de luz, y su claudicación al dominio (violencia) masculino en la escena del baile de salón con Ángel Fariñas. Bailaora inagotable, poderosa y aún creciendo para llegar a ser ella misma.

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