Farruquito | crítica La madurez de un bailaor único

La Bienal es una de las citas más universales del flamenco, pero no cabe duda de que es una cita especial para sus artistas, los de Sevilla, esos que, cada dos años, hemos ido viendo crecer, experimentar -equivocándose en ocasiones, como hace todo artista- y convertirse en primerísimas figuras de este arte grande grande que es el flamenco. Cita especial la del viernes, con Israel Galván, y la de anoche, inaugurando el escenario del Teatro de la Maestranza, con Farruquito. Con el mejor Farruquito, es decir, con un bailaor único que hizo lo que mejor sabe hacer y que, además, se prodigó con generosidad, sin escatimarle a su público ni un solo aspecto de su arte.

Comenzó a lo grande: bailando por soleá, en la sombra y con sombrero, dejando clara cuál es su estirpe. A partir de ahí, su cuerpo, olvidándose de la velocidad y de los alardes técnicos de la primera juventud, nos ofreció un verdadero recital. Un baile reposado e impetuoso a la vez, balanceándose, caminando por el escenario en semicírculo (marca de la casa), dejando constancia de la fuerza de sus pies y de su capacidad para los contratiempos, pero si olvidar el sabor, con elegancia, recogiéndose con los brazos por arriba y por abajo, metiendo las caderas sin complejos y unos brazos que se mueven volanderos alternando los giros de muñeca con los pitos.

Para alegría de todos bailó mucho anoche Farruquito, pero también fue generoso con los suyos, a los que fue dejando su espacio: a su primo Barullo, que sigue madurando -y pareciéndose cada vez más al abuelo- y que bailó como nunca por seguiriya, centrado y lleno de flamencura; a la joven Gema Moneo, representante de otra buena saga, esta vez jerezana, quien demostró su buen hacer por alegrías con una bonita bata de cola blanca, y a Polito, que derrochó arte en el número que se montó con el cajón.

Farruquito se prodigó con total generosidad, sin escatimarle a su público un solo aspecto de su arte

Las luces no acompañaron, o chirriaban o nos dejaban a oscuras, y los pocos elementos teatrales, salvo la enorme mesa sobre la que luego bailaría el artista, eran innecesarios. Lo mejor fue el baile, pero no sólo su soleá, sus zapateaos o ese taranto solemne que el bailaor arranca desde el cante de Villar para ganar en dos zancadas, caminando hacia atrás, el centro del escenario. Fueron las numerosas pinceladas, sin orden, con que nos fue regalando: un poético paso a dos con Gema Moneo, un espectacular número de bastones, sabrosos diálogos con sus dos cantaoras y con la flauta de Parrilla y algunos guiños a Camarón, a la Saeta de Serrat...

Los invitados, por el contrario, se prodigaron poco. Pitingo, en versión flamenca, un poquito por fandangos, una bulería y para de contar. Jorge Pardo, un bonito detalle con su saxo tenor y del anunciado El Cigala... nunca supimos.

Al final, en lugar de las sevillanas que decía el programa, las proverbiales bulerías dieron una nueva oportunidad a todos, incluyendo al más pequeño de la saga quien, con corbata, sombrero y un indiscutible compás, dejó bien claro que el baile de los Farruco está muy lejos de agotar su caudal de talento.

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