Bienal

Éste es su tiempo

  • Es el tercer espectáculo de esta Bienal que trata sobre los días que nos quedan (Timetable y Tejidos al tiempo, que aborda este tema pese a que su nombre lo indica).

No sé que elogios nuevos escribir de Rocío Molina. El amable lector más fiel, que sin duda lo habrá, conoce que mi fascinación por esta bailaora, a la que descubrí en las eliminatorias (que no pasó, en este caso sí que el jurado falló) del Festival de la Unión de hace ya unos años, sigue intacta con el tiempo. Porque la capacidad de provocar asombro de la intérprete sigue asimismo intacta. Entonces era una joya sin pulir. Hoy ofrece un baile técnico hasta la extenuación del público, sin dejar de emocionar ni lo más mínimo.

Hay ingenuidades que Rocío Molina, como veinteañera que es, maneja con una inteligencia asombrosa. Hay alguna, al nivel escénico, que se le escapa, pese a la colobaración de Picazo. Pero eso no empequeñece su baile, que fue el gran protagonista de la noche, obviamente. Impresionante la guajira en la que el homenaje y la ironía se dan la mano con total naturalidad, como cabe exigir, por otro lado, en un relevo generacional. Digo esto porque Rocío es el baile del presente, porque, inevitablemente, convierte en caducas a algunas de las divas que todavía hoy vemos en la escena y que, no obstante, reconocemos también en el baile de la malagueña. Eso sí, bien asumidas y digeridas, como el resto de influencias que luego devuelve en un baile propio, único. También se inventa un baile por milongas (la noche se escoró hacia América, no me pregunten por qué). El paso a dos con uno de los bailaores fue una delicia: por la sobriedad de la danza, dentro de una complejidad técnica enorme. Por el peso, elegancia y verdad del toque de Rafael Rodríguez. Y la caña contra y a favor de Laura Rozalén: un agón, brazos contra pies, ritmo contra finura, bata contra chaquetilla. El Cabeza contra Paco Cruzado. La Tremendita y Bobote-Eléctrico. Al final de su duelo las dos intérpretes se unen, las dos estéticas son una y son muchas tradiciones que resucitan en una misma piel, desde La Macarrona hasta Carmen Amaya pasando por Venezuela y Perú. La Tremendita estuvo entregada y despierta. Y Rozalén, tan contundente como sutil, alada, anulando la ley de la gravedad. En los números masculinos y de grupo el humor fue el mejor ingrediente y, cuando faltó, como en los martinetes, apareció el academicismo, pese a la ternura y relevancia de la música enlatada que sonó.

Éste es su tiempo. Es el tercer espectáculo de esta Bienal que trata sobre los días que nos quedan (Timetable y Tejidos al tiempo, que aborda este tema pese a que su nombre lo indica). A eso añadimos el de Israel Galván sobre la muerte:aquél no es posible sin ésta y viceversa. El arte jondo se hace adulto, se enfrenta a los grandes temas del arte, del hombre. Es lo que ha hecho siempre: ¿de qué trata si no la seguiriya del Manijero, la malagueña de La Trini? Pero Rocío Molina está inaugurando una nueva edad para el baile flamenco hablando de los temas de siempre con un lenguaje de hoy. Por eso, éste es su tiempo. Por eso el reloj se detiene a su paso.

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