Mentes brillantes | Crítica

Amistad y cultura del esfuerzo

Vincent Lacoste y William Lebghil en una imagen de 'Mentes brillantes'. Vincent Lacoste y William Lebghil en una imagen de 'Mentes brillantes'.

Vincent Lacoste y William Lebghil en una imagen de 'Mentes brillantes'.

Mentes brillantes (‘Primer curso’ sería la traducción del original francés) haría una interesante sesión doble con Le concours (2016), el documental de Claire Simon que mostraba el duro proceso de admisión de la Escuela de Cine de París, La Fémis, a la que cada año acuden centenares de jóvenes aspirantes para entrar en alguno de sus departamentos tras pasar un exhaustivo proceso de selección entre exámenes y entrevistas personales.

La cinta de Thomas Lilti, médico antes que cineasta (Hipócrates, Un doctor en la campiña), reconstruye desde la ficción, aunque con un cierto aire documental, esos mismos y duros procesos para acceder a la carrera médica (en la Sorbona), y lo hace a través de la relación de amistad entre dos jóvenes, el omnipresente Vincent Lacoste y William Lebghil, que emprenden desde distintos niveles de entusiasmo, el uno vocacional casi hasta lo patológico, el otro prolongando a regañadientes la tradición familiar, el camino de preparación hasta el examen final que determina la especialidad y pone a cada uno en su sitio de acuerdo a una criba basada en la excelencia.  

Despejada casi de todo lo accesorio y de molestas tramas secundarias, Mentes brillantes nos adentra así en una dinámica de esfuerzo, estudio, compañerismo y competencia entendida desde la fe en las bases fundacionales de un sistema educativo exigente, pero también, en el retrato de una amistad a dos velocidades marcada por la solidaridad, la fortaleza o la debilidad de espíritu y los inevitables celos.

Más interesante cuando retrata los procesos colectivos con afán objetivo que cuando introduce elementos melodramáticos (especialmente en un desenlace demasiado complaciente), la cinta de Lilti tiene la virtud de abrirse desde la ficción a un territorio poco explorado, y hacerlo desde el convencimiento idealista en un modelo de enseñanza que, a la postre, parece justificar en sus métodos de selección el futuro de un sistema sanitario (esperemos que público) que funcione al más alto nivel. 

Y ya que estamos, esa sesión doble podría ser triple si añadimos De chaque instant (2018), el estupendo documental de Philibert sobre las prácticas de enfermería.