Crítica de Cine

Balada triste de una estrella marchita

Alden Ehrenreich y Warren Beatty, en una escena de la película. Alden Ehrenreich y Warren Beatty, en una escena de la película.

Alden Ehrenreich y Warren Beatty, en una escena de la película.

Más guaperas que actor, Warren Beatty, cuya popularidad reciente se debe al celebrado error en la última ceremonia de los Oscar, logró interpretar algunos papeles memorables gracias a las direcciones de Kazan, Rossen, Penn o Altman en películas que a veces (caso de Bonnie y Clyde o Los vividores) han envejecido tan mal como él. Pasado tras la cámara en 1978, demostró un oficio correcto que en sus mejores momentos -apoyado por repartos y equipos de primera- logró buenos resultados en Rojos y Bulworth, además de convertirse en uno de los pioneros del cine-tebeo con Dick Tracy (1990). Ahora, tras 20 años sin dirigir y 16 sin interpretar, vuelve a hacer ambas cosas en esta recreación del atractivo y misterioso universo del magnate, ingeniero, aviador, productor y director cinematográfico Howard Hughes, un proyecto largamente acariciado por Beatty que ha tardado casi una década en pasar de guión a película tras ser abandonado por dos productoras.

La han escrito el propio Beatty y Bo Goldman, ganador del Oscar por los guiones de Alguien voló sobre el nido del cuco (otra obra sobrevalorada y mal envejecida: Beatty parece atraerlas) y Melvin y Howard, dirigida en 1980 por el recientemente fallecido Jonathan Demme y no casualmente centrada también (aunque fantasiosamente) en la figura de Hughes. El retrato del magnate que hace Beatty decepciona menos que el de Scorsese en El aviador por la simple razón de que esperamos más del segundo que del primero. Con una aspirante a actriz que profesa un protestantismo puritano, un chófer del que se enamora y un jefe -el todopoderoso Hughes- que no tolera las relaciones entre sus empleados o que ante él pase una belleza que acabe en los brazos de otro, Beatty traza un confuso retrato tragicómico y crítico-nostálgico del inabarcable Hughes que va de la comedia negra a la biopic crítica, y de ésta a la hagiografía del genio loco y la nostalgia por el Hollywood de 1958 en el que Beatty nacía como actor de dramáticos televisivos hasta que tres años más tarde debutó con Esplendor en la hierba.

Lily Colins (la chica puritana) está sosa, Alden Ehrenreich (el chófer con ambiciones) hace el más interesante trabajo interpretativo y Beatty (Hughes, claro) está correcto; muy avejentado y estirado para la edad que Hughes se supone que tenía cuando se desarrollan los hechos de la película, pero como su extravagante e intensa vida y el uso de los fármacos lo desgastaron la cosa no chirría demasiado (salvo en la escena que tan penosamente recuerda el tema bíblico y pictórico de Susana y los viejos). Un puñado de amigos -Candice Bergen, Martin Sheen, Ed Harris, Anette Benning, Alec Baldwin, Paul Sorvino- le echan una mano componiendo un lujoso elenco de secundarios. Con su buen gusto para elegir equipos, Beatty encarga la dirección fotográfica al veterano Caleb Deschanel y la recreación de la época a la diseñadora de producción Jeannine Oppewall, que ya demostró su talento recreando la América de entre los años 40 y 60 en L.A. Confidential, Atrápame si puedes, Pleasantville o El buen pastor.

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