Yo, mi mujer y mi mujer muerta | Crítica Un duelo entre yates

Ingrid García-Jonsson y Óscar Martínez en una imagen de 'Yo, mi mujer y mi mujer muerta'. Ingrid García-Jonsson y Óscar Martínez en una imagen de 'Yo, mi mujer y mi mujer muerta'.

Ingrid García-Jonsson y Óscar Martínez en una imagen de 'Yo, mi mujer y mi mujer muerta'.

El sevillano Santi Amodeo, abanderado de aquel nuevo cine andaluz que despuntaba en los albores del nuevo siglo desde un cierto espíritu indie de vocación pop con títulos como El factor Pilgrim, Astronautas o Cabeza de perro, regresa a materiales propios tras el encargo fallido de ¿Quién mató a Bambi?, remake de la cinta mejicana Matando cabos.

Y lo hace entre Buenos Aires y Marbella en esta dramedia que no termina de encontrar su tono y su cadencia en el retrato del viaje de un viudo reciente (Óscar Martínez) para calmar su duelo y encontrar respuestas sobre una esposa a la que conocía mucho menos de lo que él pensaba.

Si en el primer tramo acompañamos al personaje en su hábitat natural como profesor de arquitectura y hombre desastre en el hogar (apariciones fantasmales y profanaciones incluidas), el segundo nos lleva ya (co-producción mediante) a una Costa del Sol de yates y resorts de lujo donde, no obstante, Amodeo introduce un puñado de situaciones y personajes excéntricos que dejan entrever un leve ánimo satírico a propósito de ese universo de glamour, dinero y apariencias.

Lo que parece importar aquí es acompañar a Bernardo en su particular periplo de revelaciones y duelo, que es también un camino de autodesenmascaramiento y, por tanto, de redención. El problema es que Amodeo no encuentra nunca el tono y el ritmo de sus escenas, casi siempre más dilatadas y fláccidas de lo recomendable, como tampoco logra que los personajes-satélite (el pícaro agente inmobiliario que interpreta Carlos Areces o su ayudante Ingrid García-Jonsson) tomen cuerpo, aligeren o expandan el interés de su retrato.

Ni la banda sonora de aire pop, ni las (dudosas) prestaciones de algunos secundarios, ni las soluciones de puesta en escena (seguimos con los clásicos montajes de transición a golpe de canción) empujan esta cinta hacia un destino estimulante más allá de la habitual solidez de Martínez con cualquier personaje que se eche encima.   

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