EL REHÉN (BEIRUT) | CRÍTICA

Elogio del espía analógico

Jon Hamm en una escena de esta película ambientada en la capital libanesa. Jon Hamm en una escena de esta película ambientada en la capital libanesa.

Jon Hamm en una escena de esta película ambientada en la capital libanesa.

Con el aval de Tony Gilroy (El caso Bourne, Michael Clayton, Nightcrawler, Star Wars: Rogue One) como productor y guionista, y la impersonal profesionalidad todoterreno de Brad Anderson (The Machinist, Transiberian) a los mandos, El rehén viaja a los años setenta y ochenta del pasado siglo para rememorar en tonos sepia los modos del viejo espionaje cruzado en uno de los puntos calientes del planeta, una ciudad de Beirut convertida en un auténtico campo de batalla y estrategias geopolíticas entre israelíes, palestinos, norteamericanos y demás fuerzas, grupos y grupúsculos enfrentados por el control de la región. Pasado el prólogo de pelucas y retoques faciales en 1972, la acción de El rehén transcurre una década después, con el regreso a la capital libanesa del otrora diplomático que encarna Jon Hamm (Mad Men), enviado forzoso para mediar en la liberación de un agente de la CIA amigo suyo e involucrado años atrás en la trágica muerte de su esposa en un atentado terrorista. Así, lo personal y lo político se entremezclan en un clásico enredo de espías dobles, conspiraciones y cluedo negociador que intenta sortear los estereotipos interculturales con la palabrería rápida marca de la casa y el juego de ida y vuelta entre bandos que apenas araña el pretendido mensaje crítico contra el juego sucio de la política exterior norteamericana a costa de simplificar de igual modo el complejo entramado de intereses y la diversidad de facciones (del Mossad a la OLP) entre los del lado malo. Con todo, Anderson saca petróleo de una producción no demasiado holgada y consigue manejar los resortes asendereados y previsibles del guion de Gilroy con cierto sentido del ritmo y el suspense. Las prestaciones de un elenco de lujo televisivo (aquí están, acompañando a Hamm, Dean Norris, de Breaking Bad, o Shea Whigham, de Boardwalk Empire) dan cierto empaque y matices al conjunto y cargan de cierta tensión el trabajo en los espacios cerrados.

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