Crítica de Cine

Mirada deseante, cuerpo convulso

Marion Cotillard, en una escena de la película. Marion Cotillard, en una escena de la película.

Marion Cotillard, en una escena de la película.

Embellecida hasta lo contraproducente, El sueño de Gabrielle adapta la novela Mal de piedras de Milena Agus para situarnos en el epicentro del torbellino de deseo y (paulatino) autoengaño de una mujer, Gabrielle, criada entre algodones en la campiña mediterránea y consciente de su singularidad y diferencia en un mundo de hombres, convenciones sociales y acuerdos familiares.

Gabrielle se percibe pronto como mujer distinta y deseante, como cuerpo convulso (su enfermedad, el mal de piedras, está indisociablemente unida a su estremecimiento sexual), y Nicole García (Place Vêndome, El adversario, Un balcon sur la mer) lucha por sacar a flote esta materia íntima entre estampas preciosistas (malickianas por momentos) y una trama que se expande a lo largo de 20 años en busca de ecos, regresos y alguna que otra trampa de punto de vista que confunde el foco sensorial y perceptivo de la mirada de Cotillard, hermosa y carnal como pocas veces la hemos visto, con las argucias del engaño o el retrato de la enajenación y el espejismo.

Así, El sueño de Gabrielle no es otro que el de la materialización de un deseo profundo, la experiencia sensorial de un estado íntimo y arrebatado por el que asoma levemente el discurso feminista de la novela romántica anglosajona y ese academicismo que deposita demasiada confianza en la belleza lírica del paisaje, el diseño de vestuario y los apuntes didácticos sobre un pasado histórico que reúne a exiliados españoles y soldados de la guerra de Indochina.

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