Mug | crítica Polonia irredimible

En la localidad polaca de Świebodzin se construyó en 2010 la escultura de Cristo más grande al mundo (36 metros de altura), a imagen y semejanza del famoso Cristo Redentor de Corcovado en Río de Janeiro. No muy lejos de la zona, en la ciudad de Gliwice, un grupo de médicos realizó en 2013 el primer trasplante de cara para salvar la vida de un paciente accidentado.

Son los dos “hechos reales” trenzados libremente por Malgorzata Szumowska (Happy man, Ellas, In the name of…, Body) es esta Mug, Premio del Jurado en Berlín, que traza con humor negro y pinceladas surreales un retrato satírico de la sociedad (rural, familiar) polaca contemporánea, atrapada entre el peso de la cultura y la educación religiosa, la influencia de la telebasura y la hipocresía algo xenófoba, intolerante y conservadora de las costumbres y usos cotidianos.

La gigantesca estatua levantada por gitanos y mirando hacia un lado funciona como sombra deformante del peso de la Historia, y el joven heavy enamorado, accidentado (en la obra), trasplantado, desfigurado y abandonado actúa como trasunto de la Pasión para revelar, a través de las reacciones de su familia y vecinos, ese paisaje de mezquindad y falsead moral que Szumowska no se atreve a condenar severamente más allá de la caricatura y el esperpento, un poco a la manera de aquellas comedias del Este de los sesenta (especialmente las checas de Menzel, Passer o Forman) o, por poner un ejemplo más cercano, de un Berlanga norteño y de interior.

Mug se resiente tal vez de su propia contención, de su constante aliento alegórico-simbólico en cada escena y de una tendencia al preciosismo visual (con un extraño y molesto desenfoque de los bordes del plano) que, por momentos, nos obliga a tomárnosla más en serio de lo que su espíritu burlón aconsejaría. Quién sabe si son estos los límites propios de cierto humor antirreligioso netamente polaco o las limitaciones tonales de una cineasta a la que no recordábamos en este registro.