Crítica de Cine

Del calentón al bochorno

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No sabemos bien a qué llaman "oscuro" en esta segunda y absolutamente prescindible entrega de las tristemente famosas 50 sombras de Grey, a no ser que el trauma de nuestro fornido y rico protagonista, visualizado en flash-backs de violencia doméstica y maltrato infantil, pueda considerarse determinante para darle más empaque dramático a lo que no deja ser un cándido, empalagoso y cansino catálogo de fantasías sexuales para públicos sin fantasía o, en su defecto, que no hayan visto un minuto de porno en su vida.

El problema sigue siendo el mismo: hay que rellenar, y mucho, entre escenita y escenita de cama, cuero y atadura, lo que implica un estiramiento ad nauseam de la trama (sic) y la colocación precisa de una retahíla de frases para la galería que nos hemos tomado la molestia de anotar para vergüenza propia y ajena: "No quiero que otro te coma con los ojos / La nuestra es una relación vainilla / Pinchas un poco, me gusta / Quiere lo que es mío / ¿No decías que querías ir despacio? / Voy demasiado vestida / ¿Qué quieres, Anastasia? Te quiero a ti entero / No pares / Son 24.000 dólares, gano esa cifra cada 15 minutos / ¿Solías traer aquí a tus sumisas? / Quiero que te corras, Annie, córrete para mí / Él necesita una sumisa en la vida, no sólo en el dormitorio / Así que, ¿es aquí donde has aprendido a hacer esos nudos? / Para correr, primero hay que aprender a andar... a mí me gusta correr / No quiero presumir, pero soy muy bueno como profesor / Yo puedo hacer que te corras como nadie más lo ha hecho / Soy sádico, me excita castigar a mujeres que se parecen a ti y a mi madre / Quiero pasar cada segundo del resto de mi vida contigo / Sé mía, comparte tu vida conmigo, cásate conmigo". Para que luego digan que nuestro trabajo no es duro.

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