Las niñas | Crítica Despertar de la mirada

  • La ganadora de la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga es también una de las grandes películas españolas de este año. 

Natalia de Molina y Andrea Fandos, madre e hija en 'Las niñas', de Pilar Palomero. Natalia de Molina y Andrea Fandos, madre e hija en 'Las niñas', de Pilar Palomero.

Natalia de Molina y Andrea Fandos, madre e hija en 'Las niñas', de Pilar Palomero.

Verónica, Verano 1993, Viaje al cuarto de una madre, Las niñas… Un ramillete de películas españolas recientes que respiran una nueva sensibilidad en su doble ejercicio memorístico y cinéfilo, herederas a un tiempo de una selecta tradición local (Erice, Saura) en su mirada personal a la infancia, la juventud y los rituales de tránsito generacional desde el foco femenino o incluso desde las estructuras del género.

La película de debut de Pilar Palomero, reciente ganadora de la Biznaga de Oro en el Festival de Málaga, comparte con esos títulos una voluntad regeneradora de los modelos industriales de nuestro cine, una misma vocación narrativa de carácter impresionista y sensorial en la que el pasado, de nuevo aquí esos primeros años noventa tan determinantes, se transfigura en relato de corte autobiográfico repleto de pequeños detalles de observación y reconstrucción que trascienden el tiempo para agujerearlo en una primera persona que reconocemos también los que no pasamos necesariamente por los mismos ámbitos, peajes y circunstancias.

Palomero sublima el complejo tránsito de la pubertad con luz y elocuencia, a la distancia justa de unos recuerdos (compartidos) pegados a los estertores de la educación religiosa, la familia monoparental, la ‘crueldad’ juvenil, los pequeños rituales colectivos y todos esos secretos que configuran el universo de Celia (Andrea Fandos), una joven que observa, escucha y participa de un mundo que se abre a su altura, desde su nivel y su desconcierto, un mundo del que seremos cómplices en sus juegos, interrogantes y travesuras, en su ansia de salir al exterior y encontrar una identidad y una voz propias (materializadas en sendas escenas de prólogo y epílogo) y emanciparse del útero materno que aún la protege entre disciplinas y castigos redoblados en la institución de enseñanza donde pasa sus días.

Película de fragmentos, destellos y detalles, de miradas y revelaciones sigilosas, Las niñas conjuga con madurez y delicadeza elementos ya conocidos y transitados por el cine reciente, pero no por ello deja de grabar en la textura de sus imágenes la autenticidad de lo vivido, el dolor del descubrimiento, la emoción de lo recordado, la verdad de lo soñado.