El Hoyo | Crítica Alegorías de hormigón

Una imagen de 'El hoyo', de Galder Gaztelu-Urrutia. Una imagen de 'El hoyo', de Galder Gaztelu-Urrutia.

Una imagen de 'El hoyo', de Galder Gaztelu-Urrutia.

Primera película española ganadora en el concurso oficial de Sitges desde 1994, también del Premio del Público, El Hoyo, debut de Galder Gaztelu-Urrutia, se propone como explícita alegoría escatológica de estos tiempos de desigualdad social, egoísmo y despilfarro alimentario, desde la apuesta conceptual por el cine de género minimalista y arquitectónico, a saber, encerrando a sus castigados protagonistas en una estructura en abismo en la que cada nivel supone un reto por la supervivencia ante el racionamiento proporcional de la comida desde un ente administrador abstracto e impreciso.

El guion de David Desola y Pedro Rivero no escatima en solemnidad, citas cultas y humor negro, con el mismísimo Quijote como referencia, a la hora de revestir esta aventura por niveles propia de un videojuego, salpicada de violencia extrema y sobresaltos gore de cierta aureola existencial y filosófica, propósito que Gaztelu filma en formato anamórfico confiando en el potencial expresivo del encuadre y la luz artificial, los primeros y primerísimos planos, una música industrial y estridente y los efectos sonoros como herramientas inmersivas y sensoriales para revestir la escuálida y confusa propuesta argumental.

Y es que a la postre, entre duelos dialécticos de escasa profundidad entre Massagué y sus diferentes compañeros de celda, interpretaciones sobredimensionadas y una paulatina caída de ritmo que malogra la tensión y la claridad deseables, El Hoyo se queda en un ejercicio de estilo cansino y estirado con mucha menos sustancia de la prometida, a saber, en una vistosa práctica con autolimitaciones cuyas metáforas de hormigón sobre el apocalipsis planetario, el agotamiento de los recursos y la condición animal, insolidaria y suicida del hombre tal vez hubieran cabido en la duración propia de un corto.