La hija de un ladrón | Crítica La dignidad de una mujer sin atributos

Sara, la protagonista absoluta de esta película, es una mujer joven, madre soltera entre trabajos precarios que vive temporalmente en un piso de los servicios sociales. Es, básicamente, una mujer sin atributos, una anti-heroína cinematográfica, una chica corriente de barrio que lucha por salir adelante. Sara ya existía en un corto previo de Belén Funes, Sara a la fuga, y aquí sigue moviéndose con energía, temblor y determinación por ese paisaje urbano del extrarradio que no aparecerá nunca en una guía turística.

Sara nos recuerda a la Rosetta y a otros personajes de los Dardenne, retratada siempre en el presente de sus acciones, desprovista de psicología tranquilizadora, definida por lo que hace y cómo lo hace. Esta hija del desarraigo tiene, empero, un evidente trauma que la paraliza y la asusta: la figura de un padre recién salido de la cárcel que funciona como espejo (opaco) de todo aquello de lo que quiere huir, pesada carga de una infancia difícil y desasistida que ella no quiere para su hijo y para su hermano.

La hija de un ladrón se alinea en una tradición del cine realista y social que ha sabido moverse y observar siempre a la distancia justa de sus personajes, sin imponerles más cargas, senderos ni obstáculos dramáticos de los que tienen. Funes pega la cámara a Sara y se mantiene a su lado sin necesidad de explicitar sus deseos, dudas, temores e incertidumbres más allá de lo que ella misma revela a través de su cuerpo, sus gestos y sus contadas palabras. Y es ahí donde el prodigio de la interpretación obra su pequeño milagro: Greta Fernández no se pliega a ninguna concesión, a ningún truco, a ningún guiño al espectador, a nada que no sea ir a trabajar, cuidar a su bebé, intentar retener al hombre al que ama, preparar una fiesta de comunión para el hermano del que quiere hacerse cargo, echarle, finalmente, un pulso a ese padre (Eduard Fernández) que también pelea contra sus propios demonios, afectos reprimidos y culpas sin artificios ni explicaciones.

La aplastante normalidad sin afeites de La hija de un ladrón es su gran logro, su éxito estético y ético, lo que hace de ella una rara avis en este cine nuestro por lo general tan mal diseñado en la correspondencia entre lo dicho, lo mostrado y lo explicado. Su conquista, que no es poca, es situarnos ante sus personajes y sus pequeñas batallas cotidianas, que son también las de toda una generación perdida o desplazada, sin más enseñanza ni moraleja que la de celebrar su esfuerzo por salir adelante, su batalla diaria por vivir, trabajar, respirar y emanciparse con dignidad.