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Hogar | Crítica de cine (en casa) Retrato de un usurpador

Mario Casas y Javier Gutiérrez en una imagen de 'Hogar', de los hermanos Pastor. Mario Casas y Javier Gutiérrez en una imagen de 'Hogar', de los hermanos Pastor.

Mario Casas y Javier Gutiérrez en una imagen de 'Hogar', de los hermanos Pastor.

A pesar de que su presentación estaba programada para el Festival de Málaga, Hogar, el tercer largometraje de los hermanos Álex y David Pastor (Infectados, Los últimos días), no deja de ser un producto diseñado desde y para Netflix, a saber, la plataforma donde se hubiera estrenado igualmente y a la que llega antes de lo previsto por motivos que todos pueden imaginarse.

Y tiene su gracia que en el prólogo de este thriller psicológico sobre la usurpación los Pastor parodien el lenguaje estereotipado de la publicidad a propósito de la profesión de nuestro protagonista, un creativo de éxito en horas bajas que busca trabajo después de haber sido despedido. Y la tiene porque si la retórica de la publicidad televisiva está plagada de clichés, esta película no lo está menos en su calco de fórmulas de probada eficacia, despersonalizadas y globalizadas como mandan los cánones de Netflix, a la hora de trazar su enrevesada y por momentos rocambolesca escalada de tensión a propósito de este publicista que, frustrado en su caída y despedida de un modo de vida, intentará suplantar a quien, según su retorcida mente, ha ocupado ese lugar de supuesta felicidad y bienestar que a él le correspondía.

Los Pastor estilizan la urbe y sus decorados de diseño, filman espacios y arquitecturas con clínica asepsia posmoderna, muestran planos aéreos nocturnos desde drones para hacer de Barcelona cualquier ciudad-contenedor para desplegar su plan narrativo. Un plan que le otorga a nuestro protagonista, interpretado por Javier Gutiérrez con ese pelín de intensidad de más que a veces nos molesta, toda una maquiavélica estrategia para acercarse y anular a su némesis (un Mario Casas mustio y desaprovechado, que ya es decir), y ocupar su lugar como consumación literal del mensaje poco sutil respecto a las frustraciones del hombre de clase media-alta.

Medida en sus efectos de guion (el personaje del jardinero pedófilo es todo un exceso, por no hablar de los numerosos y artificiales juegos al escondite), trufada de giros en el límite de lo verosímil y acompañada siempre por una cámara tan elegante como impersonal, Hogar se queda en la superficie lujosa y estilizada de su propuesta de género global a costa de la verdad de unos personajes (no hablemos ya de los femeninos, pura decoración) que apenas cumplen su función prediseñada dentro del vistoso engranaje de la ficción.   

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