Museo | Crítica La noche de los Mayas

El segundo largo del mexicano Alonso Ruizpalacios también parte de un acontecimiento real para su viaje hacia el fracaso y el desconcierto. Si en la estupenda Güeros (2014) la huelga estudiantil de la UNAM de 1999 ponía el trasfondo para una road movie existencial y onírica en blanco y negro a ritmo de canciones de Natalia Lafourcade, en Museo se trata de reconstruir muy libremente uno de los robos patrimoniales más sonados de la historia, aquel que perpetraron en la Nochebuena de 1985 dos jóvenes estudiantes de veterinaria en el Museo Nacional de Antropología del DF, de donde se llevaron cerca de 140 piezas de arte Maya de incalculable valor.   

A Ruizpalacios le interesa el caso, los hechos factuales, pero apenas como punto de partida para un relato sugerente y libre que vuelve a ahondar en la identidad nacional mejicana a través de la relación edípica entre un hijo sin rumbo (Gael García Bernal) y un padre estricto (Alfredo Castro) o el valor del patrimonio cultural expoliado como síntoma de ciertos males de la patria.

Un marco que es pronto franqueado por la puesta en escena musical y flotante, por esa saludable tendencia a salirse por la tangente de los sueños, el juego formal, la dislocación narrativa y los elementos fantasmales (en especial en la estupenda secuencia del robo, coreografiada entre planos fotográficos y visiones ancestrales al compás de La noche de los Mayas, el soberbio poema sinfónico de Silvestre Revueltas), por el lanzamiento de sus patéticos protagonistas sin razones hacia una aventura destinada al fracaso y salpicada de humor entre las ruinas monumentales y los paraísos turísticos de postal convertidos en una decadente tumba de la memoria.