Pájaros de verano | Crítica Matar la palabra

Mientras Cuarón intenta expiar con alardes de estilo su mala conciencia de niño bien a costa de su beatífica niñera mixteca de la infancia ante el aplauso generalizado del mundo (del espectáculo), el colombiano Ciro Guerra, con mucho menos éxito mediático y seguimiento masivo, lleva ya cuatro películas, a cada cual mejor (La sombra del caminante, Los viajes del viento, El abrazo de la serpiente y esta Pájaros de verano), afirmando un interés continuado por las raíces y la cultura indígenas de su país a través de poderosos relatos donde se funden la antropología, el folclore, el pasado colonial, la tragedia y la historia reciente con una encomiable sensibilidad visual, un portentoso sentido elíptico de la narración y una potencia simbólica a prueba de espectadores fácilmente seducidos por lo exótico.   

Pájaros de verano nos lleva al Norte de Colombia, a la región de La Guajira, entre los años 70 y 80 del pasado siglo, para escenificar en su paisaje mitad desértico, mitad selvático, su particular genealogía del nacimiento y crecimiento exponencial del narcotráfico (por entonces de marihuana) de la mano de la imparable escalada bélica entre dos familias emparentadas de la tribu Wayúu, familias que se han regido siempre por los estrictos códigos y rituales mágicos de la tradición, el honor, la palabra y la preservación de la especie hasta que los negocios con los alijuna (los extranjeros) y la entrada de dinero del contrabando y las armas desestabilizan el orden tradicional.

Guerra y Gallego despliegan su historia en una implacable estructura trágica en cinco actos o cantos, atravesando la década en poderosos cortes temporales que se imponen como destino inapelable para sus personajes, donde el protagonista Rapayet (José Acosta) mantiene un particular y desigual duelo con su dominante suegra Úrsula (Carmiña Martínez), con el amigo y socio traidor Moisés (Jhon Narváez), con el díscolo en incontrolable Leónidas (Greider Meza) o con su propio pariente Aníbal (Juan Bautista Martínez), enemigo final en la contienda aniquiladora.

Los actores improvisados de la región y los profesionales se funden a través de la lengua indígena y ocupan su lugar en el entramado de ceremonias, ascenso, traiciones, venganza, guerra y muerte observado por el viento del desierto, las plagas de langosta y los animales salvajes que, junto a los sueños premonitorios, van tejiendo un paisaje de fondo de resonancias míticas para una historia del narco que poco tiene que ver con las fórmulas seriales televisivas y su enaltecimiento espectacular de la violencia y sus protagonistas, y sí mucho con una escritura cinematográfica depurada y esencial de múltiples capas y niveles de lectura.

Estamos a 22 de febrero y podríamos afirmar ya que Pájaros de verano permanecerá como una de las mejores películas de este año.