Ventajas de viajar en tren | Crítica En el laberinto de la fabulación

Publicada en 2000, Ventajas de viajar en tren presentaba en sociedad a Antonio Orejudo como uno de los escritores más valiosos, además de endiabladamente divertido, de la literatura española del nuevo siglo, una voz eminentemente posmoderna empeñada en poner boca abajo estructuras, géneros, dispositivos y pactos de verosimilitud con el lector. Los siete relatos de aquel libro circular daban cuenta de trastornos psiquiátricos y de personalidad encadenando historias en el límite protagonizadas por excéntricos, solitarios o tarados en busca de un poco de afecto y comprensión en un mundo en crisis.

Casi veinte años después, el debutante Aritz Moreno adapta y condensa algunos de aquellos cuentos vertiginosos bajo las formas hipertróficas de la imagen panorámica deformada, los colores saturados, las músicas extrañadoras y unos actores (especialmente Ernesto Alterio, Luis Tosar y Pilar Castro) que rozan siempre la caricatura excelsa. Se trata aquí de quedarse con el corazón malsano y el aire tragicómico de aquel libro para jugar a las narraciones abismadas y lanzadas a velocidad de crucero, al ritmo acompasado entre la voz en off y la materialización de varias historias que abordan la esquizofrenia, la depresión, la coprofilia o el trastorno paranoico de tipo somático desde esa esquina del absurdo, la fantasía, la perversión y la patología a prueba de correcciones políticas y estómagos delicados.

En la operación, la sugerencia literaria se convierte ya en imagen explícita, el humor imaginado en chiste visual, a veces incluso en gag, y el tono general se asienta en ese barroquismo negro y esperpéntico del que han salido las mejores piezas de nuestro cine. Ejercicio de fabulación lanzada al vacío, de cuestionamiento de certezas, identidades y puntos de vista, Ventajas de viajar en tren actualiza la vertiente deformante de nuestra mejor tradición cómica, poniendo nuevas imágenes y formas a la inevitable tendencia autodestructiva de todo hijo de vecino ante la mirada atónita o asqueada de un espectador al que le corresponde situarlas o juzgarlas sin paños calientes o, quién sabe, viéndose en el espejo.