La música del silencio | Crítica La hora 'chanante' del 'bel canto'

Tony Sebastian y Antonio Banderas, en una escena de la película. Tony Sebastian y Antonio Banderas, en una escena de la película.

Tony Sebastian y Antonio Banderas, en una escena de la película. / D. S.

Biopic de manual rancio basado en su propia autobiografía, La música del silencio da cuenta de la vida del famoso tenor toscano Andrea Bocelli (Lajatico, Pisa, 1958), penúltimo producto de márketing y éxito de masas de la cosa operística que ha vendido alta cultura a precios populares a costa del repertorio más conocido del bel canto amplificado por los estadios y las audiencias millonarias.

Como no podía ser de otra manera, el producto hagiográfico se reviste de acartonadas formas de telefilme de lujo y parecidos razonables para cubrir las etapas vitales del famoso cantante invidente (Tony Sebastian), desde sus días de infancia y enfermedad en la granja familiar (con un risible Jordi Mollá como padre protector), al largo periodo de espera previo al éxito y la consagración definitivos (que vendría de la mano de la fusión con el pop), empleado entre los bolos en un piano-bar setentero, el amor romántico y las clases particulares del maestro que interpreta Antonio Banderas con su habitual tendencia a la caricatura.

El británico Michael Radford, limitadísimo especialista en productos de encargo del ramo (El cartero y Pablo Neruda, El mercader de Venecia, La mula), aplica el clásico barniz anestesiante y automático a una fórmula esclerotizada lastrada por un inglés de academia barata y un elenco internacional demasiado aseado para transmitir otra cosa que no sea una versión chanante de la vida, obra y milagros del tenor.

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