303 | Crítica Los jóvenes ya no quieren hacer la revolución

Anton Spieker y Mala Emde en una imagen de '303'. Anton Spieker y Mala Emde en una imagen de '303'.

Anton Spieker y Mala Emde en una imagen de '303'.

Nada sabíamos de Hans Weingartner desde aquella Los educadores (2004) que nos enseñó las tibias garras de un puñado de jóvenes alemanes dispuestos a hacer su pequeña revolución anticapitalista a comienzos de siglo. Y nada bueno parece haber pasado desde entonces a la vista de este regreso del cineasta a la cartelera española en el que la utopía libertaria y antiburguesa ha dado paso, también en la piel de dos veinteañeros en periodo vacacional, a una road movie romántica en autocaravana vintage por las carreteras de media Europa, desde Berlín al Norte de Portugal, pasando por las Landas y la costa asturiana.

La cosa empieza mal, con un caprichoso encuentro en una gasolinera que, contra todo pronóstico de seguridad, une rápidamente a nuestra rubia parejita en sus respectivos destinos, a saber, la búsqueda de un padre recién descubierto (él: Anton Spieker) y el reencuentro con el novio para comunicarle un embarazo en plena crisis de pareja (ella: Mala Emde).

Sigue por mal camino, con un absurdo intento de violación de un acosador que no se le hubiera ocurrido ni a un guionista primerizo. Pero lo peor aún está por venir: Weingartner le da una nueva oportunidad de viaje a sus personajes para hacer de ellos dos cuerpos parlanchines que teorizan sobre lo humano, lo divino y lo contemporáneo (el amor, el sexo, la biología, las diferencias entre hombres y mujeres, etc.) entre estampas de carretera y paisaje, canciones pop y un exceso de confianza en la paciencia del espectador respecto al más que previsible desenlace.

A la espera de alguna revelación, cruzaremos fronteras, cambiaremos de canción, nos acercaremos al fuego que nunca prende y asistiremos a un dilatado juego de atracción con exceso de candidez y verbalización y escaso sentido del ritmo y la progresión narrativa. Ciertamente, para cuando se empiezan a desatar los pequeños nudos personales y a liberarse las conciencias (lo de los cuerpos es otro cantar), hace ya tiempo que perdimos el interés por el viaje y sus protagonistas.