The Prodigy | Crítica Correcta variación sobre el niño perverso

El niño Jackson Robert Scott. El niño Jackson Robert Scott.

El niño Jackson Robert Scott.

Con ¿Quién puede matar a un niño? del reciente y justamente premiado Chicho Ibáñez Serrador en cabeza, y títulos históricos como La mala semilla de Le Roy, Los inocentes de Clayton, El otro de Mulligan, El exorcista de Friedkin, La profecía de Donner, El pueblo de los malditos en las versiones de Rilla y de Carpenter, El buen hijo de Ruben, El resplandor de Kubrick, Los chicos del maíz de Kiersch o Shock de Mario Bava -a la que sigue muy de cerca incluso fusilando/homenajeando algún efecto-, los niños han sido protagonistas perversos de películas de suspense o terror.

A este filón se apunta The Prodigy, correcta película del igualmente correcto -pero poco estimulante- Nicholas McCarthy que debutó con el tema del regreso a la casa familiar infectada de espíritus (El pacto), después insistió en el tema de la casa maldita -esta vez con aderezo de majara- (Home) y ahora explota otro lugar común del género: el niño poseído por una fuerza maligna que le dota de poderes sobrenaturales y las peores intenciones. Nada podrán ni la abnegación materna ni la psicología. Aquí lo que hace falta es un Max Von Sydow con su maletita parado ante la puerta bajo la luz de una farola mientras suena Tubular Bells.

Se agradece un tono contenido que da más relieve a algunos buenos sustos, su carencia de pretensiones en la línea de corrección sin aspiraciones de su director y la muy buena interpretación del pequeño Jackson Robert Scott, que recordamos de la reciente It.

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