Soul | Crítica

Hasta el infinito y más allá

Una imagen de la película. Una imagen de la película.

Una imagen de la película. / D. S.

Cuando en 1995 se estrenó Toy Story cambió la historia de la animación y, con ella, la del cine. Estallaba Pixar contaminándolo todo de inteligencia, técnica, humor y ternura. Un cuarto de siglo después la historia de Pixar, con sus altas y bajas, crisis y fusiones, ha dado unas cuantas obras maestras y un buen puñado de grandes obras para todos los públicos y todas las edades hasta que con Wall-E y Up en 2008 y 2009 inició un estimulante, pero también algo desconcertante, camino creativo que parecía desentenderse del público infantil para centrarse en el adulto. O en niños prodigio. Siguieron, naturalmente, creando películas para todos los públicos, algunas tan extraordinarias como Toy Story 3, pero sus mayores reconocimientos críticos los alcanzó prolongando y extremando la línea abierta por Wall-E y Up en Del revés (2015), Coco (2017) y ahora Soul, formando un espléndido quinteto por así decir existencialista obsesionado con la soledad, la muerte y el sentido de la vida. Espléndido, sí, inteligente, profundo -cada vez más profundo- además de encantador pero… ¿dirigido a quién? A los niños no, desde luego.

El argumento de Soul parece un ejercicio (casi imposible) de reescritura de películas de Bergman, Allen, Capra y Fellini. Sobre todo de este último cuya legendaria película escrita, producida y ensayada pero nunca rodada Il Viaggio de G. Mastorna trataba del viaje de un músico al Más Allá. En la película de Fellini un accidente de avión enviaba al atónito músico al mundo de los muertos. En Soul un músico de jazz tiene la mala fortuna de morir el día en que está a punto de cumplir sus sueños. Lanzado a un Más Allá que es también un antes, es decir a unos ámbitos perfectamente ordenados en el que conviven las almas de quienes han vivido y las de quienes van a ser lanzados al mundo a vivir, el músico se convierte en mentor (como el ángel Clarence de ¡Qué bello es vivir!) de un alma no nacida que no encuentra sentido a su ser lanzada al mundo ("arrojado a la existencia" diría Heidegger).

El Más Allá según 'Soul'. El Más Allá según 'Soul'.

El Más Allá según 'Soul'. / D. S.

He citado a Bergman porque se suceden las preguntas sobre el sentido de la vida, si vale la pena o no cargar con ella, si hay o no un horizonte de sentido. He citado a Allen por la pasión del protagonista por el jazz y sobre todo porque hay una alusión directa a la famosa la lista de razones para vivir -Groucho Marx, Jimmy Connors, la sinfonía Júpiter de Mozart, Potato Head Blues de Armstrong, algunas películas suecas, La educación sentimental, Brando, Sinatra, Cezanne, los mariscos de Sam Wood's- que se da el cineasta neoyorquino a sí mismo en Manhattan. He citado a Capra porque, como ya he dicho, hay una intervención de poderes (en el caso de ¡Qué bello es vivir! divinos y en este de difícil identificación) que muestran a las almas las razones por las que vale la pena vivir. Y he citado a Fellini por el ya comentado viaje del músico Mastorna al mundo de los muertos. Citados todos, y otros más que podrían añadirse ascendiendo a Platón, descendiendo a El cielo puede esperar de Beatty, volviendo a ascender a A vida o muerte Powell & Pressburger o girando en torno al carpe diem y al hacer camino al andar machadiano, hay que decir que se trata de una obra original y puramente Pixar que asombra por su capacidad para representar lo abstracto dando una vuelta de tuerca a la portentosa visualización de las emociones en Del revés. Y también de una obra muy personal. No es casual que su director, Pete Docter, sea el responsable de Up y Del revés, lo que permite afirmar un desarrollo personal dentro del universo Pixar.

Se le puede reprochar una simplificación de las cuestiones más abstrusas y desasosegantes que los mortales se plantean. Pero ese mismo reproche se podría dirigir a Capra, a Powell & Pressburger o a Allen, que las tratan en clave de comedia. Y nadie en su sano juicio fílmico estaría dispuesto a hacerle este reproche a estos maestros. Tampoco se lo hago a Soul. Que a sus méritos -a los que hay que sumar encantadores y divertidos golpes de ingenio- añade el de una maravillosa banda sonora compuesta en su parte electrónica por Trent Rezor y Atticus Ross (los autores de las bandas sonoras de La red social y Mank) y en su brillante parte jazzista por Jon Batiste, gran compositor y pianista a quien la película dará la popularidad que desde hace tiempo merece.

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