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Cuestión de género

  • La representación de la diversidad sexual se ha convertido en uno de los temas más jugosos del cómic en sus últimas décadas

Una viñeta de 'La mentira y cómo la contamos', de Tommi Parrish. Una viñeta de 'La mentira y cómo la contamos', de Tommi Parrish.

Una viñeta de 'La mentira y cómo la contamos', de Tommi Parrish.

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La representación de la diversidad sexual se ha convertido en uno de los temas más jugosos del cómic en sus últimas décadas, tanto en su vertiente más comercial como en esa otra, digamos, de autor. Por poner algún ejemplo de lo primero, y después de décadas de ocultación de las distintas singularidades de género (combatida en la medida de lo posible por autores como Neil Gaiman, Peter Milligan o Gail Simone), DC dio un paso adelante otorgando temporalmente la cabecera Detective Comics (cuna de Batman) a la lesbiana Batwoman, cuyo espléndido serial, firmado por Greg Rucka y J. H. Williams III, fue complementado por otro protagonizado por la también lesbiana Renée Montoya, nueva versión del mítico The Question creado por Steve Ditko en la década de los sesenta. A partir de aquí, no son pocos los superhéroes que han salido del armario, aunque no puede hablarse aún de normalidad, esto es, de una representación equitativa de la realidad en estos maniqueos mundos de ficción.

Lejos de las esferas comerciales, la cosa es bien distinta, pues rara es la orientación sexual que no dispone de alguna representación en el underground, en el cómic independiente o en la novela gráfica (entendida aquí no como sinónimo del medio, sino como una etiqueta del tebeo de autor). Por si les interesa el tema, quiero recomendarles dos novedades de Astiberri, que lidian con estas cuestiones. El primero es La mentira y cómo la contamos, un álbum del australiano afincado en Canadá Tommi Parrish, con el que logró nada menos que cuatro nominaciones a los premios Ignatz 2018. El reencuentro entre una cajera de un supermercado y un viejo amigo permite a Parrish indagar en la condición de sexual de sus personajes, que no son lo que aparentan ser. Contradicciones, cicatrices emocionales, la angustia de tener que mostrarse ante los demás y el miedo a ser juzgado por ello componen un tebeo intimista y valiente en el aspecto gráfico. Parrish construye su relato con viñetas de aire pictórico, contrastadas con otras de límpido blanco y negro (una ficción dentro de la ficción), en un juego sofisticado y sugerente. En palabras de Simon Hanselmann: "La mentira y cómo la contamos es algo vivo y que respira, y es todo lo que deseo encontrar en una obra de arte. Tommi Parrish abarca todos los registros".

Por su parte, Llamadme Nathan, de la guionista Catherine Castro y el dibujante Quentin Zuttion, ambos franceses, es menos ambiciosa en lo formal, pero igualmente interesante en lo que narra. De fluida narración y bello coloreado, se trata de la historia de Lila, una chica que se sabe chico y que lucha por aceptarse a sí mismo y ser aceptado por los demás, esto es, y usando las palabras de Didier Pasmonik en Actua BD: "el calvario de Nathan [el nombre masculino que se aplica Lila] para ser él mismo, a pesar de la hostilidad de su entorno social hacia las personas transgénero". Un testimonio valioso sobre la identidad que nos invita a mirar alrededor, ponernos en la piel del otro y dejar atrás nuestros prejuicios.

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