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Contra el vacío

  • Diseñado como una especie de Superman, se decidió que el protagonista tenía una larga historia en Marvel, pero su recuerdo había sido borrado

Una imagen de 'El vigía'. Una imagen de 'El vigía'.

Una imagen de 'El vigía'.

Tras el éxito en 1998 de Los Inhumanos, el más celebrado de los primeros títulos de Marvel Knights, ya saben, aquel sello con que Joe Quesada y los suyos devolvieron la esperanza en Marvel, Paul Jenkins y Jae Lee sorprendieron en 2000 a los lectores con un concepto tan atractivo como extravagante, El Vigía, uno de los pocos protagonistas originales de MK (el otro, si no me equivoco, fue el Marvel Boy de Grant Morrison).

Compuesto por una miniserie de cinco números, más otro cinco especiales dibujados por diversos artistas que luego comentaré, el experimento de El Vigía comenzó antes de la publicación de la primera página. Diseñado como una especie de Superman, algo así como el ser más poderoso del universo Marvel, se decidió, a sugerencia de Rick Veitch (cómo me gusta este tío, de verdad) que el personaje tenía una larga historia dentro del universo Marvel, pero que su recuerdo había sido borrado de la memoria de todos, incluyendo la del propio protagonista.

Robert Reynolds, el Vigía en otros tiempos, vive ahora una vida anodina y se despierta un día con la sensación de que algo no le cuadra. Este comienzo recuerda, digámoslo así, al Miracleman de Alan Moore, pero la historia pronto gira hacia otros territorios, de tintes psicológicos, con la amenaza del vacío y la muerte como telón de fondo. Más aún, el juego metaliterario se potenció desde la editorial con una serie de informaciones falsas y entrevistas en revistas especializadas que buscaban convencer a los lectores de la época de que el Vigía era un personaje realmente antiguo, nunca utilizado y rescatado de los archivos de Marvel. El fake tuvo su gracia, aunque hoy día apenas queda el recuerdo, como si la vida imitase la ficción (la edición de Panini ni siquiera incluye los divertidos extras en los que se nos explicaba todo esto en detalle). Dos décadas más tarde, lo que tenemos aquí es un producto sofisticado, de gran fuerza visual y cierto riesgo literario, con sus aciertos y sus fallos.

El guion de Jenkins alcanza por momentos mayor nivel que en Los Inhumanos, pero también se sale de tono en ocasiones, chirriando aquí y allá, lo que quizá no haga sino aumentar una especie de esquizofrenia y el sentimiento ominoso que recorre toda la serie. En lo artístico, Lee está verdaderamente espectacular, potenciado por los exquisitos colores de José Villarrubia. El aire moderno que desprenden sus páginas contrasta con los diversos flashbacks, servidos en estilos que imitan los de otras épocas (Kirby o Byrne, por ejemplo), y todo junto provoca desasosiego en el lector.

En cuanto los especiales que he mencionado más arriba, son cuatro crossovers con pesos pesados de Marvel: Hulk, X-Men, Spiderman y los Cuatro Fantásticos, más un quinto con la conclusión final de la serie, y en ellos colaboran artistas de la talla de Bill Sienkiewicz (el mejor, con diferencia), Mark Texeira, Rick Leonardi y Phil Winslade, además del propio Lee. En conclusión, un tebeo molón y diferente de cuando Marvel era realmente excitante y se atrevía con todo.

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