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Con el agua al cuello | Crítica

Crepúsculo veneciano

  • En su última entrega de Brunetti, Donna Leon vuelve a introducir el tema de la degradación del entorno; un entorno que atañe al turismo y la vida vecinal de Venecia, pero también a los residuos que afluyen a sus aguas

La escritora norteamericana, afincada en Suiza, Donna Leon La escritora norteamericana, afincada en Suiza, Donna Leon

La escritora norteamericana, afincada en Suiza, Donna Leon

No deja de ser curioso que dos grandes autoras del género negro, Fred Vargas y Donna Leon, hayan apostado su prestigio a la defensa de causas candentes como el cambio climático -Vargas- y la degradación del medio, largamente denunciada por Leon en sus novelas. De hecho, esta degradación de las condiciones de vida, en la se destaca el atosigante oprobio del turismo, es la que ha impulsado a Donna Leon a abandonar Venecia tras vivir allí durante más de tres décadas. No así su personaje, el comisario Brunetti, cuyo amor por Venecia es tan grande como su afligida y resignada paciencia.

'Con el agua al cuello' plantea un caso de apariencia anodina, que en seguida adquiere cierto relieve criminal, de solución problemática

No será necesario, por lo mismo, traer aquí la nómina de visitantes (y proto-turistas) que hicieron el elogio y la defensa de Venecia, del XVIII en adelante, y cuyo caso más célebre quizá sea el de John Ruskin. Con el agua al cuello, escrita ya en Suiza pero situada aún en Venecia, plantea, como es costumbre, un caso de apariencia anodina, que en seguida adquiere cierto relieve criminal, fruto de las viejas y poco numerosas pasiones del hombre: el amor, el odio, la avaricia, la ambición, el miedo. En este caso, también la compasión tendrá su importancia en la fragua del crimen. Un crimen, repito, que al principio no lo parecía y que la diligencia de Brunetti llevará a una resolución, no exenta de problemas. Es decir, Brunetti deberá escoger entre dos formas, no conciliables, de justicia. Esta es también una de las virtudes de Leon. A su retrato doméstico de Venecia, a su amor por las costumbres italianas, a su voluntad de un verismo, en absoluto enfático, Leon añade cierta pesadumbre, grave e impersonal, donde la justicia y la virtud no siempre coinciden. Esto es, añade una umbría residual donde el Bien y el Mal rebajan sus mayúsculas.

También en eso, la hoy exiliada helvética se muestra una devota italiana por elección: en Leon hay una idea de lo humano que, sin excluir la mezquindad y la maldad, tampoco ignora el infortunio, el azar, lo bello y lo ridículo, todo en un mismo corazón y bajo un mismo cielo.

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