Ama | Crítica Mamá, hablemos antes de trabajar y de morirnos

  • José Ignacio Carnero rememora en 'Ama' su historia de éxito profesional y desclasamiento y, sobre todo, la figura enorme y sufridora de su madre

El escritor José Ignacio Carnero. El escritor José Ignacio Carnero.

El escritor José Ignacio Carnero. / José Luis Roig

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Algunas cosas, más o menos importantes, me alejan de José Ignacio Carnero (Portugalete, 1986). Su piso en Barcelona (¡para él solito, un lujo, oiga, esta emancipación!), su holgado sueldo, sus New Balance, su camisa de El Ganso, su concepción de la libertad (la vincula a un verano adolescente que pasó becado en Brighton, lejos por fin de sus padres, cercano al sexo) y del hogar ("tenemos que acostumbrarnos a pensar que nuestra casa es el mundo"); lo que entiende por lugar de escritura ("cuando viajo, siempre busco un Starbucks para ponerme a escribir"), sus títulos de universidades privadas, su Moleskine y, lo que podría ser aún más determinante para lo que nos ocupa, su forma de escribir (así, de punto y seguido, otorgándole la misma importancia a una aseveración que a una fruslería, temeroso de estas acotaciones tan largas que yo prefiero).

Sin embargo, nos aproxima algo decisivo: como él, yo no paro de trabajar. Un conjunto de elecciones le llevaron a hacer su vida –esto es, a currar– lejos de Bilbao, a ponerse al día con sus padres una vez al mes; a mí otras tantas me hicieron regresar y convertir un cuarto de la casa familiar en despacho. Hay otra cosa: su madre está muerta, la mía no. Pero a ambos nos pesa el tiempo que pasamos sin hablar con ellas, las oportunidades que hemos perdido. Él ha escrito un libro hermoso sobre ello. Se llama Ama, como madre en euskera, y lo ha editado Caballo de Troya.

José Ignacio Carnero se sabe desclasado. Cada vez pasa el control de seguridad de los aeropuertos de forma más ágil y veloz, cada vez le cuesta menos relacionarse con barcelonesas de bien. Pero su familia es obrera y se lo dejó bien claro: tu herencia son los estudios que te estamos pagando con el sudor de nuestra frente, con todo el tiempo de nuestras vidas. Les salió bien la jugada y José Ignacio triunfó como nuestros abuelos, nuestros padres y nosotros mismos creemos que se triunfa: ganando mucho dinero, teniendo un puesto prestigioso. Pero él mismo se replantea esta idea cuando, tras el diagnóstico terminal de su madre, recurre a sus recuerdos y se da cuenta de que quizás el éxito no era tal, ni la felicidad tampoco; quizás no había sido un buen hijo, no hizo todo lo que podía hacer por su madre. Al menos, no todo lo que ella hubiese hecho: cuando Carnero decide escribir Ama para atrapar esos últimos días con ella y reconstruir su memoria, rebusca en cajones y recovecos sin éxito.

La historia de sus padres, o aquello que la documenta, nació con él. Apenas si encuentra estampitas de primeras comuniones, algunas cartas escritas con faltas de ortografía. La foto del invernadero de Barthes o la magdalena de Proust deben de ser artefactos burgueses. Lo explica en una primera página magistral: "Como han estado tan ocupadas trabajando, [las familias humildes] no han encontrado el momento de volver sobre sí mismas". Casas vacías –pero llenas de libros del Círculo de Lectores o de la vajilla del Banco Bilbao Vizcaya– que a mí me entristecen y que a Julita Salmerón le espantarían. Pero ella vivía en un castillo, no en un tercero sin ascensor de un barrio humilde.

Carnero decide escribir 'Ama' para atrapar los últimos días con su madre y reconstruir su memoria

Su madre limpió las casas de los señoritos hasta que él nació. Entonces pasó a limpiarle a él y a su marido, y después también a sus padres. Así pasó la vida hasta que no le quedó nadie a quien limpiar, hasta que creyó, equivocadamente, que nadie la necesitaba. "Dicen que es lo que les ocurre a los altos ejecutivos, a los abogados y a todos esos profesionales abnegados cuando llega la hora de su jubilación, pero nunca se menciona a las amas de casa", escribe Carnero.

No me cuesta imaginar a su madre porque las he conocido: mujeres que renuncian a la quimioterapia, no por no sufrir más, sino para que no sufran los demás por ella; hembras que dejan preparada hasta su propia mortaja; mujeres a las que, tras conocer su fatal destino, aún les quedan ganas de preguntar a los que están en la puerta del hospital si necesitan que les acerquen a algún sitio. Mujeres que a día de hoy, con menos de 50 incluso, se dejan la piel con un extraño convencimiento: que ellas son peores que los hijos que han tenido, que a ellos les debe ir mejor.

En el Estado no confían demasiado y por eso ahorran, por eso las que han ahorrado lo suficiente pagan colegios contrarios a su clase. Mujeres duras que no deberían haberlo sido tanto; una entereza, por cierto, muy adulada por hombres que no facilitaban su labor. Mujeres que dicen "que disfruten ahora que pueden", sentencia que lleva consigo una horrible predicción: ya acabarán como yo. Eterno retorno de la que muy pocas veces se sintió libre, acaso algún verano de la adolescencia, no en Brighton pero sí en Benidorm.

La protagonista de Ama era una de esas mujeres que "afortunadamente, y aunque las amemos, son una especie en peligro de extinción". Y tras haber leído recientemente varios textos en los que encuentro cierto reproche (justificado o no) hacia la madre (desde Vivian Gornick hasta Aixa de la Cruz, pasando por Eva Baltasar) me reconforta leer, y más viniendo de un hombre, que la solución quizás no resida en que las madres quieran menos, sino en que los padres se impliquen más: "Son muchos siglos esquivando una responsabilidad histórica (…) Tenemos que amar más, besar más, ser más como ellas". O dicho de otra manera: que los hombres se incorporen, por fin y de una vez por todas, a los cuidados. Y que podamos confiar también en el Estado.

José Ignacio Carnero habla de sí mismo para hablar de su madre (cómo no hacerlo si él ha sido su principal cometido). Dice que nuestros padres vinieron al mundo a trabajar y nosotros a divertirnos (como ya se intuye, no puedo estar de acuerdo), habla de su predilección por una vida líquida, presenciamos cómo boicotea su propia relación amorosa, sabemos que usa Tinder y que viaja a lugares exóticos con frecuencia. Con todo, su madre me interesa más que él; su vida me parece más memorable. Si ese era su objetivo, entonces le ha hecho el mejor homenaje.

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