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Astrolabio | Crítica Un escritor insustituible

  • Con su inclinación hacia el género fantástico, en particular el terror, Ángel Olgoso explora en las miniaturas de 'Astrolabio', auténtico clásico de la literatura brevísima en español, los muchos poros, grietas, abismos, que cuartean nuestro entorno cotidiano

El escritor y artista granadino Ángel Olgoso (1961) en su estudio. El escritor y artista granadino Ángel Olgoso (1961) en su estudio.

El escritor y artista granadino Ángel Olgoso (1961) en su estudio. / D. S.

Popularizado por las redes sociales y los medios de masas, el microrrelato es hoy un término que puede equivaler a casi cualquier cosa: ocurrencias de cafetería, lo mismo que grafitis callejeros o improvisaciones de adolescente sobre el azul de la carpeta, son susceptibles de caber bajo este marchamo, no sé si género, donde colindan, a veces incómodamente, la narración, el aforismo, el poema y la boutade pura y simple. En épocas anteriores, tal vez más próximas a su emersión, el panorama parecía distinto. De 2007 data la primera edición del texto que comentamos hoy, quizá uno de los pioneros del formato, y basta con recorrer sus páginas aun con ojo distraído para reparar en cuánto se han difuminado (y corrompido) sus líneas maestras. Porque, para empezar, podríamos definir Astrolabio como un volumen de microrrelatos: historias, trozos de historias, fábulas en embrión o vistas al trasluz que insinúan mucho más de lo que permiten ver en primer plano y bajo cuya sombra, inquietante y fatal, se desdibuja un universo de contornos poco definidos.

En realidad, ésta de Reino de Cordelia es la tercera edición (las anteriores, en Cuadernos del Vigía y TransBooks, tuvieron lugar en 2007 y 2013, respectivamente) de una obra que, pasado el tiempo, se ha revelado como un verdadero clásico de la literatura breve, así como el pistoletazo de salida a otros en los que, posteriormente, su autor exploraría el mismo universo sorprendente y tenebroso. En años consecutivos, irían tomando el relevo una colección de títulos con denominadores comunes: tanto La máquina de languidecer (2009) como Los frutos de la luna (2013), Almanaque de asombros (2013) y Breviario negro (2015), como los avances más tempranos reunidos en Los líquenes del sueño, de 2010, comparten la misma atmósfera enrarecida, entre la del castillo encantado, el gabinete de rarezas y la cámara de los horrores, por cuyas esquinas nos conduce una prosa abigarrada y potente, que no se acobarda ante giros inesperados y palabras que huelen a moho.

De hecho, el arte de Olgoso posee tal consistencia que todos los volúmenes antedichos pueden leerse como uno solo. Igual que en algunas de sus fantasías, en las que (al modo de las litografías de Escher), los planos se superponen, las dimensiones se pisan y el infinito aguarda sorpresivamente en la concavidad de un grano de arroz, un libro se abre a otro y lo prolonga y lo repite, de jardín en jardín y de pesadilla en pesadilla, ofreciéndonos en total coherencia la visión de un cosmos (o caos) muy particular donde la normalidad está fuera de la norma.

Pues la mayoría de estos textos, si no todos (y aquí nos las vemos con otra de las marcas de la casa), pertenecen al género fantástico. Abundan los monstruos, las criaturas mitológicas, la niebla y sus misterios, los entes de ficción (literaria, cinematográfica, popular), personajes increíbles, sortilegios, muertos redivivos, incluso filtros de amor y males de ojo. Pero el ámbito de lo fantástico (tomado en su sentido etimológico, como producto de la fantasía) no se limita a los temas: la forma de abordarlos, de presentarlos al lector con el fin de acrecentar su estupor, su miedo y su asco, rehúye igualmente todo compromiso con el realismo. Seguramente uno de los mayores logros de Astrolabio se encuentre en lo que podríamos llamar la albañilería de sus relatos: su estructura piramidal, patentada por Poe y explotada profusamente por Cortázar, que hace converger todas las frases en un punto, esa tensión eléctrica que, a la vez que eriza el cabello, tiende a concentrarse en un solo espacio azul cargado de energía, se revela al cabo como el único modo posible de narrar lo que se narra, de dar cuenta cabal del material que maneja el narrador.

Portada de la nueva edición. Portada de la nueva edición.

Portada de la nueva edición. / D. S.

Por lo común ese narrador es un sujeto atormentado, tal vez enfermo, que esquiva el contacto con sus congéneres y suele preferir los consuelos del ensueño al trato con la realidad. Ese aspecto atrabiliario, que oscila entre sueño y vigilia, entre la cordura y los más resbaladizos de sus bordes, presta carácter a los textos y los identifica como lo que son: una exploración poco complaciente de nuestra forma de estar en el mundo y los muchos poros, grietas, abismos, que cuartean nuestro entorno cotidiano, anestesiado por el hábito. La apertura a un orbe insólito de sentido puede provocar maravilla (así, en El papel, donde la combinación aleatoria de los fragmentos de una esquela produce alteraciones insospechadas en la vida de quien la lee), extrañeza (en, pongamos por caso, La visita, donde el cronista asiste con disgusto al regreso de su padre muerto), deseo (como en La impunidad de los sueños, descripción erótico-mecánica de la fricción de dos aparatos eléctricos, uno de corriente alterna y otro de continua) o risa, más bien oscura (en El eremita, el anacoreta del título engaña a Dios desdoblándose en un perdulario que no cesa de homenajearse con excesos), pero la más común de las respuestas es el terror: brujas que convierten a detectives desprevenidos en estatuas (la magistral El lagar), asesinos dedicados a alimentar viñedos con sangre para mejorar las cosechas (Los buenos caldos), personajes hastiados que resultan convertirse en alimañas y ser devorados por otras mayores que ellas (Árboles al pie de la cama), y un largo etcétera.

Recordemos al respecto que otro de los títulos de cabecera de Olgoso, publicado también en 2007, tiene al terror como norte decidido de sus ficciones: se trata de Los demonios del lugar, donde el lector tendrá ocasión de ampliar su elenco de cementerios, bosques en la niebla, atrocidades, espectros y sombras ensangrentadas.

Ángel Olgoso es un escritor insustituible de nuestras letras, andaluzas y españolas, del género fantástico y del que no, que prefiere recluirse en miniaturas como las que llenan este pequeño cofre para evitar el estruendo y la impudicia del gran mundo literario, donde hay cada vez menos de literario. Una razón añadida (si hace falta) para aproximarse a esta edición son las evocadoras ilustraciones de Marina Tapia que acompañan algunos de los textos.

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