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El camino al abismo

  • En 'La fractura', el alemán Philipp Blom traza un fresco, espléndidamente escrito, sobre las dos décadas que precedieron a la Segunda Guerra Mundial.

El historiador, novelista y traductor alemán Philipp Blom (Hamburgo, 1970). El historiador, novelista y traductor alemán Philipp Blom (Hamburgo, 1970).

El historiador, novelista y traductor alemán Philipp Blom (Hamburgo, 1970). / Peter Rigaud

Con este libro, espléndidamente escrito, Blom continúa la tarea comenzada en sus Años de vértigo. Una tarea que consiste en la enumeración de las fuerzas de todo orden: sociales, culturales e ideológicas, que se precipitan y arden en las dos guerras mundiales; y en concreto, en los periodos previos a ambos conflictos, cuando se prefiguran los movimientos y se sustancian las ideas que, en buena medida, concurrirían al desencadenamiento de la guerra. Si en Años de vértigo, Blom acotaba sus indagaciones a los primeros años del XX (1900-1914), y al ingente proceso de mecanización y modernización que se dio en Occidente, en La fractura se trata ya de analizar la pavorosa herencia que aquel ideal mecánico había dejado sobre los campos de Verdún y el Somme. Se trata, en suma, de aproximarse al modo en que Occidente, el Occidente que había combatido en la Gran Guerra, digerirá y sublimará aquel horror sin nombre, que iba a repetirse, con mayor eficacia y una virulencia insólita, dos décadas más tarde.

La forma en que Philipp Blom aborda esta tarea quizá responda a su doble aprendizaje en Viena y Oxford. Si de un lado la narratividad de estas páginas responde al modelo anglosajón, la estructura sectorial, el libro en taracea, se asemeja más a la escuela continental que practicó, con tan notables resultados, Huizinga. Quiere esto decir que en Blom la narración va en servicio de una mirada excéntrica, al modo de un vitral o de un retablo, de cuyas partes se desprende, sin embargo, un tono, una visión, un esbozo unitario. También se deriva una sensación de celeridad y de urgencia que acaso se corresponda con el propio tenor de la época retratada. De fondo, en cualquier caso, y como instigación primera de aquel Malestar de la cultura que diagnosticó Freud, se halla el profundo estupor, el miedo insuperable, que el siglo encontró en una nueva forma de hacer la guerra cuyo aspecto más obvio, junto a la trituración de millares de hombres anegados en el barro, era el pronunciado maquinismo, la ciega inhumanidad, con que el Progreso (aquel Progreso que había llegado a su ápice en la segunda mitad del XIX), trataba a sus beneficiarios.

De aquella extraordinaria conmoción nacerá una forma de incredulidad que afectará a todos los ámbitos del ser humano, y no sólo al ideal de progreso que, desde el XVIII, había modulado las aspiraciones de la sociedad occidental. También, y principalmente, a las democracias burguesas que acudieron al campo de batalla henchidos de patriotismo (una herencia de la ciencia romántica y positivista), y a la vuelta se mostraron incapaces de explicar la colosal barbarie en la que se habían abismado durante cuatro años. Si en algo coinciden el jazz, las vanguardias, el comunismo, el fascismo y la Ley Seca es en este afán por escapar de aquel "mundo de ayer" que en breve glosaría Zweig, y que para los habitantes de una Europa arruinada, llena de tullidos y enfermos, aquejados de una misteriosa "neurosis de guerra", no era sino el vestigio de una realidad torpe, culposa e ineficiente. El propio Freud escribirá en 1915, en sus Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte: "descendemos de una larguísima serie de generaciones de asesinos, que llevaban el placer de matar, como quizá aún nosotros mismos, en la masa de la sangre".

Hay que decir, por otra parte, que Blom conceptúa este periodo, el que abarca ambas guerras mundiales, como una nueva Guerra de los Treinta Años, escindido en dos paroxismos bélicos. Esto coincidiría, en parte, con aquel "siglo corto" que postuló Hobsbawm, y que cubre desde el año 14 al año de la caída del Muro. No obstante, este periodo propuesto por Blom guarda mayor unidad ideológica y social que aquel siglo de Hobsbawm (también de formación anglo-germana), en el que disuena y prevalece la profunda hendidura de la Guerra Fría. Señalemos, por último, que Blom encuentra cierta similitud entre las décadas de la entreguerra y el abatimiento actual. Una similitud parcial, un paralelismo imperfecto -como todos-, que sin embargo advierte sobre la apatía y el escapismo, sobre la agitación y el desconcierto de nuestras sociedades. Si entonces condujo al mayor de los oprobios, no hay razones para pensar que ahora tendría mayor fortuna.

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